Edición 2539: Jueves, 17 de Mayo de 2018

Dos Maneras de Irse de la Fiesta

Escribe: Rafo León | “El suicidio es relativo. También el aborto, la maternidad, el asesinato, el bien y el mal”.

Alguna vez estuve de paso en Chaupimarca, uno de los distritos de la provincia de Pasco. Es una clásica ciudad andina del Perú de hoy, nada armónica y un tanto hostil. Periurbana, a la vez reúne la mayor cantidad de establecimientos comerciales de la zona además de las estaciones de bus, informales. No son pocos sus habitantes, treinta mil, acostumbrados a la temperatura promedio anual de 5.6º y a una altitud de 4,338 msnm. La pobreza está impregnada en Chaupimarca hasta cuando salen de fiesta los Negritos.

También muy de paso vi Basilea hace mucho tiempo, por la ventanilla del tren. La Ciudad Cultural de Suiza tiene cuarenta museos y ahora mismo se está desarrollando en sus teatros el Festival Europeo de Coros mientras que en la espléndida galería de la Fondation Beyeler se exhiben juntos Giacometti y Francis Bacon.

En una clínica de Basilea el pasado 4 de este mes, David Goodall activó con su mano el dispositivo que permitió el ingreso a su sangre de la dosis de Nembutal que lo hizo dormir, y morir. En Chaupimarca un adolescente de quince años, John O.Q. el mismo día se retorcía de dolor en el suelo de tierra de su casa. El raticida mezclado con una gaseosa empezó a hacer efecto cuando el tío apareció y pudo salvar al muchacho.

Botánico ambientalista australiano, Gooddall a los 104 años de edad se acogió al suicidio asistido en un país donde este es legal. Desde tiempo atrás había declarado que sus deseos de vivir se esfumaban, ya era suficiente. De John no sabemos nada más que lo declarado por algún familiar suyo, el chico pasaba por una “depresión sentimental”.

Dos casos de suicidios (uno de ellos quedó en intento) tan distintos como la vida de la muerte. Goodall se fue escuchando los primeros versos de la Coral de la Novena de Beethoven: Freude, schöner Götterfunken, Tochter aus Elysium. Rodeaban su cama los nietos y algunos amigos muy cercanos. En el asentamiento humano de Tawantinsuyo, John bebía la gaseosa envenenada solo su alma, por la ventana tapada con plástico azul entraba la voz amplificada de un vendedor de pescado fresco.

El suicido, entonces, es relativo. Lo son también el aborto, la maternidad, el asesinato, la riqueza y la pobreza, el bien y  el mal. Cada caso es único, por sí mismo y su contexto. La decisión de Goodall en apariencia ha sido un modelo de dignidad pero, ¿alguien sabe realmente lo que pasaba por la cabeza del científico, una vez cruzada la valla de los cien años? Es posible que John tuviera alguna condición psíquica que lo inclinara a la depresión y también podría ser que nada sentimental haya jugado en su decisión de partir, tan joven. El suicidio, contra los que dicen los parientes y los periodistas, nunca se explica por un solo motivo, se trata de un clásico comportamiento multideterminado en el que juega por sobre todo la sensación de triunfo que da controlar aquello a lo que pocos se atreven, el tránsito hacia la nada.

El pensamiento liberal propugna la despenalización de la eutanasia y el suicidio asistido en el entendido de que ambos son actos que favorecen a una persona en estado terminal, cuyo organismo ya no puede resistir tan baja calidad de vida. Si se aplicara la ley peruana (la informalidad hace excepciones), John tendría que ser denunciado y procesado y eventualmente ingresado a algún reformatorio, puesto que entre nosotros el intento de suicidio es un delito contra la vida y la salud.

La piedra de toque del tema parece ser el imperativo que tiene la sociedad de defender la vida humana, un privilegio del que alguna vez el Estado como institución se apoderó. Nada es absoluto, toda persona debería ser libre de continuar o terminar su vida, y más bien ese Estado represor tendría que dar las facilidades para que la muerte elegida fuera lo menos traumática posible.

Ahora, ¿y John? ¿Se podría argumentar que por la propia dignidad del jovencito, el tío debió dejarlo morir entre vómitos y retortijones infernales? Complicado asunto puesto que al ser menor de edad se supone que la responsabilidad del Estado para con nuestro muchacho es el doble de grande, se debe velar por su vida y además, pensar por él puesto que aún no ha llegado a adquirir del todo el libre albedrío.

Lo único cierto es que la dignidad es también relativa.    

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