Edición 2553: Jueves, 23 de Agosto de 2018

Del Sometimiento Como Inclinación Natural

Escribe: Rafo León | “El sentido último en el perverso está en desviar el deseo del niño hacia su propio deseo”.

Lima, 19 de agosto de 2018

Dicen “él se me insinuó”, o “ella quería que se lo hiciera”, o “muchas veces ellos piden”. Son adultos, de sotana, de alzacuello, de uniforme o de terno, que pretenden exculparse  por haber agredido sexualmente a menores, niños y niñas, de once, de siete, de cinco años de edad.

Más allá del cinismo que conllevan estas “explicaciones”, de pronto hay que indagar en la naturaleza del vínculo que se estableció entre el adulto y el niño antes del acto abusivo. Paso la palabra al sudafricano J.M. Coetzee, uno de los novelistas vivos más importantes del mundo, quien en El maestro de Petersburgo nos da el siguiente párrafo:

“La violación no va más allá: la niña amparada por su brazo, los cinco dedos de su mano, blancos, entumecidos, la sostienen por el hombro. Pero igual podría estar tendida, desnuda, abierta de piernas. Una de esas niñas que se entregan porque su inclinación natural no es otra que ser buenas, someterse. Piensa en las niñas prostitutas que ha conocido aquí y en Alemania; piensa en los hombres que buscan a esas niñas, porque bajo el maquillaje llamativo y bajo las ropas provocativas encuentran algo que los ultraja, una especie de inviolabilidad, una virginidad intacta”.

San Petersburgo, 1869. Fiodor Mijailovich, hombre de mediana edad, una tarde viola a la hija impúber de su casera. De aquella escena se desprende el párrafo citado. La segunda mitad del siglo XIX en un país bárbaro, de conductas primarias. Las niñas por “inclinación natural” se someten, son buenas.
Detrás de las excusas de los curas perversos hay una pátina de nubosa realidad. La relación de abuso no es unidireccional, involucra también a la víctima, y si eso no se asume será difícil entender este fenómeno que pareciera ser el signo de los tiempos de la Iglesia católica, hoy.

El niño o la niña conocen al adulto, este puede ser un profesor, un tutor, un entrenador de gimnasia, un tío. Ante sus ojos se trata de alguien confiable, de una sola pieza. Ese adulto conocido no lo ha maltratado nunca y ahora además le ofrece algo que el niño interpreta según lo que él desea, porque él quiere jugar, quiere un abrazo de afecto, anhela unos almohadazos con los que se carcajea con su padre o su abuelo en medio de cosquillas bajo las sábanas el domingo por la mañana. El menor no sabe que existen las relaciones sexuales, y menos esas que son violencia, dolor, humillación y asco.
El adulto ha leído en el niño su deseo de obtener algo que conlleva contacto físico, como las cosquillas o el abrazo cariñoso. Pero lo que en realidad le da a su víctima es algo muy distinto, la agresión a la “inviolabilidad” que describe Coetzee.

Pareciera que el sentido último y más placentero en el perverso está en el gusto que produce desviar el deseo del niño hacia su propio deseo; confundir lo que se espera con lo que se otorga. Ganas de jugar a las cosquillas vueltas penetración anal, felación, masturbación. Hundir en el niño su arma es un intento de acabar con la acusación de integridad que este le agita en la cara, de virginidad intacta, a un grande corroído por el ultraje.

Pasado el acto, se termina la seducción ejercida por el adulto y se pasa a la amenaza y al terror: “el diablo te llevará si hablas, morirá tu madre, todo el mundo sabrá que me llevaste a cometer este pecado”. Se instala entonces en el niño una oscuridad llena de culpa: de pronto en efecto, él ha sido el causante de aquello que acaba de ocurrir y que lo ha dejado sucio y avergonzado.

Las niñas criadas para someterse, los niños condenados a un silencio que estrangula su necesidad de contacto con hombres adultos sanos y generosos. El absoluto dominio del mayor sobre los deseos del menor al punto que los puede transformar de lúdicos en repugnantes.

Por un lado hay que fumigar a las iglesias y a toda otra institución en la que exista el riesgo de la pedofilia cimentada en el ejercicio del poder. Lo más importante, sin embargo, es guiar al niño hacia la conciencia y el ordenamiento de sus deseos y afectos. Hablarle claramente sobre la sexualidad, escribiendo la lección sobre su joven cuerpo. Que no haya confusión, que jamás unas ganas de divertirse, de saltar en la cama para luego caer en brazos de un adulto limpio de intenciones y predecible, que jamás eso se transformen en una reciprocidad chueca, esa que mata la vida para siempre.

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