Edición 2587: Jueves, 25 de Abril de 2019

La Ubicua Verdad

Escribe: Rafo León | “Ignorancia, desconexión, la opción por otras supuestas verdades distintas”.

Mi primera reacción fue escribir en Facebook dos palabras: “¡champán, champán!”. La última noticia que recibí por esa red antes de perder la señal gracias a las montañas colosales de la Cordillera Central, se refería a que Alan García tenía en su casa la visita de la policía y un fiscal para ser detenido con prisión preliminar. Mi alegría explotó como una camareta de fiesta patronal. La imagen que el Perú esperaba desde hacía décadas, García esposado entrando a un vehículo policial, parecía hacerse realidad.

Dejaba atrás la pequeña ciudad de Chavín de Huántar, ocho mil habitantes que ocupan los territorios destinados a vivienda desde hace 3500 años, en torno al fantástico conjunto ceremonial que acogió a una élite decidida a cambiar la percepción del mundo de los quechuas mediante la sujeción y  la manipulación. El distrito, junto con San Marcos, Huari y Huántar, recibe sustanciosas sumas por el canon de Antamina. En todas las localidades se levantan coliseos babilónicos que jamás se llenan, plazas de toros aún más aparatosas y en Chavín, un terminal terrestre que es más imponente que muchos aeropuertos del interior de nuestro país, donde para entrar al baño tienes que pagarle a un muchacho medio Sol, si es solo para orinar.

Chavín de Huántar no tiene hospital, tampoco agua potable. Son las autoridades locales las que deciden sobre el destino del canon, la minera no posee injerencia en ello. En San Marcos un alcalde que no tenía cómo gastar millones creó un programa de empleo temporal mediante el cual vecinos del distrito hasta hoy mueven piedritas en los parques de un lado a otro y cobran jornales que en su vida imaginaron. Ello está despoblando el campo y haciendo crecer la ciudad de manera caótica, insegura y contaminante.

En un punto en el que las montañas cedían y se abría una pampa volvió la señal. García se había disparado y no se sabía nada más. Imaginé de inmediato un tiro apuntado a una pantorrilla o a un brazo para justificar el internamiento en una clínica que lo salvara de la imagen que todos anhelábamos. Nos detuvimos a esperar noticias, Alan murió, se había pegado un plomazo en la cabeza, que entró y salió. Imposible que sobreviviera.

Retomamos la ruta hacia San Luis, hay veces en las que el trabajo te pone por encima de cualquier circunstancia, y ésa era una de ellas. Mi ansiedad por saber más se veía recompensada por la imagen fastuosa de una quesería creada y manejada por los curas italianos de la Operación Matto Grosso, a 4500 m s.n.m., en un páramo donde vacotas brown swiss pastan a placer. Moldes de parmesano, de Tilsit, de Dambo, de Andino, del tamaño de llantas de auto salen regularmente hacia Europa desde esas cabañas de piedra que imitan a la perfección a cualquier pradera de los Apeninos.

El muchacho que no cesaba de mover la leche dentro de una paila de aluminio no tenía la menor idea de qué había pasado con Alan García, apenas recordaba que alguna vez ese fue el nombre de un presidente del Perú. Con gran paciencia él y su compañero de trabajo seleccionaron y pesaron quesos y mantequillas que traeríamos a Lima. Mi desesperación por informarme llegaba a la necedad, no había manera.

De regreso a Chavín de Huantar, dos horas más tarde, mi iPhone recuperó la señal y ya estaba claro que García había muerto y que al decir de Gonzáles Posada, la bala se la habían disparado, poco menos que a cuatro manos, Gustavo Gorriti y el fiscal Henry Amenábar, teniendo como pelotón a los caviares, al presidente Vizcarra, a José Domingo Pérez y –lo aportaría más tarde Nidia Vílchez– al presidente del Uruguay.

En Chavín se preparaban las celebraciones del Jueves Santo. Las calles cerradas hacían imposible transitar en auto y así, caminando, empecé a  preguntar, “¿qué ha pasado con Alan García, señora, señor, jovencito?” Sin excepción las respuestas que recibí iban por el lado del montaje del suicidio, del nuevo engaño al que García nos estaba sometiendo, de la fuga de un cuerpo opulento con la levedad de un espíritu.

Ignorancia, desconexión, la opción por otras supuestas verdades distintas de la verdad, indiferencia frente a los gastos absurdos ordenados por alcaldes que por lo general truncan sus periodos como autoridad para ir a la cárcel o escaparse. El engaño al que García estaba sometiéndonos era más espacioso, es el engaño de la falta de Estado, es el autoengaño que no sabe de prioridades.