Edición 2580: Jueves, 7 de Marzo de 2019

De Don Marcial a Yonhy Lescano

Escribe: Rafo León | “Existe una normalidad que escribe sobre el cuerpo de la mujer lo que se le antoja”.

Lima, 2 de marzo de 2019

Bajo la ramada de parra y de pacae almorzábamos don Marcial, parte de su familia y yo. Pasaban los platos de cabrito, pato y pescado seco y yo me sentía feliz de haber dominado en el momento al sol de plomo que te puede clavar en ese valle dardos de fuego. El buen humor se desplegaba sobre la mesa, la señora Carmen, con su enorme dignidad, apenas sonreía en respuesta a los chistes colorados de sus sobrinos. Don Marcial, cuando su débil oído le permitía chapar alguna de esas obscenidades hilarantes, soltaba carcajadas ahogadas. De pronto él impuso el silencio:

Ya ahora no se puede ni pegar a la mujer.

Todos en la mesa siguieron riendo, pero yo, digitado por las redes y los frenos que hemos aprendido a ponernos para no hablar de más, ni siquiera en un almuerzo campestre regado con vino rasposo en una chacra del norte, me quedé con la sonrisa petrificada. Don Marcial es muy trejo y se dio cuenta de que me estaba escandalizando. No se viven 86 años de huaicos, malas cosechas, años ubérrimos, hijos por montones, hijos muertos, por gusto:

Mire, amigo, antes uno tenía su señora y dos o tres más; uno, como decíamos, “vendía su leche”, porque la valía, mi estimado. Pero eso sí, siempre volvíamos donde la patrona porque la familia está primero.

La mesa adoptó un aire de solemnidad que correspondía a la apodíctica declaración que don Marcial acababa de hacer.

Luego, en mi hotel, me preguntaba, ¿cómo tomar expresiones como las de ese anciano campesino, patriarca de familia, peleador, valiente y justo? No había consultado las redes de modo que nada sabía del affaire Lescano. Cuando llegaron los primeros mensajes me alié con quienes estaban seguros de que se trataba de un fake: la cara de papanatas que luce Yonhy no condice con las insinuaciones mañosas que parecía haberle hecho a una supuesta amiga, periodista asignada al Congreso.

Con el paso de las horas, el asunto tomó forma y pude ver con un poco de asco cómo la platea izquierdista, a la vez que fulminaba a Mamani, ponía en duda lo que ya era una denuncia de la tal periodista contra Lescano. Por su parte, la jauría fujiaprista se cebaba con el congresista confirmando el mensaje que esa gente nos viene dando desde hace ya demasiados años: “nadie está libre de ser una mierda, nosotros lo sabemos de más”.

Entonces rebobiné a la conversación del almuerzo bajo la ramada y me resultaba demasiado forzado emitir, aún ante mí mismo, un juicio sobre lo que le había escuchado decir cachosamente a don Marcial. Sentenciar retroactivamente no está permitido por las leyes, ¿sí lo está por la moral? Puede ser, pero la moral es individual, incluso cuando se declara públicamente lo que se piensa.

Dejé entonces de rumiar aquellas palabras del anciano, que por lo demás ya habían perdido su gracia, y fui a las pantallas capturadas donde figuran los diálogos de Lescano con la periodista. Dicen que Yonhy no es trigo limpio. Rosario Sasieta ha declarado por la radio que Paniagua lo había advertido. En todo caso a mí el congresista antipornografía siempre me ha parecido un farsante, trepador como una hiedra y dueño de un doble discurso que ya parece triple.

Debo admitir, sin embargo, que ni la peor antipatía que me produce el hombrecito podía haberme llevado a pensar que se trata de un acosador de dos por medio. De los que echan babas y se muerden los labios, esos que ante la inminencia de un escándalo público saca a la esposa a defenderlo con el argumento más ridículamente macho que he escuchado en mi vida: “no tengo necesidad de acosar, soy casado y tengo hijos”.

La tarde avanzaba, el aire acondicionado de mi habitación empezaba a ser innecesario. Las ideas daban vueltas por mi cabeza sin anclar en ningún punto. Don Marcial declarando salvajadas delante de su esposa y sus sobrinos. Mi necesidad de colocar en una línea de tiempo y de espacio lo que había escuchado en el sabroso almuerzo bajo la ramada. Y el acoso de Yonhy Lescano. De pronto cayó como el torito que se había estrellado contra el foco de la lámpara: no importa el tiempo que haya pasado ni el lugar en el que las cosas ocurran, para nosotros los hombres existe una normalidad que escribe sobre el cuerpo de la mujer lo que se le antoja. Eso no se remedia con el ingenuo lenguaje inclusivo, tampoco sé con qué, pero es verdad y hasta mata.