Edición 2542: Jueves, 7 de Junio de 2018

Con el Mismo Báculo

Escribe: Rafo León | “Cipriani y Barreto son curas. Ninguno tiene mayor validez que cualquier ciudadano de a pie”.

Lima, 3 de junio de 2018

Fue en el 2007 que explotó el conflicto entre Minera Majaz y la población de la sierra piurana de Ayabaca y Huancabamba que habita cerca de los páramos donde se ubican las cabeceras del río Blanco. El motivo era el riesgo de contaminación al que se expondría el nacimiento de un río que surte de agua a las vertientes del Atlántico y el Pacífico. Un referéndum no reconocido por la ONPE dio más del 90 por ciento de rechazo a la exploración por parte de la minera china Zijin Consortium. Dos comuneros muertos definieron el camino que el diferendo podría tomar si se persistía en la ceguera con la que manejan estas situaciones el Estado y las empresas extractivas.

En aquel entonces yo era columnista de un medio que no es CARETAS, y desde ese espacio tomé posición clara en contra del proceder de la minera, publicando referencias y datos a los que tenía acceso por mi trabajo como viajero profesional. Un día recibí la llamada telefónica del entonces presidente de la Sociedad de Minería, quien me ofrecía la oportunidad de aclarar el tema sobre el supuesto de que yo estaba mal informado.

Para la cabeza del gremio de los mineros, estos reiterados enfrentamientos sociales tienen una explicación relativamente simple: para comenzar, no parten de los pobladores mismos sino del azuzamiento producido por dos fuerzas que empiezan actuando por separado y luego, naturalmente, se unen. Estas son los subversivos y los jesuitas. “Fíjate en el mapa de conflictividad minera y verás cómo en cada punto marcado hay una parroquia de jesuita. Esta diferencia viene desde el Vaticano. Allá se ventila entre la Compañía de Jesús y el Opus Dei. La primera, rojimia y tradicionalmente antiminera. La segunda está a favor del desarrollo moderno, sin ideologías”.

Once años más tarde en el Perú la primera tendencia estaría representada por monseñor Pedro Barreto, obispo de Huancayo y conocido defensor de las poblaciones afectadas por la contaminación extractiva en Junín, recientemente nombrado Cardenal por el papa Francisco; y la segunda ya por sabida se calla. Monseñor Cipriani, condecorado con un enorme collar dorado por Galarreta en el peor momento de la gestión del Congreso, esboza su sonrisa florentina consciente del juego que está jugando en respuestas a las primeras declaraciones de Barreto en las que éste juzga al Legislativo como un poder que está de espaldas a la sociedad.

Juan Luis Cipriani es uno de los actores políticos más sostenidos en el tiempo, desde su gestión como arzobispo de Ayacucho hasta su última audición sabatina en RPP. Luis Pásara ha analizado su figura pública como la que condensa el neoderechismo nacional, marcado por el fanatismo, la promoción de la ignorancia como condición de fe y la delimitación de un campo pastoral dentro de las pirkas del neoliberalismo y la represión de cualquier idea moderna relacionada con el ejercicio individual de la libertad.

Cipriani cosecha más rechazo que adhesiones, y a medida que se acerca la fecha de su jubilación, pone acelerador a su peculiar liderazgo, hoy seguido por seres no muy santos como los congresistas de Fuerza Popular, Phillip Butters, Vásquez Kunze, ciertos columnistas de El Comercio y la plana entera de Expreso, aparte del empresariado más reaccionario, la mayoría. La misma tendencia que objeta a Juan Luis es la que aplaude a Barreto por sus más que directas declaraciones sobre el ejercicio político actual, dándole duro al Congreso.

Ahora bien, para ser coherentes habría que medir a Barreto con la misma vara que a Cipriani. Si al segundo se le critica por pretender influenciar en la esfera política del nivel más elevado, al primero se le debería reclamar por lo mismo. Ojo, no se trata de prohibir que los curas declaren sobre nada pero sí de advertir que al ser parte de un Estado laico, ninguna representación de ninguna religión institucional debe intentar intervenir en ámbitos absolutamente independientes de cualquier canon religioso.

Cipriani sabe ser antipático como una cobra y encabeza una de las causas más tóxicas y peligrosas del momento: el con-mis-hijos-no-te-metas. Al frente, Pedro Barreto aparece como un hombre sensato y justo, transparente en su opción por los sectores más deprivados de la sociedad. De acuerdo, hay allí dos miradas sobre la realidad; sin embargo, ninguna tiene mayor validez que la de cualquier ciudadano de a pie. Cipriani y Barreto son curas, sus reinos no son los de este mundo, y cuando lo son, ellos dos se convierten en humanos, tan buenos y tan malos como los humanos.  

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