Edición 2555: Miércoles, 5 de Septiembre de 2018

La Imagen y lo Inimaginable

Escribe: Rafo León | “¿Para qué tanto aspirante a autoridad, si una autoridad paralela toma las decisiones?”.

Lima, 2 de septiembre de 2018

Voy por la Carretera Central hacia Santa Eulalia, se trata de pasar el fin de semana largo en la tranquilidad de una casa campestre, sencilla y grata, levantada en 2,500 metros cuadrados de jardines y andenes. La cosa es que hay que cruzar por el otro mundo, el mundo de la Ramiro Prialé y su desesperante congestión: Huachipa, el caos peruano más nítido;  la ruta a Chaclacayo, bulla, contaminación, salvajes al volante, gente que cruza la pista por donde se le antoja, mujeres cargadas de niños que parecen huir, agresividad y violencia. Pero voy a la paz bucólica de una casa rural robada a lo que fuera una hacienda.

Entramos a Chosica por Pedregal y Cocachacra. Vuelvo la mirada hacia los cerros de mi izquierda, la invasión ya está en la cima, cuartos de madera pintados en rojo y blanco se desperdigan, o se aprietan, en la falda de la elevación, en la quebrada. Bajo la mirada por la ladera de la montaña y va cobrando forma un barrio de casas de ladrillo y cemento, inconclusas y cubiertas con pintas de campaña política para las municipales. Hasta allá llegan mototaxis pero a la invasión no llega nada. ¿Sube la gente a pie por cuestas tan empinadas? ¿Y cómo hacen con el agua? Camiones cisterna, ni modo. No hay agua, ni a la vista forma alguna de subirla. Y si pongo más atención descubro que el barrio y la invasión se extienden en línea horizontal por el cerro hasta curvarse, seguramente ocupando la parte de atrás de ese lado de la cordillera que estoy mirando. Una población que no imagino, pues solo tengo la imagen de lo que conozco. Al otro lado, un mundo sin referentes.

He viajado mucho por el Perú y quizás esa sea la razón por la que tengo una imagen más o menos fiel de la vida de la gente en los Andes, pastores de altura, agricultores de sobrevivencia, gente que apenas habla castellano, que del Estado recibe vacunas y alimentos en polvo y nada más, que no accede a la justicia ni posee la más mínima cuota de poder como para considerarse ciudadana peruana. Sin embargo, he pasado días en su medio y recuerdo que nos pudimos comunicar en lo posible y nos quedamos de los dos lados con las imágenes respectivas.

Pero a esta Lima de entre Chaclacayo y Chosica la desconozco absolutamente. ¿Cómo se moviliza la gente, de qué viven, qué comen, qué consumen, cuáles son las rutinas de los adultos, de los hombres, de las mujeres, de los viejos y de los niños? ¿Qué religiones dominan? ¿Qué ven por la televisión? ¿Celulares? ¿Internet? ¿Hay mucha delincuencia, existen grupos de autodefensa, la droga barata se está llevando a los muchachos, existen grupos que practican las danzas ancestrales de sus padres o de sus abuelos, que les alegran la vida y les abren a la vez una ruta profesional?

¿Qué se ve, qué se siente al despertarse y tener que salir a la puerta, con el frío brutal de estos meses, para dejar resbalar un poco de agua empozada por la cara y cepillarse los dientes? ¿Hay algún enfermo en la casa, qué tiene, cómo se cura, y si se agrava, y si se muere dónde lo entierran, y si sobrevive pero con una incapacidad? No tengo en mí ni en mi entorno respuesta alguna a temas que son propios de mi ciudad, no de Huachocolpa ni de Surcubamba. De Lima. Solo sé que las próximas lluvias de verano arrasarán con la parte de la invasión y del barrio que están en esa quebrada de mi región, mi departamento.

Alguna vez en Matucana pregunté a un funcionario de la municipalidad cómo es que se permite que la gente construya en lugares que serán territorio del huaico. “Son terrenos de la comunidad campesina, ella los administra y a ver, anda métete con la comunidad”. Entonces, ¿para qué el municipio y tanto aspirante a ser autoridad local, si una autoridad paralela será la que tome las decisiones? O es que el negocio se hace entre ambas autoridades y estamos ante uno de los millones de arreglos mafiosos de los que depende nuestra vida cotidiana.

Tengo la imagen de una Lima que vengo conociendo a lo largo de 67 años de vida. No puedo en cambio siquiera imaginar cómo es la vida de cientos de miles de personas que son mis vecinos, con las que compartiré una autoridad regional; gente que se lava los dientes con el poco de agua que acumula en el cuenco de su mano. Hasta ahí llego. 

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