Edición 2536: Jueves, 26 de Abril de 2018

Ayahuasca Esta Noche

Escribe: Rafo León | “Que al ‘turismo étnico’ se le ponga el pare. No que se acabe, pero sí que se formalice”.

Lima, 22 de abril de 2018

La primera versión que circuló en las redes daba cuenta de que la sabia shipibo conibo Olivia Arévalo, de 81 años de edad, había sido asesinada de cinco balazos por taladores ilegales a quienes  ella combatía desde su comunidad, llamada Victoria Gracia, ubicada no muy lejos de Pucallpa. El asesinato ocurrió el jueves 18 de abril. Tres días después corría un video que muestra cómo un hombre de la mencionada comunidad golpea brutalmente a otro, este grande y de piel blanca, ´quien cubierto de sangre y aterrorizado grita por su vida. El asesino enrolla en el cuello de su víctima una tela negra y con esta arrastra el cuerpo sin vida ante la mirada impávida de otros comuneros  con niños pequeños en primer plano.

Hasta hoy se especula con indicios o con inventos sobre lo que pudo haber ocurrido en este episodio atroz. La especie que atribuía el crimen a los taladores ilegales se ha ido desdibujando y surge otra, generada en el quiebre de los soportes culturales de la etnia shipibo conibo por el impacto de la falsa modernidad. Se ha afirmado en las redes que un turista canadiense llamado Sebastian Woodroffe habría sido el criminal asesinado, un “turista étnico” poseído por un brote psicótico quizás derivado de una mala experiencia con ayahuasca. Hasta el momento, sin confirmar, y aquí dejo el tema de Olivia y me desvío para recorrer las calles del centro de la ciudad del Cusco.

Caminas en sentido opuesto a un grupo de jóvenes colorados venidos de cualquier lugar donde el new age haya prendido como una hiedra como compensación a la era del vacío y el miedo como segunda piel. De pronto todos se detienen ante un cartel de cartón blanco colgado en un poste: AYAHUASCA, MARTES Y JUEVES A LAS 6 PM. Y una dirección. Cusco, Urubamba, Iquitos, Tarapoto, Pucallpa, también Lima, son polos en los que se ofrece el llamado “turismo étnico”, que no es otra cosa que el pase por una sesión de ayahuasca, que puede costar entre 60 y trescientos dólares. No todas las opciones son así de groseras como la del poste. Existen organizaciones y empresas de turismo místico que sí, con seriedad, preparan al viajero con anticipación, evaluándolo, haciéndolo dietar, propiciando un estado necesario para pasar por un proceso de varias sesiones en algún lugar retirado.

Pero las noticias, frecuentes, de turistas que se han suicidado o han muerto por causas inexplicables, fuera de casos de raptos de locura que ponen en aprietos a embajadas, no parten del trabajo de estas entidades responsables sino del cartel del poste.

Para que la planta haga efecto, el sujeto tiene que haberse preparado, de preferencia con varios días de anticipación. No comer cosas condimentadas, abstinencia sexual, cero alcohol. Hay gente que nunca deberá tomar ayahuasca, son quienes tienen problemas emocionales agudos, sobre todo si están medicados. Es imprescindible que la experiencia sea guiada por un conocedor, que puede ser el sabio de alguna comunidad nativa o algún estudioso derivado de la medicina, la antropología o la psicología.

La relación entre el paciente y el sanador puede determinar que las cinco horas que suele durar una sesión, hayan producido una introspección muy profunda y valedera o un descenso al infierno más vil. Como se ve, el anuncio del poste invitando a ayahuasquearse el martes no contempla la preparación del interesado. La planta se vende como la cocaína que brilla en la esquina siguiente. La mecánica de sesiones improvisadas y sin preparación determina que al turista le den cualquier substancia que lo haga alucinar, desde floripondio hasta lisérgico, dentro de una gama de psicotrópicos que producen paranoia. Ciertos muchachos venidos del frío entran a un sótano de sus mentes del que no salen más. Corren calatos por las calles o la selva, se ahorcan, se tiran debajo de autos en movimiento o simplemente sus sentidos se fueron para no volver.

Doña Olivia Arévalo solía conducir sesiones de ayahuasca con visitantes. Parece que quienes las administraban eran unos parientes que vieron el filón y se pusieron a colgar carteles en los postes, o a motivar a jóvenes por internet. Pudiera ser que este caso estuviera ligado a la  mercantilización de una receta de vida ancestral y holística. De cualquier manera debe servir para que al “turismo étnico” se le ponga un pare. No que se acabe con este pero sí que se formalice para evitar que una cosmovisión integrada sea fracturada en una noche de demencia que puede terminar en un amanecer con muerte, de una mano y de la otra. 

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