Edición 2554: Miércoles, 29 de Agosto de 2018

“¿Y Los Pobres de Cuenca?”

Escribe: Rafo León | “No hay verdad en la nueva cucufatería de las virtudes teologales con hashtag”.

Lima, 24 de agosto de 2018

A finales del 2016, Pilar y yo juntamos petacas y partimos hacia Cuenca, en el Ecuador, para cumplir con nuestro ritual anual de hacer un buen viaje. Yo había estado en Cuenca en varias oportunidades, siempre disfrutando de una ciudad armónica, muy bien mantenida y conservada, con un clima formidable y unos alrededores placenteros en los que se puede caminar, respirar buen aire, contactar con gente amistosa y simpática. Nos fuimos manejando y ante cada estímulo tomábamos una foto y la colgábamos en Facebook acompañada de un texto, una suerte de bitácora compartida con una inmensa cantidad de gente.

Los comentarios a nuestros posts sugerían “envidia sana” (eufemismo de uso extendido en redes), solicitaban información, expresaban una empática alegría para con nosotros. Pero un joven con aspiraciones de influencer que yo tenía en mi lista de seguidores tiró una mosca en la leche cuando luego de su like escribió “¿Y qué hay de los pobres en Cuenca?”. Ante tremenda idiotez, el muchacho fue expectorado de mi lista de amigos, luego de haberle escrito por inbox que yo no viajo a la caza de pobres ni de ricos y que sería bueno que él se hiciera un lavado interno para depurar su mirada de las cosas.

Así como ahora ha surgido la preocupación por la compulsión a ser felices que viene en las redes, también deberíamos ponerle un poco de seso a otra presión, igual de intolerable. Es la obligación de ser perfectos, de adocenarnos en una ética compartida de manera virtual y que viene dominada por la corrección política.

Hoy en las redes, si quieres ser merecedor de palmadas en el hombro y no de troleadas infamantes, debes militar en todos estos frentes: derechos humanos, feminismo, LGTBI, animalismo, anticapitalismo, liberalismo, lucha a favor del aborto, combate a la pederastia, fobia rabiosa contra las religiones institucionales, combate a la xenofobia, al nacionalismo, a las tiranías y satrapías de diversos gobiernos del mundo; antirracismo, anticlasismo, desconfianza en la política, privilegio de la cultura por sobre cualquiera otra área de la vida social, práctica incansable de la lectura; solidaridad para todo aquel que la merezca, desde los marroquíes subsaharianos hasta las víctimas sociales de sismos y otros desastres, vida sana. Lucha anticorrupción a palos, veganismo, repudio a las cañitas plásticas, combate al sexismo, a la misoginia, pacifismo, defensa del derecho a la insurrección, cuidado del lenguaje, incorporación del lenguaje inclusivo, preocupación por la crianza de los niños, necesidad de dar libertad a los niños, cuidado con darles demasiada libertad y excesiva aprehensión, perspectiva de género, arte comprometido. Y sigue la lista.

Las redes sociales se han transformado en las tablas de la ley y en el vehículo de una moral estandarizada que debe cubrir al mayor número posible de personas, de ahí la magnitud de causas buenas a las que hay que abrazar para no ser un paria, o una víctima de insultos y amenazas que francamente llegan a producir temor y desagrado.

Los tributarios de esa ética que todo lo explica y todo lo bendice se sienten personas no solamente buenas. No pueden permitirse exponer dudas, lados oscuros, sarcasmo; tampoco omitir alguna de las grandes esferas de la justiciera bondad humana que acaba con todas las diferencias en nombre de un ideal platónico que se baypaseó la caverna y las sombras, y pega fuerte sobre la propia realidad.

Lo que salta a la vista una vez que has agarrado pista en el manejo de las redes es que ese buenismo es en un gran porcentaje tan falso como asumido. La mejor prueba de ello es que se puede invitar a los buenos a participar activamente de alguna movilización en favor de sus causas o en contra de cualquiera agresión al ser humano, y verás que todo el mundo dice que sí y al final termina apareciendo el parto de los montes. Nadie. Para muchos basta con poner un like para sentir que ya concretaron su compromiso, que su intervención en la realidad ha sido completada.

No es posible ni deseable convivir con tanta causa buena dentro de la cabeza. Ni Cristo. Las personas somos profundamente imperfectas y tenemos, cada una, un rango de interés determinado que puede entrar en conflicto con el de otros. En esa disputa es que aparece algo de verdad y de sentido, y no en la nueva cucufatería de las virtudes teologales con hashtag.

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