Edición 2585: Jueves, 11 de Abril de 2019

La Diminuta Libertad

Lima, 6 de abril de 2019

La plataforma Netflix se ha convertido en un poderoso formador del comportamiento humano al operar, al mismo tiempo como espejo y como grúa, nuestra manera de ser, de vernos y relacionarnos. Los productos de Netflix conviven con series, películas y documentales comprados por la misma cadena a productores externos de distintas partes del mundo, y estos conforman el filón más variado e interesante de la oferta; pero lo que capta mayor sintonía es el paquete de las realizaciones del propio sistema, las que a todas luces se guionizan sobre la base de gráficos de rating e investigaciones de mercado tan precisas como las que se emplean para vender toallas higiénicas.

Tema obligado de Netflix –digamos que su canon– es la violencia entramada con alguna forma de gran ilegalidad como el narcotráfico, la trata de personas, las redes de pedofilia, el crimen organizado, carga de denuncia incluida. Si se comparan series emblemáticas, antiguas y ya clásicas, como Madmen o  Breaking Bad, con las más recientes encontraremos que en los orígenes la ficción se daba dentro de un amplio arco de matices y posibilidades, historias complejas y personajes polivalentes. Hoy se va de frente al punto con descarada literalidad y en la narración –que incluso ya prescinde del racconto y usa el cartel “cinco años atrás”– pesan más que el contenido, el estereotipo del personaje y de la acción.

No hay serie o película de Netflix en la que falten la amoralidad, la psicopatía o el lado oscuro de los personajes que representan a la ley, policías, detectives, jueces, periodistas correctos, muchos de estos encarnados en mujeres. Tampoco puede prescindirse del ataque de frustración, que lleva a los imperfectos justicieros a momentos de explosión emocional en los que rompen cosas, dan manotazos al timón del auto y suelen terminar cuando para recuperar la sensatez, meten la cara en el lavatorio lleno de agua fría.

En más de un sentido Netflix se encuadra en el lenguaje de las redes sociales donde prima la obligación de encarar temas “reales” y actuales, esos posts, tuits y otras formas de expresión breve, violenta y mal escrita que te obligan a dos actitudes contradictorias: ser feliz a tiempo completo y estar conectado con el presente más exigente, desagradable y malamente humano. Corrupción, liderazgos políticos inenarrables, agresiones sexuales, la pornografía de la diminuta libertad.

Pasar de Netflix a la televisión tradicional es como intentar viajar a la China en patinete, la sensación de una arcaica temporalidad existente pero a la vez descartable se presenta en los informativos a los que no les puedes poner pausa para ir a hacerte un café o retroceder para volver a mirar a la madre que llora desconsolada sobre el cadáver de su muchacho asesinado en una reyerta callejera, en un país miserable, secuencia interrumpida por una tanda comercial a la que ya no estás dispuesto a concederle ni diez segundos de tu vida. Las imágenes del hemiciclo del Congreso, los legisladores declarando en el hall del edificio, las trastornadas madres de la patria que apelan al chilenismo de Condorito ya fueron. Para lo demás están Esto es Guerra, Magaly, Valcárcel y Chibolín.

Los padres jóvenes tienen hoy una tarea, si es que la quieren asumir: orientar a sus hijos sobre cómo diferenciar el grano de la paja en las redes y en la televisión, vieja consigna que cobra mayor urgencia que nunca, y menos por un criterio moralista que por aspirar a que quienes ahora son niños y jóvenes puedan ir más allá de la toxicidad del inmediatismo y las compulsiones a las que te llevan esos sistemas de comunicación. No planteo una censura de lo que no se debe consumir por pecaminoso, al contrario, me refiero a saber prescindir de lo que te lleva al tedio, al adocenamiento mental, a la mala ortografía, al lugar común y a la conversación idiota.

Sigo entrando a Netflix todos los días, con la esperanza de que se anuncie una serie de películas de Fellini, quiero ver Y la nave va en pijama. O a Visconti, Vagas estrellas de la Osa Mayor, Kurosawa, Free Cinema, Buñuel, Fassbinder, Arthur Penn, ficciones que te hacen elevarte por sobre la Vilcatoma, Gisella, ciertos episodios de Black Mirror y la decadencia de los canales nacionales de cable. Siempre hay un momento para coincidir con Mario Vargas Llosa en eso de que la ficción (asumo que la buena) es la compensación a una realidad baldía y mediocre, articulada en la banalización de la violencia y empaquetada en la promesa de hacerte feliz.