Edición 2514: Jueves, 16 de Noviembre de 2017

‘Yo Actuaba Como Varón’

Escribe: Rafo León | “Según esa percepción pre lógica los hombres somos víctimas de un chip abusador”.

Lima, 13 de noviembre de 2017

La asociación Demus –no sé si aún existe– reunía a un equipo de abogadas feministas dedicadas a promover los derechos de la mujer y, por tanto, a la defensa legal de mujeres violadas, a las que asesoraban en sus denuncias y defendían ante el tribunal.

Me llamaron hace casi treinta años: Demus había recibido un financiamiento para indagar en el impacto de la violación en la mujer para hacer luego campañas de prevención; pero me proponían algo diferente: “Sabemos bastante sobre ese tema, en cambio nada sobre lo que ocurre en la cabeza del violador”.

Acepté de inmediato el encargo. Se trataba de entrevistar a internos por violación; es decir, agresión sexual a mujeres adultas pues  tratándose de menores la nomenclatura  que corresponde es “abuso sexual”. En los penales, sin embargo, a la orden de “¡mándame un violín!”, me ponían por delante a violadores o abusadores, a inculpados o sentenciados, lo que cayera.

Las abogadas partían de un supuesto que yo no comprendía del todo, el que todos los hombres somos violadores por el hecho de ser hombres. Mi mente identificaba a la violación con un episodio ocurrido de noche, en un lugar desolado, en banda, contra una desconocida; o dentro de la familia propiciado por el alcohol y siempre por una patología en la psique del violador.

Durante un año estuve yendo a San Jorge y Lurigancho, fueron doce las entrevistas, fatigosas, estériles, pues estaban marcadas por los intentos de exculpación por parte del sujeto. Así, escuché argumentos como el de quien violó a su vecina de nueve años porque estando él con resaca, la niña le comenzó a tirar de las pestañas. O el caso de un interno convencido de que existe un gen depredador que siendo tú bueno te vuelve malo sin derecho a reclamo. O el de un joven chiclayano tan encantador que ni la mamá de su mejor amigo se pudo contener y le ofreció el ano, antes de denunciarlo. O la niña con retardo mental que acosó al vecino hasta que éste ya no pudo más. O el amigo que le pide prestado su cuarto para llevarse a una hembrita y al final ella se queda encerrada, hasta que aparece el heroico entrevistado para salvarla. En una de esas surgió la explicación, “yo actuaba como varón solamente…”, que dio título a la publicación auspiciada por la misma Demus y que se agotó demasiado rápido. No sería mala idea una reedición.

En ese entonces mi análisis me decía que entre los violadores que venía conociendo no había nada en común salvo una pobreza extrema sumada a la miseria,  condiciones que asociadas a la promiscuidad habrían generado que algunos de ellos hubieran sido a su vez víctimas de abuso en edades tempranas. Fuera de eso, todos eran hombres tan corrientes como yo o ese que pasa por la calle.

Común a todos, un razonamiento mágico los hacía percibir su actuar como consecuencia de una fuerza –la entraña de la masculinidad–  que sin mayor anuncio se gatilla y lleva de manera inexorable al hombre a violentar a una mujer. Según esa lógica, al tratarse de algo ingobernable y connatural al varón no debería ser punible, no existe dolo en ese acto, solo una erección involuntaria acompañada de un mensaje sin réplica: tíratela. Todos dijeron no haber sentido placer en una actuación que solo para uno de ellos configuraba un delito. Los demás eran inocentes, víctimas de la magia y de la mujer agredida.

En el grupo de los abusadores las niñas habían sido usadas por los adultos de su entorno como bazas de negociación con el sujeto para diversos fines, resolver un conflicto de linderos de un terreno, cerrar una disputa por robo, arreglar un entuerto.

Cuando al fin apareció el libro y pude leer tanto las entrevistas como la interpretación que hacía de estas la psicoanalista Marga Sthar, sentí que la hipótesis de las abogadas de Demus se caía por falta de sustento. ¿Seguro? No había en el material una clara demostración de que los violadores lo fueran por el hecho de ser hombres pero tampoco aparecía el argumento contrario. Nada los definía, o más bien, ellos cargaban con su definición. Eran pobres, miserables, marginales pero la pobreza no explicaba el acto de violar a una mujer. Esa percepción prelógica según la cual los hombres somos víctima de un chip abusador incontenible, fue cobrando cuerpo a medida que leía y releía la investigación. Se actúa como varón porque se es hombres a secas. Entonces, ¿de qué prevención estaríamos hablando?

Loading...