Edición 2583: Jueves, 28 de Marzo de 2019

Frasquitos y Cama de Hospital

Escribe: Rafo León | “Obsesionados por los derechos de las mujeres, de los niños, de los perros, se deja al viejo”.

Lima, 22 de marzo de 2019

Pocas escenas más deprimentes que el momento en que comienzan a aparecer sobre la mesa familiar frascos con medicamentos, sobre todo delante del plato de las personas de más edad que comparten el encuentro. Una organización del espacio de la mesa cimentado en el placer de la comida, la bebida y la conversación, de pronto se ve invadido por los indicadores inequívocos de males que con frecuencia son la diabetes, la hipertensión, el colesterol alto, deficiencias coronarias, trastornos gástricos o de las vías urinarias.

Otra imagen que añade tristeza a la anterior: cuando por la incapacidad de un familiar de ocupar su pieza de siempre en el piso superior de la casa, se le improvisa un dormitorio en el escritorio o en el salón de visitas. Y si esto viene con el alquiler de una cama hospitalaria, el cuadro es devastador.
La vejez no es sino la nueva diagramación de los espacios hogareños a la espera de la muerte. De ahí que los frasquitos y la cama de hospital se vuelvan una necesidad y que con estos haya que convivir hasta el final de alguien.

Mucho se comenta que gracias a los avances de la medicina y de los estilos de vida, los setenta años de hoy sean como los cincuenta de antes y los ochenta como los sesenta. Es posible que así sea en aspectos como la indumentaria, la capacidad física, los temas de conversación derivados del consumo de los medios. Sin embargo, los setenta son los setenta, como los ochenta, los ochenta.

La piel reseca se llena de pecas y comienza a rociar escamas que se mezclan con la caspa, a la que los viejos estamos más expuestos. Los ojos, empequeñecidos, comunican menos porque también abarcan manos, lo mismo que el oído. Tiembla el pulso, levantarse de una silla se vuelve una tarea trabajosa, la persona quiere permanecer en cama el mayor tiempo posible, mirando el techo, evidenciando una depresión que el entorno prefiere no ver. Los nietos, que en algún momento constituyeron la razón para vivir de los ancianos, crecen y en la adolescencia ya no disfrutan ni de los cuentos ni de las cosquillas del viejo o de la vieja.

Un anclado mito contrasta la realidad de los viejos en los países subdesarrollados con lo que ocurre en el Primer Mundo. Con condescendencia se afirma que entre nosotros aún se da la acogida del viejo en el hogar de los hijos hasta el fin; mientras que en E.E.U.U., en Alemania y en Suiza, los jubilados van de frente a asilos donde tienen todo menos amor, salvo que sean ricos y manejen su senectud como se les da la gana, y cuando hay dinero sobra el amor. Pero ese es un placer de pocos. La combinación más frecuente es la de vejez, enfermedad y carencia material. Las pensiones de jubilación son ridículas además de que hay que aportar a los gastos de la casa.

El abuelo se quedaba naturalmente  en casa en otro momento y circunstancia, cuando las familias ocupaban viviendas grandes y los hijos tenían el tiempo para dedicarse a este o a la viejecita que con sus gracias no compensa ya el disgusto que producen sus necedades y su mal aliento. En el campo el viejo se mantiene integrado a su familia original hasta el último día de su vida y generalmente trabaja fuera de la casa. Es frecuente ver, sobre todo en los Andes, a las ancianas al atardecer regresando al hogar con la leña que se usará esa noche en la cocina.

¿Que los ancianos se suicidan en mayor número en Suecia que en Colombia? Si miramos cifras, es un hecho. ¿Significa entonces que los que decidimos seguir viviendo estamos en mejores condiciones que quienes optaron por irse? No necesariamente, la conciencia de la elección de la muerte está mucho más desarrollada como derecho en el Primer Mundo que entre nosotros. En realidad podría estar ocurriendo que los viejos del sur no nos matemos porque no contamos con la licencia de la sociedad que nos lo autorice.

Los viejos sobramos en la familia y en los estudios de mercado. Toda la publicidad actual está dirigida a jóvenes porque éstos consumen más. Hay viejos y viejas que no se resignan a esto y recurren al bisturí, pero solo salvan la apariencia, los setenta y los ochenta son lo que son. Y en un mundo obsesionado por los derechos de las mujeres, de los niños, de las minorías y de los perros, se deja al viejo, a la vieja, ocuparse ellos solos de sí mismos y de su muerte.