Edición 2540: Jueves, 24 de Mayo de 2018

Los Hermanos Raskólnikov

Escribe: Rafo León |“En lugar de demandar justicia y exigir derechos, solo les quedó el camino de la venganza”.

Lima, 11 de enero de 2018

Tendrían que haberse puesto de acuerdo Dickens y Dostoievski para poder escribir a cuatro manos una situación que no corresponde a la Inglaterra de inicios de la industrialización ni a la Rusia semifeudal, sino al Perú de hoy, una de las economías latinoamericanas más robustas y el país que más rápidamente se moderniza, según cálculos de sabe dios quién, pero que así se anuncia en los diarios.
Son dos hermanos de origen puneño, el mayor tiene 18 años y se llama Juan John Mamani Llano. El segundo es menor de edad y por tanto solo le conocemos las iniciales, L JD. Ambos trabajaban en un edificio en el Rímac, propiedad de Martha Vilca Ramos, emprendedora dedicada a la fabricación de suelas de zapatos y zapatillas, que vende luego en Gamarra a quienes arman el calzado.

Un edificio de cuatro pisos en esquina, íntegramente dedicado a la industria de la señora Vilca. Los muchachos Mamani armaban suelas en el tercer piso, se les pagaba cien soles a la semana por jornadas sin límite y, por supuesto, fuera de cualquier control por parte de entidad pública alguna. Sin planilla, uno de ellos menor de edad, sobre explotación. ¿A quién y cómo reclamar?

A nadie. La informalidad es un sistema precisamente porque no da opciones de salida, se muerde la cola. La desesperación de los Mamani, entonces, también optó por una peculiar manera de experimentar ese sistema. En lugar de demandar justicia y exigir derechos, solo les quedó el camino de la venganza. Prendieron fuego al edificio, ellos adentro. El más chico se ató a una columna para en caso la policía investigara, él pasara como que había sido secuestrado. Dickens recargado.

Declarado el fuego se hicieron presentes 27 unidades de bomberos que tardaron muchas horas en sofocarlo. Los Mamani fueron detenidos y la Vilca citada, según la fuente informativa, “para determinar si hubo o no explotación laboral”.  No se presentó al juzgado. En todo caso la venganza se llegó a ejecutar aunque los responsables vayan a tener que pasar por un infierno en lo que les queda de vida. Raskólnikov, Dostoievski.

Ante este caso, ante el caso de los chicos que sacaron por la ventana de su encierro un tubo de neón antes de morir asfixiados en Las Malvinas, frente a la trata de niñas en los lavaderos de oro de la selva, el Perú deja de ser un país real para transformarse en un mal sueño, si es que no en un tema literario. Y esto no es ninguna frivolidad. Estamos viviendo en circunstancias que apenas caben en el canon de los creadores más sensibles y atentos a la bajeza humana.

Los sindicatos surgieron para representar a los trabajadores ante la patronal, contando con un Estado justo que tendría que equilibrar los reclamos con la realidad de la empresa. Las planillas se crearon para contabilizar y monitorear a la PEA pero, además, como el registro que va velando por los derechos y deberes del trabajador y el patrón. Un menor de edad, por principio universalmente aceptado, no puede pertenecer a una planilla. Las condiciones de trabajo deberán ser supervisadas por el Ministerio de Trabajo. La Municipalidad y Defensa Civil tendrán como función vigilar la seguridad de una construcción y su exposición a riesgos.

Bueno pues, ninguna de las palabras que aparecen en el párrafo anterior, ninguna de las instituciones, ninguno de los mecanismos está presente en el sistema laboral al que pertenecían los hermanos Mamani. Por eso quizás ellos lo que querían era sacar el dinero de la caja fuerte de Vilca y mandarse mudar a Puno.

Cuando la literatura decida encarar el comportamiento del capitalismo en su etapa actual, tendrá que instalarse en nuestro territorio y encontrar las maneras de relacionar la crueldad de la circunstancia misma con los sentimientos, lógicas y afectos de las personas. Yo quisiera saber qué pasa por la cabeza de Vilca, aunque estoy seguro de que se trata de un enunciado: “Yo estoy trabajando”. ¿Y los chicos Mamani? Arguedianamente hablando, volver a la utopía de la cuna en la altura, aunque siempre cabe la posibilidad de que otro tótem literario, Próspero, ya haya puesto sus larvas dentro de ellos, para repetir en otros lo que les tocó en el Rímac.

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