Edición 2527: Jueves, 22 de Febrero de 2018

El Reino Animal

“Ahora las pruebas ya no son necesarias para determinar la culpabilidad de alguien”.

Lima, 16 de febrero de 2018

Alguna vez la escritora y periodista argentina Leila Guerriero escribió en su columna de El País: “Mientras yo tenga la información de casos de niños que mueren de hambre en algún lugar del mundo, jamás escribiré una palabra en defensa de los animales”. De una manera retórica y exagerada –la Guerriero es buena por explosiva– se plantea aquí un tema que con el auge de las redes sociales está alcanzando niveles de locura. Es la onda animalista, en algo emparentada con el veganismo (por el rechazo al beneficio de animales para alimentación) y el buenismo que parece dominar la comunicación virtual. El periodista salvadoreño Carlos Dada, gestor del diario virtual elfaro.com me dijo en una oportunidad que si tuviera que verse obligado a colgar en Facebook fotos de gatitos jugando con bolas de mimbre, probablemente se suicidaría.

Acabamos de asistir a un espectáculo grotesco, cargado de histeria violenta. Se trata del absurdo caso del chifa Asia, que de un momento a otro se vio invadido por una horda de animalistas que gritaban desaforadamente mientras arrasaban con mesas, comensales y cocineros, supuestamente en contra del uso de carne de perro en la cocina.

Yo siempre sospeché que este feo asunto, que copó por más de una semana las pantallas de televisión y decenas de miles de espacios virtuales, ha sido una maniobra del Doc, convencido de que desdentado, enflaquecido y deprimido como dicen que sobrevive en su celda, aún continúa diseñando estrategias para distraer a la población de lo que ocurre con el fujimorismo.

Penélope Falcón es una mujer de duro decir y ella encabezó la asonada contra el chifa. La escena es horrenda, los jóvenes chillan y cuando aparecen las cámaras, se enervan con enunciados como “yo he visto…”, “acá los cocinan crudos…”, “que se larguen a su país donde comen perro…”.

Los animalistas habían encontrado un perro vivo al lado de unos instrumentos de cocina y un costalillo. Ahora que las pruebas ya no son necesarias para determinar la culpa de alguien (ocurre en temas de neo feminismo), bastó esa naturaleza muerta para que los defensores de animales dedujeran que en el establecimiento se mataba a  perros y se servía su carne. Doña Penélope y sus amigos secuestraron a Negrito (así se llamaba el animal, luego los buenistas le cambiaron el nombre para evitar toda connotación racista, pues son también activistas contra esa y otras lacras de la sociedad) y lo entregaron a una fiscal, que se había presentado rauda en el comedero. Después quedó claro que todo era falso.

Liu Xinhau es uno de los propietarios del chifa Asia y también cocina. Esmirriado, lampiño y con cara de niño, relató estupefacto a los medios en un castellano de pulpería que los invasores no solamente habían dañado su local sino que a él le habían propinado un golpe en la cabeza, de los buenos. ¿Buenistas?

Una vez más las redes fallan en su objetivo y caen en la manipulación, la estridencia y la crispación. En la xenofobia y el racismo que se dice combatir. Los animalistas deberían ser más serios e investigar en las razones por las que en el Perú se maltrata animales. Uno de los aportes de la corona española que vino con la Conquista es la crueldad hacia estos seres. La tauromaquia, tan debatida, es la expresión más palpable de ello. La riña de gallos. En el poblado de Manganeses de Polvorosa, en la Zamora española, hasta hace poco la festividad anual más celebrada consistía en lanzar una cabra viva desde el campanario de la iglesia del pueblo. Recién se prohibió.

El hombre andino, por su propia tradición a la que se sumó la ibérica, no es tampoco un dechado de animalismo. La fiesta del jalapato en la sierra central y sur es espantosa. Se cabalga en torno a un pato colgado de las extremidades y gana quien le arranca la cabeza. El Yawar Fiesta es una orgía de sangre y dolor, un cóndor es amarrado sobre el lomo de un toro, al que se le hacen cortes y heridas y se le pone ají. Se dice que la fiesta es la analogía del triunfo de la fuerza andina sobre lo foráneo. Prefiero escuchar una charla sobre el tema.

Lo que viene ocurriendo con este desmadrado e ignorante animalismo y en general con una serie de manifestaciones públicas aparentemente en favor de buenas causas, es una exacerbación de los atavismos más primarios: nacionalismo, exclusión narcisista, falsas verdades que suplantan a lo verificable. ¿Excesos de democracia, la mano del Doc, mediocridad humana? Todo junto. De cualquier manera la realidad se invierte y la gritería hace que el animal termine siendo el amo del hombre.   

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