Edición 2519: Miércoles, 20 de Diciembre de 2017

Trolls Contra Todos

Lima, 17 de diciembre de 2017

Escribo estas líneas el domingo por la mañana, sin conocer exactamente lo que pase hoy con el pedido de vacancia al presidente PPK. Escribo estas líneas, también, desde el lado de la trinchera en el que me he colocado sobre la base de mis ideas, mi trayectoria, mi formación y hasta mi origen social. Quiero decir, acá expondré algunos temas ubicado en un lugar al que los soldados del otro frente de la trinchera califican como la cuna de oro, el reino del caviarismo, el último reducto rojete del senderismo asolapado. Pero para ser justo trataré de describir cómo con lenguaje de redes categorizamos desde acá a los que a nuestra vez despreciamos, ya sin mucha elegancia intelectual aprendida en los pulquérrimos pasillos de la Católica.

Sanguijuelas, animales, feos, horrendas, chuscos, ordinarios, mafiosos, delincuentes, fujirratas, aprofujirratas, fascistas. Y más y más fuerte. Ahora bien, es cierto que de este lado además de trolls con maestría y doctorado, abundan también buenos comentarista de Feis y columnistas de medios impresos, personas que se toman en serio el trabajo de opinar esclareciendo hechos con ecuanimidad ante una masa de navegantes y lectores que prefiere por lo general el ping pong de insultos, cuando no los memes, las noticias falsas y las frases vicariantes atribuidas a Einstein y a García Márquez. Al frente en cambio no hay de esos, salvo que se quiera pensar como intelectuales a Martha Meier o a Mar Mounier.

Una persona con la cabeza más bien fría me hizo ver hace unos días que esta crispación agresiva, insultante, adjetiva de los dos lados, no ayuda en nada a la superación de lo que estamos viviendo en el Perú de ahorita. Y me lo decía con sutileza aludiendo a que yo también en mis columnas de Caretas y sobre todo en el Feis, caigo con frecuencia en la trolleada más intensa para beneplácito de mis casi veinte mil seguidores en redes. La hipótesis de mi amigo es más o menos así. La mayoría en el Congreso está compuesta por gente en promedio salida de abajo o de muy abajo, que a codazos ha trepado hasta donde está y que no tiene cultura ni ética como para plantear su cargo como una plataforma de servicio al país. Por el contrario, se trata de una especie que busca el beneficio personal a cualquier precio, pero también la revancha frente a una clase social que imaginan privilegiada, esa que tiene la posibilidad de elegir sus ideas y principios. En cambio los del frente (popular) solo han escogido lo que la vida les iba poniendo por delante para sobrevivir escalando, recolectando del suelo: transfuguismo, mentira, otoronguismo, violencia, ausencia total de escrúpulos, falsificación de documentos, ocultamiento de procesos penales, etc. El setenta por ciento del Perú informal.

Mi interlocutor, pálido pero sereno se explaya, lo que está ocurriendo en mucho se asemeja a lo que pasa cuando a personas que están al margen de la sociedad, las buenas conciencias las maltratan. Niños de la calle extremos, reos, delincuentes, drogos de los puentes del zanjón. Cuando alguna mano se extiende para supuestamente ayudarlos asumiendo que primero  deben tomar conciencia de su deplorable ser, estos sujetos en lugar de responder con apertura se encriptan más, sacan las garras, muestran los dientes, se lanzan al ataque con todo.

Me pareció interesante el planteamiento de mi amigo y me llevó a hacerme una pregunta: ¿mejorarían las cosas si en lugar de insultos y diatribas personales contra los fujiapristas, se les tratara de una manera conciliatoria y amable? Dejaríamos de juzgar por cuestiones físicas que esta gente no ha elegido, iríamos al debate de ideas y visiones. Buscaríamos una horizontalidad, con la confianza de que podríamos generar un importante cambio en la actitud tan estridente y violenta como la que hasta ahora se expresa en el Congreso, es decir, una importante modificación en el estilo de las dos partes.
Sin embargo la buena intención de mi amigo se estrella contra dos verdades, ahora inamovibles. La primera radica en que todas las acusaciones a los del frente (popular) sobre delitos, manipulación y afán vindicativo y mentira son ciertas. Todas lo son. Esa es una. La otra, si no es a través del insulto rabioso y desesperado, qué otra forma podríamos encontrar para canalizar nuestro descontento. No hay organizaciones políticas confiables que nos garanticen diálogos, difíciles pero productivos, generadores de alternativas. Parece que no es posible entonces mejorar las formas que hoy lideran el no contacto entre los grupos enfrentados. A eso es exactamente lo que se conoce como polarización. Irreductible, además.  

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