Edición 2552: Jueves, 16 de Agosto de 2018

Mariposas Diurnas

Escribe: Rafo León | “Montesinos llevaba mujeres del Emmanuelle para atender a los mineros del túnel”.

En las últimas semanas he tenido que ir al centro de Lima en varias ocasiones, a media mañana, en este invierno de sensaciones térmicas crueles y feas. Quizás por ello lo primero que me llamó la atención fueron los mitones en las manos de las dos jóvenes apoyadas contra una pared en el cruce de Lampa y Paseo de la República. Ropas muy ajustadas y coloridas, ropas raídas, pelo colorado, harto maquillaje y los mitones. Más adelante, casi llegando a La Colmena, sentadas en una banca que mira a la pista otras dos mujeres, estas no menores de cincuenta años, la cabellera suelta, mallas de diseño multicolor, escote hondo, piernas cruzadas, cuerpos maltratados, pobreza a la vista.

La letra con sangre va entrando. He aprendido de las feministas que un hombre no tiene derecho ni sustento para opinar sobre el comportamiento de una mujer y menos para juzgarlo. La prostitución a lo largo del tiempo ha sido definida, sancionada, alabada y denostada por hombres, de quienes han surgido racionalizaciones como la del mal necesario, la válvula de escape que evita la violación de “muchachas decentes”, la iniciación sexual de los jóvenes de la casa, antes muerta que una hija puta.

Quizás los juicios más groseros contra las prostitutas son, uno, la generalización y el otro, la idealización.  El primero adocena a todas las trabajadoras sexuales bajo un solo concepto, el que viene determinado por el acto sexual a cambio de dinero. La generalización desconoce tal cantidad de variaciones de esta transacción que casi podríamos llegar a la conclusión de que la prostitución no existe más allá de un nombre mal connotado. ¿Qué en común puede haber entre una de las señoras de la banca de Lampa, un ama de casa que acepta hacerlo con el marido a cambio de un electrodoméstico y una joven veinteañera a la que se contacta por iPhone, cobra en dólares y puede elegir a sus clientes?

Al respecto se comenta que Vladimiro Montesinos hacía llevar regularmente grupos de mujeres sacadas del Emmanuelle para que atendieran a los mineros que se había traído de Cerro de Pasco para cavar el túnel de la Embajada del Japón. La ansiedad que estos hombres rudos, de socavón, empezaron a manifestar a medida que pasaba el tiempo podía poner en riesgo una operación tan delicada. ¿Paliativo? Sexo. Sin embargo, la primera vez las mujeres se negaron a atender a los mineros, estaban demasiado sucios, olían muy mal. Los operadores de Montesinos, a cargo de la misión, no entraron en vainas y las obligaron. Santo remedio.

La literatura, el teatro, el cine, son generosos con la imagen de la prostituta buena, la que acompaña, el paño de lágrimas de hombres infelices; la muchacha de gran corazón que entrega su alma antes que su cuerpo y que con su risa es capaz de volver liviana la más densa de las penas. Zola, Brecht, Dumas, Dostoievski, García Márquez. Irma la douce, Sophia Loren en Ayer, hoy y mañana; Pretty Woman, las chicas de Moulin Rouge, la adolescente Iris, de Taxi Driver. Tópicos que en apariencia dan la contra al cliché de la mujer como sinónimo del demonio, pero la agreden doblemente al disociarla entre su diablura y lo angelical, ambas actitudes al servicio del hombre.

Se ha intentado, ideológicamente, encontrar los motivos que llevan a una mujer a prostituirse. Desde la pura necesidad económica hasta la freudiana venganza contra el padre que la violó. Pocas veces se toma en cuenta la trata de mujeres, esa que por ejemplo llena los videopubs de los lavaderos de oro de la Amazonía, con charapitas y ojotitas que a los dieciocho años cumplidos ya son material de desecho.

La prostitución femenina no concierne a sus clientes. Estos pisan, pagan y se van. El asunto es la absoluta desprotección en la que las mujeres pobres hacen trabajo sexual callejero. Expuestas a golpes y maltratos, a contraer y transmitir enfermedades, obligadas a hacerlo sin condón, cobrando quince soles por una relación de los cuales una buena tajada va al macho que las administra; con seguridad son madres con doble vida, o con una sola, jugándose los descuentos en un trabajo que según el lugar común, compete a mujeres jóvenes y guapas. Yo como hombre no puedo opinar más sobre el tema pero cuando veo a las señoras de la banca, siento más frío en el frío. 

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