Edición 2564: Jueves, 8 de Noviembre de 2018

Consejo de Conejo

Escribe: Rafo León | “Sugerencia para el Bicentenario: salvar la belleza y el sentido de pueblos tradicionales”.

Hablando del Bicentenario, en el año 1974 se cumplieron los ciento cincuenta años de la Batalla de Ayacucho, lo que motivó un conjunto de celebraciones en el sitio del enfrentamiento con participación de los países bolivarianos, Perú, Bolivia, Colombia, Panamá, Ecuador y Venezuela. Los gobiernos de estos países homenajearon a Ayacucho a través de donaciones vinculadas a la memoria del triunfo independentista.

Fue Venezuela, con Carlos Andrés Perez de Presidente, el pueblo más abundoso en regalos. Estadio, biblioteca, centro cultural, el gran obelisco que se levanta en la Pampa de La Quinua. Y en lo que toca a esta nota, la carretera de 57 kilómetros que une Ayacucho con el pueblo de La Quinua, además de la puesta en valor de esta pequeña ciudad, cuna y almácigo de alfareros, con lo que se buscaba un diseño urbanístico y arquitectónico acorde con la tradición andina mestiza. ¿La idea? Dotar a los ceramistas de un territorio propio, en el que se sintieran identificados para no tener que  migrar. En ese entonces hablar de turismo podía sonar a disparate y sin embargo, en la visión del momento se proyectó a La Quinua como un destino de turismo cultural, quizás para dentro de muchos años.

Y ocurrió. Hoy, 44 años después, La Quinua resplandece con sus espacios ordenados y limpios, sus calles empedradas, sus queuñuas, su templo, sus casas pintadas de blanco y techadas con teja en muchas de las cuales funcionan las tiendas y talleres de maestros ceramistas como don Mamerto Sánchez, don Gedión Fernández, don Máximo Límaco. El pueblo, de 7,000 habitantes artesanos y agricultores,  recibe cada vez más viajeros  inquietos por recorrer ese espacio cargado de una historia no solo libresca ni castrense, también plasmada en el diseño urbano y en la fisonomía de las edificaciones. En la plaza principal se abre el pequeño museo de la Capitulación. En la parte baja un activo mercado ofrece los mejores cuyes chactados que se pueden comer en toda la provincia. Los talleres de las familias de los artesanos reciben gente que tiene la opción de probarse modelando y trabajando en el torno, antes de llevarse sirenas, capillas, Nacimientos, músicos de greda en color natural, maravillas.

Tenemos una flamante Comisión de Bicentenario en la que se lucen quizás demasiadas figuras de la política, la cultura, el arte y la academia. Un consejo hasta de un conejo: que investiguen cómo se diseñó la puesta en valor de La Quinua a raíz de una celebración análoga a la del Bicentenario y sobre todo, qué impacto tuvo esa donación en la vida de las gentes de la localidad, hasta el día de hoy.
No hay que inventar nada. En México se creó en 2001 un programa estatal llamado Pueblos Mágicos. Su objetivo, frenar la destrucción de villas tradicionales de todo el país no cauteladas, mediante medidas de protección y conservación que guardaran las fisonomías originales pero proyectando el lugar hacia adelante a través de la promoción de sus ventajas, culturales, paisajísticas, gastronómicas, artesanales, vivenciales.

Anualmente se convoca a un concurso en el que se presentan los pueblos. Estos para calificar deben tener proximidad con una carretera, un factor diferencial que los haga únicos, un consenso entre la población de querer sumarse a la red que ha creado el programa y un pre proyecto de lo que a juicio de las poblaciones locales el villorrio debería ofrecer a los visitantes.

Actualmente la red la conforman 46 pueblos, entre los cuales se cuentan el riquísimo Tequila y el muy pobre Tapalpa. El primero exhibe como diferencial la producción de la tequila, desde los campos del agave azul hasta las plantas industriales. Tapalpa hace vivir la atmósfera de un relato de Rulfo sin ser un pastiche, sin que nadie se disfrace. Yo he visitado ambos Pueblos Mágicos, entre otros, y en general vi que el programa funciona. Cierto es que la violencia que vive México ha afectado a algunos y también que antropólogos et al ponen en cuestión un sistema al que consideran un atentado contra la identidad de los pueblos originales. Bueno, si no hay debate es que las cosas no importan.

No se conocen aún los planes de la Comisión del Bicentenario. Y yo me permito una sugerencia, que puede tener resonancia en un Perú desentendido de su patrimonio vivo en nombre de una falsa modernización. Podría diseñarse un programa similar al mexicano para salvar la belleza y el sentido de pueblos tradicionales que no se encuentran protegidos por ninguna entidad nacional ni internacional. Pero no para volverlos museos, por el contrario, para dinamizarlos dentro de una estrategia de turismo que nos saque de una buena vez del machupichuísmo, el gastronomismo y la chafalonía.    

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