Edición 2579: Jueves, 28 de Febrero de 2019

¿Hay Derecha?

Escribe: Rafo León | “La derecha peruana tiene serios problemas para encontrar a su Bolsonaro.”

Lima, 13 de febrero 2019

La derecha peruana está en serios apuros. Un sector tradicionalmente conservador, tributario de los barones del azúcar, las haciendas sin horizonte, la estrecha unidad con el rancio catolicismo de cirio y procesión, los apellidos múltiples y sus connotaciones, en las últimas décadas se vio obligado a aliarse con grupos sociales y políticos nuevos, advenedizos, integrados por personajes ante sus ojos anconeros, poco apreciables, harinas de otro costal, vecinos de otros códigos postales.

Pasó con Sánchez Cerro y con Odría, tener que seguir siendo el grupo post Perricholi de blancos nacidos con privilegios infusos pero dadas las circunstancias, embutidos en el bolsón de nuevos ricos y poderosos que acabaron tanto con la fiesta de Amancaes como con la importancia de apellidarse Prado.

Ya en la lid electoral entre Fujimori y Vargas Llosa se podía percibir un movimiento incómodo sobre las sillas de conspicuos empresarios, damas de sociedad, pichones de la oligarquía, periodistas de gemelos de oro. El discurso del hoy Nobel sonaba demasiado a civilizado compromiso con toda la sociedad y los derechos humanos, algo para lo que el Perú no estaba preparado, una explicación comodín que salta oportunamente cuando no hay que adoptar cambios que corresponden a la democracia en el momento actual.

Triunfó Fujimori y empezaron los acomodos y reacomodos que dejaron al discurso liberal vargasllosiano que había dicho sustentar la derecha tradicional peruana como el marco teórico del siguiente CADE, eso que entre nosotros se conoce como “saludo a la bandera”.

Demasiada agua ha corrido debajo de demasiados puentes hasta llegar adonde estamos ahora. La derecha peruana vive un severo conflicto. Se ha debido tragar el sapo de su racismo muchas veces ya en alianzas espurias con males necesarios como para tener hoy que seguir masticando a Vilcatoma, a Becerril, a Bartra, a Segura y aquí paro. Los movimientos dentro del fujimorismo han terminado en deserciones y divisiones que a la derecha peruana tradicional la ponen en un severo aprieto: tener que elegir entre cholos y cholos.

Pero la derecha peruana de fiesta de blanco y canapés de centolla tiene una gran capacidad para arreglarse el peinado y salir del laberinto con gran clase y dignidad. Por ello es que, a la pregunta sobre si son fujimoristas, se ha creado una respuesta que la repiten todos sus integrantes quizás sin haberla consensuado: “Estamos en contra de todos los corruptos, sean del partido que sean. No tenemos nada que ver con las maneras tan ordinarias de congresistas que se aparecen borrachas en las entrevistas por la televisión o que hacen el ridículo en mil y una forma”.

Es que para la derecha peruana el peor infierno es el del ridículo y el qué dirán. Y bueno, Mamani y la mano zas, Arimborgo, el raso Donayre, Condorito el chileno, en fin. Por otro lado la carta de Kenji es todavía muy difusa, nadie sabe adónde va ese muchacho por el que nadie daba un centavo y terminó tirándose abajo al presidente más lobbysta de nuestra historia, PPK.

¿Y cuál es esa respuesta que cubre tantos frentes? Porque ojo, a la vez hay que diferenciarse radicalmente de los caviares tanto como de terroristas disfrazados de Movadef, digitados desde afuera por Lori Berenson y Maritza Garrido Lecca. Y también urge ponerle cuarta a los incipientes personajes que retoman el discurso de Vargas Llosa y tienen el atrevimiento de hablar de liberalismo. Felizmente hay muy pocos “y nosotros matamos menos”.

El refugio que le ha quedado a la derecha peruana tradicional es la carta de Alberto. Al menos así lo expresan sus representantes: “nada que ver con esa gentuza que está en el Congreso, yo sigo siendo albertista porque el ‘Chino’ fue quien derrotó a Sendero, acabó con la inflación y nos reinsertó en la economía mundial”.

Periodistas, opinólogos e intelectuales de buen nombre que se habían distinguido por una vocación democrática servida como piqueo de un estimulante pisco sour, hoy se han quitado el antifaz y son albertistas. Albertistas y punto. Y perdón, claro, ciprianistas, mariateguistas (del de ningún ensayo de los siete), alanistas, confiepistas, sinuosos próximos o lejanísimos de la gran Odebrecht y toda otra corporación que represente el modelo de hacer negocios al que la derecha de orejas de burro está habituada.

La derecha peruana de Rafael Rey, Tudela y Barba está teniendo serios problemas para encontrar a su Bolsonaro, que la represente con su color de piel y sus modales pero, a la vez, que tenga arrastre popular. Un poco difícil y entonces se podría dar un juego paradójico, en el que el Bolsonaro que imponga el pueblo, una vez más tenga que ser un color puerta sin consideración alguna a la historia peruana.