Edición 2551: Jueves, 9 de Agosto de 2018

La Justicia Fuchifú

Escribe: Rafo León |

Lima, 11 de enero de 2018

Fue en la hacienda Talambo donde detonó el conflicto que derivaría en el combate del 2 de mayo de 1866. Situada en Chepén, La Libertad, Talambo albergó a trabajadores vascos y quiso la historia que la muerte de uno de ellos en una reyerta particular guiara los hechos hacia la ocupación de las islas de Chincha por parte de un navío de guerra español y acabara en un combate a mar frente al Callao en el que Perú se anotó un triunfo.

A mediados de los años cincuenta del siglo XX Talambo era propiedad de la familia Palacios y el nombre mismo de la hacienda algodonera estaba asociado a disturbio, aunque luego del affaire de los vascos la turbulencia se ciñera a lo reivindicativo. Una rica propiedad agrícola se mantenía en constante tensión entre las demandas del sindicato y la intransigencia de los propietarios. Los trabajadores buscaron entonces a alguien que pudiera representarlos en el Congreso y dieron con la misma persona que los criollos del vecino Pacasmayo habían elegido entre sus parientes para la misma función. Un joven, buenmozo y encantador exmilitar llamado Abelardo León de la Fuente pasó a integrar la Cámara de Diputados, alineado en un oficialismo odriísta que no daba mucha cabida a otras bancadas.

Mi padre fue ese diputado simpático y de carácter explosivo, carente de formación política y necesitado del cargo tanto por la presión económica originada en una familia que se acababa de ampliar con el pequeño Rafaco, como por una pulsión justiciera más ligada al amor por el terruño que a una revolución impensada. León de la Fuente se convirtió así en el defensor público de los trabajadores de Talambo y, por tanto, en el enemigo público de los Palacios.

Cuando mi padre comenzaba a contarlo se detenían hasta los tranvías y al finalizar la anécdota todo reventaba en una carcajada perpleja, nadie sabía si lo escuchado podía ser juzgado de lesa ética o como un delito.

Los trabajadores de Talambo habían iniciado una protesta reclamando algún derecho, no sé cuál. Hubo intervención policial, heridos, detenidos. La dirigencia recurrió a León de la Fuente para que llevara el tema a la esfera intermedia de los diputados. Caricaturas políticas de la época pintaron a mi padre como un afiebrado ajiseco dispuesto a la pelea, en alusión también a la afición paterna por la riña de gallos. Rabanito, rojo y bolchevique fueron los apelativos que le colgaron al diputado León, los antecedentes de caviares, rojetes y pro terrucos.

En medio de la fragua, mi padre recibe una llamada del senador por la Libertad, de cuyo nombre prefiero no acordarme. Un untuoso señorón trujillano lo invitaba a almorzar al chifa Santa Rosa de la Plaza de Armas, cenáculo de excelente sazón cantonesa y de reuniones conspirativas facilitadas por la institución del apartado.

En un apartado entonces se ubicaron el senador y el diputado, y como era costumbre, mientras pensaban en el pedido, el mozo les acercó una sopera de hirviente Fuchifú para irlos calentando. El senador no esperó a la selección del menú; apurado, le informó al diputado que la invitación había sido idea del terrateniente, quien enterado de las peripecias que este tenía que hacer para llegar a fin de mes con casa alquilada y nada más, le ofrecía la cantidad que cupiera en el espacio respectivo de un cheque en blanco.

Decía León que en ese momento vio todo color escarlata, especialmente sus manos cuando tomaron la sopera y como si de un yelmo humeante se tratara, se la colocó al senador en la cabeza. Su último recuerdo antes de abandonar la mesa y dejar al senador aullando de dolor y con la cuenta por pagar, era el de una testa cubierta por un recipiente de porcelana celeste decorado con garzas en vuelo, a la vez que un río de fideítos, hilos de huevo, menudencias, coles orientales y sobre todo humo, bajaba de las orejas al cuello y a los hombros del senador.

León de la Fuente no fue suspendido en sus funciones, hacer público el episodio habría abierto incómodas compuertas, aunque sí fue objeto de venganzas privadas que ya sería de mal gusto recordar. Lo cierto es que corruptos en el Congreso los ha habido siempre, sin que esto signifique una disculpa a nuestros horrorosos padres de la patria de hoy. Pero lo que en este momento importa es discenir entre los congresistas experimentados y los intonsos, a ver cuáles nos convienen más.        

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