Edición 2568: Jueves, 6 de Diciembre de 2018

Las Palabras y las Cosas

Escribe: Rafo León |

Lima, 3 de diciembre de 2018

Al tiempo que AMLO  recibía en el Zócalo del DF los indumentos que identifican al máximo poder político en México, Roque Benavides exponía en la CADE de Paracas. López Obrador, ante centenares de miles de ciudadanos, prometía priorizar la lucha contra la pobreza y la corrupción, ofrecía vender el avión presidencial, se comprometía a no ocupar con su familia el ostentoso palacio presidencial Los Pinos y a convocar a movilizaciones nacionales ante cualquier intento de aplicar el mecanismo de la regresión en el tan maravilloso como incomprensible país de América del Norte.

Roque Benavides por su parte se dirigía a los asistentes inscritos en la CADE, un evento anual que sirve para tomarle el pulso al gobierno y al empresariado; la coartada de las grandes causas con las que anualmente el evento convoca (esta vez fue el combate a la corrupción) terminan siendo orondas palabras que se eyectan en el mismo proceso que el Power Point que las soporta. En esa ocasión el presidente de la CONFIEP soltó una especie de las grandes: en el Perú de hoy se está tratando de desaparecer al empresariado privado.

Todo se puede decir, cualquier cosa se promete, se denuncia, se declara. Rosa Bartra en modo zezeoso se mandó olímpicamente con que el gobierno recibe dinero de Odebrecht para desaparecer a la oposición. Nótese el uso de un verbo como “desaparecer” en dos expresiones de la derecha peruana, una palabra que alude a un acto de magia, un tris con los dedos y se acabaron los empresarios y la oposición.

La venta del avión presidencial, junto con el compromiso de vivir austeramente en el hogar familiar,  son las promesas verbales de mayor acogida ante la masa. Si en lugar de AMLO estuviéramos hablando de Duterte o de Bolsonaro, tendríamos que añadir a lo más rankeado la aplicación de la pena de muerte y la desaparición (otra vez) de los homosexuales, esa tribu que para Pancho I lo que hace es vivir à la mode. En la hipotética situación de política ficción que nos pusiera a Antauro de timonel del país, a todo lo anterior habría que sumar palabras que aseguren el retiro de la nacionalidad a todo aquel que no fuese cobrizo o indio, además de la declaración de guerra a Chile.

Todo se puede decir, Yoshiyama nos cuenta que él recibió dos millones de dólares para la campaña de Keiko de un millonario que ya no está en este mundo para confirmarlo. El increíble Mamani cambia la versión de una borrachera y un alce de nalgas por una crisis diabética dentro de un avión. Sus palabras, espera él, deberían ser corroboradas en una reconstrucción de los hechos.

Todo el affaire García/Uruguay pareciera articularse en una fórmula verbal: el ex presidente es o no es un perseguido político. La nomenclatura está presente en los tratados internacionales y según una u otra posibilidad se construyen caminos justos para unos, aberrantes para otros. Ya son varias las comisiones que han viajado a Montevideo para sostener que en el Perú hay persecución política, o que no la hay. Ha sido un mundo de palabras extrañas en el imaginario que teníamos de ella lo que ha sorprendido tanto de la carta que la periodista Mariella Balbi envió públicamente al presidente uruguayo Tabaré Vásquez.

Un Tubino recargado sostiene sin que se le mueva un pelo que hay que creerle a Yoshiyama porque éste tiene raíces japonesas. Como antecedentes de tamaña declaración hay palabras que llevan a un bacalao descompuesto o a la aplicación de un programa económico que se prometió rechazar.

 En los inicios de toda sociedad el sustento del orden, de la confianza y la lealtad se expresaba en la palabra, no en la palabra escrita sino en la expuesta oralmente. Luego aparecen tablas de la ley, códigos inscritos sobre cuero, papiro o corteza de árbol y así podemos llegar a la imprenta. En este proceso, que culmina en una suerte de orgasmo gramatológico con el internet y las redes sociales, se da una curiosa paradoja. Mayor es el avance tecnológico para comunicar, menor es el valor que conserva la palabra. Papel aguanta todo, dice la sabiduría popular.

El próximo domingo los peruanos votaremos en un referéndum, manifestando nuestra voluntad sobre cuatro temas de importancia crucial para la restructuración de nuestro quiñado Estado. En la cédula respectiva habrá de figurar palabras escritas, muchas, algunas de ellas complejas y, en general, todas duras de entender. ¿Qué haremos en la cámara secreta? ¿Desconfiaremos de la palabra escrita como Atahualpa ante la Biblia, o desconfiaremos ante la palabra dicha como Pizarro ante Atahualpa? Palabras, palabras, palabras…

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