Edición 2543: Jueves, 14 de Junio de 2018

El Otro me Too

Escribe: Rafo León | “Se intenta relacionar un suicidio con el otro mediante el puente del contagio”.

Lima, 10 de junio de 2018

El tabú es la prohibición social que busca evitar la disminución y desaparición de la vida humana. El tabú considera a situaciones límites como violaciones de las normas más sagradas dentro de nuestra especie: el incesto, el parricidio, el suicidio, el canibalismo, el asesinato en general. La moral es menor en el tabú puesta al lado de la transgresión a las leyes que nos han impuesto los dioses como inevitables para preservar nuestra propia existencia.

Silencios y voces de otra dimensión son el sonido del tabú, las emisiones gangosas de los tótems, las lágrimas de las imágenes religiosas, los murmullos de los monumentos funerarios. Frente a ello la kryptonita del tabú es la circulación de la información, la palabra, la transparencia, la verdad. O su apariencia: la verdad de las redes sociales.

En estos  días se ha comentado hasta el agotamiento el suicidio de Anthony Bourdain, y ese pensamiento mágico que domina la red relaciona este hecho con el ahorcamiento por mano propia de la diseñadora de carteras Kate Spade en un apartamento impagable de Park Avenue. Se intenta relacionar una muerte con la otra mediante el puente del contagio y se recurre para ello a estadísticas de autoeliminaciones en los Estados Unidos, que están alcanzando sus niveles más elevados en la historia del país.

Resulta interesante vincular el contagio con el tabú. Una persona que se ve a sí misma arrinconada en la oscuridad, sin alternativa alguna de salida pero temerosa y culpable ante la idea de matarse, es posible que encuentre una luz al final del túnel en el suicidio de otro y de otros. “No estoy solo, si existe el castigo eterno lo pasaré con mucha gente que ya no pudo más, como yo”. Y adiós.

La información, vista así, de alguna manera rompe el tabú, humaniza el acto y lo vuelve posible quitándole cargas de culpas ontogenéticas, propias del ser humano más allá de la individualidad. Pudiera parecer un efecto de imitación, pero también podría tratarse de la liberación de negras responsabilidades, para cometer con plenitud un acto tenazmente prohibido por la ley, la religión, la conciencia social.

Me pregunto cuánto de ese proceso juega o no en el caso del feminicidio y en general, la violencia contra la mujer sufrida por el hecho de serlo. Veo una estadística de la ONU hecha pública en noviembre del año pasado, en la que se señala que América Latina y el Caribe tienen las tasas más elevadas del planeta en cuanto a asesinatos de mujeres: doce al día. Y eso que no se contabilizó al Brasil, que luego aportó ocho casos diarios.

Imaginemos a un hombre, cualquier hombre, que por celos, inquina, envidia, o por odio puro y duro (un sentimiento que tiene una definición propia y no precisa de causas), fantasea con asesinar a una mujer. Sin embargo la presión de su propia conciencia y el terror a un castigo divino lo hace desechar la idea como quien espanta con la mano un cuervo de sus ojos. El sentimiento está allí, royendo, erosionando; pero al costado se yergue una norma tallada en piedra que es más grande que la ley penal: no matarás.

No matarás, y en nuestro subcontinente se mata a veinte mujeres al día por su naturaleza de mujer. Para el-cualquier-hombre con fantasías feminicidas, enterarse de esto –o de algo más vivo como que un vecino atacó a puñaladas a su pareja– puede tener el mismo “efecto contagio” que se planteaba para el suicidio. “No estoy solo, no soy el único que desea acabar con esta maldita”. Y del dicho al hecho, ya no hay trecho.

En las últimas décadas llama la atención la cantidad de feminicidios en el mundo y en gran medida esto aparece así también por la tipificación de un crimen que antes era considerado genéricamente como homicidio. Se le puso un nombre y comenzó a emerger con identidad propia. Queda la duda, ¿es la información que circula, a la vez que un vehículo indispensable para la visibilización de esa violencia, la compuerta que se abre para liberar de culpa y miedo a otros hombres que terminan por matar mujeres sobre la idea de que no son los únicos?

Es momento de hacerse la pregunta, ¿a qué le teme el hombre que lo frena de saltar al vacío? ¿Será a la soledad del deseo extremo y del acto límite? ¿O quizás son las dos caras que todo hecho humano nos pone por delante? ¿Qué perdemos y qué ganamos cuando le vemos los  pies de barro al tabú? 

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