Edición 2563: Lunes, 29 de Octubre de 2018

Mil Novecientos Cincuenta

Escribe: Rafo León | “Todas las familias miraflorinas se conocían entre ellas. Miraflores tenía un microclima”.

Nací en noviembre de 1950, soy menor que CARETAS por un mes. Mi ciudad, Lima, como la de CARETAS.

Lima, 21 de octubre de 2018

La casa de la calle Porta me recibió cuando mi madre dejó la Maternidad y volvió al hogar familiar cargando a su cuarto hijo. Mi padre se preparaba para entrar al parlamento representando a Pacasmayo, Odría había ganado las elecciones de julio como candidato único con el cien por ciento de los votos. Miraflores era el paraíso que los pocos extranjeros residentes elegían para vivir. El mar a una cuarta, los acantilados siempre verdes por las filtraciones de agua dulce; los ranchos de madera tenían huerta con nísperos, ciruelos, higueras y en las veredas se levantaban las moreras. El aire olía a frutas y a flores, abundaban los cercos de alhelíes, de dogos, de dientes de león y los sun porches asomaban a parcelas de rosales, pancha franciscas y hortensias.

Un día se descubrió que nuestra nueva empleada estaba tuberculosa. A la muchacha se la llevaron dos policías. Hubo que sacar su colchón a la mitad de la calle y prenderle fuego. Además, mudarse a un rancho en 28 de Julio, a la vuelta. En el jardín exterior de la nueva casa se erguía una palmera, gruesa y vieja. Mi nueva  mama decía que en la corteza de ese árbol anidaban las cuculíes pero la rapidez con la que las capas del tronco crecían hacía que los pichones murieran asfixiados. Por las noches mis padres salían, generalmente iban al Embassy a ver bailar a Anakaona, Raúl Villarán vociferaba diariamente desde Última Hora que los parlamentarios que iban a ver a las ombliguistas consumían la blanca en cantidades de pronóstico.

En una de esas madrugadas en las que mis padres llegaban de la juerga descubrieron que mi mamá no había dormido en la casa y que había dejado la almohada como si fuera su cuerpo, envuelta sobre la cama en la habitación de los niños. La mujer fue denunciada en la comisaría y despedida, “mejor porque olía a habas”. El verano hacía de Miraflores un pequeño paraíso cuando el calor se disipaba con la brisa que subía del mar, pasaba por encima de las jaulas de malla y torta de barro llenas de canarios ubicadas donde hoy se levanta el Intihuatana de Szyszlo y entraba como una risa alegre  jalando a un sol benévolo por las puertas y ventanas abiertas de los ranchos y las casas modernas, nunca nadie se metía a robar.

De cuando en cuando tocaba la puerta de servicio un hombre flaco, calvo y maloliente, vestido con ropa regalada. Llevaba bajo el brazo un gran paquete envuelto en papel despacho. Era el judío, al que no se le entendía cuando hablaba pero que alegraba la vida de las empleadas con sus cortes de tela de colores venidos de Iquitos. Vendía a plazos. No era un tipo de confiar, tenía una sonrisa ladeada que, salvo a las muchachas, a nadie le gustaba nadita. Yo no volví a ver un judío en mi vida hasta que en 1967 ingresé a Letras de la Católica e hice buenas amistades con apellidos extraños de Rusia, de Turquía, de Rumanía. Los chinos te daban de yapa caramelos en sus tiendas luego que te hubieran despachado Ace, Kolinos, arroz y azúcar a granel. Sobre  los japoneses, se susurraba, al finalizar la guerra habían  saqueado sus negocios y muchos de ellos terminaron en campos de concentración. “Eran raros”.

Se sabía de la existencia de los negros y quizás alguna vez un gasfitero o un jardinero de piel oscura estuvo cerca de nosotros. En Miraflores sin embargo se selló la definición de negro siete años después, cuando Jorge Villanueva, apodado el Monstruo de Armendáriz, fue fusilado por supuestamente haber violado y asesinado a un niño blanco, muy cerca de nuestro rancho, en la quebrada que baja hacia las playas. No eran los negros sin embargo de quienes más había que cuidarse sino de las gitanas, esas mujeres deslenguadas que andaban sin sostén echando maldiciones a quienes no aceptaban que se les leyera el porvenir. Robaban niños para volverlos mendigos y también les agarraban la cosita.

Todas las familias miraflorinas se conocían entre ellas. Los domingos las señoras preparaban almuerzo y los hombres reunidos en torno de una radio se emborrachaban con capitán escuchando el partido de fútbol. Miraflores tenía un microclima, húmedo y llevadero en medio de una Lima permanentemente gris. En 1950 se produjo una sequía en la sierra que obligó a miles de familias a mudarse a la capital. En la radio hacía furor un chachachá, “A esconderse que viene la basura…”.

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