Edición 2584: Jueves, 4 de Abril de 2019

Las Bambas y la Simplonada

Escribe: Rafo León | “Quitarle el derecho de protesta a un grupo porque ya tiene plata es insultante”.

La habitación que me dieron era anexa a una cabina de radio también propiedad del dueño del más que precario hotel que me alojaba en Haquira, uno de los seis distritos de Cotabambas. Año 2004, en los días previos a la adjudicación de una concesión minera en una zona que se perfilaba como una de las más ricas de América, en cobre. Desde antes que amaneciera, el locutor de la radio emitía comentarios encendidos en contra de la entrega de tierras tradicionalmente ganaderas a la explotación minera. ¿El tema? El fantasma de la contaminación, que acabaría con una forma de vivir ancestral, cimentada en la ganadería. Ese hombre representaba al sector católico de los pobrísimos comuneros de esas tierras abancaínas.

Al recorrer el mercado de Haquira te dabas con otros mensajes, salidos de emisoras locales de distinto linaje. Los comuneros evangélicos se pronunciaban fervorosamente a favor de la minería y argumentaban en contra de los católicos, que estos no sabían pensar porque todo el día se emborrachaban y se pasaban la vida bailando y adorando imágenes de palo, en lugar de trabajar con disciplina y seriedad.

La comisaría de Haquira ocupaba una construcción pequeña y, sin embargo, mostraba al lado una cancha de fulbito encementada casi tan grande como una de fútbol. Un amigo local me explicó que durante el conflicto con Sendero, Cotabambas fue brutalmente agredida por los dos bandos, y que se construyó la enorme losa deportiva para cubrir una no menos grande fosa común, la que según mi informante, pasó desapercibida para la Comisión de la Verdad.

En esos días se entregó la concesión minera a la suiza Xstrata Copper y las reacciones de católicos y evangélicos expresaron por un lado la indignación frente a lo que presentían como un inminente emponzoñamiento de sus aguas y por el otro la euforia por imaginar la cantidad de trabajo que habría de generarse para por fin salir de la economía de subsistencia. Unos y otros discutían en las calles, a través de las emisoras radiales, en esporádicas movilizaciones que podían terminar en enfrentamientos cuerpo a cuerpo

Challhuahuacho era un pueblo en el que las cosas no debían ser demasiado distintas a la vida del siglo XVIII. La feria semanal reunía a vendedores y compradores de ganado, de lamparines, de cabezas de carnero para el caldo, de pilas y blusas bordadas. Mucho alcohol, a toda hora, gente de traza más que pobre, el desasosiego de un lugar a la vez muy vivo y en declive.

En poco tiempo las cosas cambiaron en Cotabambas, me contaron que la feria de Challhuahuacho era un termómetro de las transformaciones introducidas por la minería, el mercado mostraba productos más costosos y elaborados, sobre todo electrodomésticos, y abrían sus rendijas ansiosas por lo menos los cajeros automáticos de dos bancos importantes.

El conflicto actual de Las Bambas ya no se da entre una población absolutamente carente, una minera explotadora y un Estado de breve papel en el escenario. La protesta de los comuneros del fundo Yavi Yavi no va en contra de la contaminación, sino a favor del cumplimiento de pactos ignorados que se habían establecido en el Estudio de Impacto Ambiental respectivo. La pepa, una carretera que sinuosamente reemplazó al plan original de construir un mineroducto de 216 kilómetros que ahorrara el impacto feroz de 120 camiones cargados de mineral circulando diariamente cerca de donde vives. Antamina, en cambio, la supo hacer cuando optó por el mineroducto de 300 kilómetros, desde San Marcos hasta Huarmey.

El asunto Las Bambas es de una complejidad tal que llama a argumentaciones simplistas y virreinales, como la que se ha escuchado viniendo de dirigentes empresariales y connotados periodistas, digamos, liberales: “los comuneros de Yavi Yavi han sido reubicados a una súper ciudad y han recibido un millón de soles cada uno en compensación por sus tierras vendidas a la minera”.

Cuando la realidad se reduce a las cantidades de dinero que pasan de unas manos a otras estamos en la vía más segura para no entender nada. Quitarle el derecho de protesta a un grupo porque ya sus miembros tienen plata es insultante, implica la sentencia a la pobreza eterna como condición para reclamar cualquier cosa.

Me impresionó mucho en Cotabambas la cantidad de templos coloniales de gran factura, pero saqueados en extremo. Entre ruinas de retablos y hornacinas vacías, los comuneros católicos seguían celebrando a sus santos, mientras que los evangélicos emitían a todo volumen sus mensajes anti idolatría. Tanta complejidad, y todo se pretende reducir a una súper ciudad y a millones entregados a manos llenas.