Edición 2526: Jueves, 15 de Febrero de 2018

Vomitaba en Vez de Eyacular

Escribe: Rafo León | “El tema del abuso sexual a menores está en el tapete. Sin embargo, parece centrarse en niñas”.

Lima, 10 de febrero de 2018

Solía advertir antes de empezar su relato que aquella era la primera vez que hablaba sobre “el asunto” (así lo denominó). Sin embargo, en su velorio, cuando en lugar de contarnos chistes sus amigos comenzamos a compartir recuerdos en torno a su simpatía, su fragilidad y su miedo de vivir, resultó que a todos nos había hablado con detalles del “asunto” y a todos nos había dejado con una densa sensación de inutilidad y culpa.

Andrés tenía cinco años de edad cuando sus padres lo pusieron en manos de la abuela. La pareja, que ya tenía dos hijos, había entrado en un espiral de odio y violencia que produjo sobre todo en ella un rechazo feroz hacia el niño. Como una manera de protegerlo de sus propios padres, Andrés fue entregado por ellos a la abuela. Eran los años cincuenta, a muy poca gente de la sociedad limeña se le ocurría divorciarse.

La casa de la abuela de Andrés olía a diamelas y a ropero viejo y el niño era feliz, en el jardín con parterres de hortensias , en las habitaciones de techos altos que demandaban respeto a quien se atrevía a caminar sobre sus alfombras polvorientas. “El asunto” se dio por primera vez en el sun porche con muebles de mimbre que miraba de lleno a las enormes flores color lila.

El mayordomo de la abuela, Santos, parecía un activo fijo de la casa, estuvo allí desde siempre a pesar de que no era un hombre viejo. Al contrario, ágil, atlético, su figura bailantina añadía simpatía a la simpatía de su permanente sonrisa de sandía. Ese sábado por la tarde, antes de irse al hipódromo, Santos, en el sun porche, mientras la abuela dormía la siesta, hizo que Andresito se bajara los pantalones. No lo penetró, fue misericordioso con el pequeño. Cuando hablaba del “asunto”, Andrés a los cincuenta años cumplidos decía sentir a diario cómo los hilos de semen se le chorreaban por las piernas hasta las medias de algodón.

“El asunto” se repitió una y mil veces. Como en el lugar común Santos amenazaba con matar a la abuela si Andrés abría la boca. El ritual, como todo ritual, se remedaba a sí mismo hasta en el último detalle. Santos acariciaba la cabeza del pequeño mientras le iba quitando los pantalones. Luego sacaba el pene por su bragueta y obligaba al niño a ponerse en escuadra con los muslos muy juntos.

Allí iba el pene. Unos cuantos movimientos y el viscoso líquido color perla volvía a deslizarse por las piernas de Andrés, hasta ser absorbido por los calcetines.

Alguien los descubrió. La abuela casi muere del asco y el dolor. Santos terminó trabajando en alguna tarea vil, en alguna institución militar hasta que se esfumó. Los padres decidieron que debían recuperar a su niño y curarlo de lo que le había ocurrido, había que evitar a cualquier precio que se volviera maricón. La terapia consistió en callar, el silencio acabó con “el asunto”.

Acabó con el “asunto” para todos menos para Andrés. Se llenó de tics al punto de parecer un prematuro loco de la calle. Cuando entró al colegio le resultaba imposible la cercanía de sus compañeros, pero era en las clases de Educación Física donde alguna vez se le llegaron a paralizar las piernas. Demasiados hombres juntos cambiándose en un camarín. Decenas de “asuntos” rodeaban a quien uno solo le había incendiado la vida como a un papel sobre el fuego.

No podía desnudarse con luz para ducharse, ponía toallas en la ventana del baño y recién las quitaba cuando ya estaba otra vez vestido. Sus enfermedades se sucedían en posta. No bien terminaba un “pre cáncer” al hígado y ya hacía su ingreso la sinusitis, o la cojera inmotivada que lo convertía en sujeto de conmiseración ante los demás. De su vida sexual nunca se supo, quizás porque la que practicó fue a solas y envuelta en el horror.  A alguno de sus amigos le confesó, “me excitaba mucho lo que podía recordar pero al minuto me venían náuseas y tenía que vomitar”. Vomitaba en lugar de eyacular.

El tema del abuso sexual a menores está en el tapete. Sin embargo, parece centrarse en niñas, quizás porque la estadística así lo demanda. O porque cierto  sector  de influencia también en “el asunto” ha impuesto sus reglas discriminatorias. Lo cierto es que en la historia de Andrés se descubre que los daños se acumularon unos sobre los otros sin piedad. ¿El más insoportable? Una secuencia de consecuencias: te violaron, mejor muerto antes que maricón. Y sí pues, se murió.

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