Edición 2513: Jueves, 9 de Noviembre de 2017

La Aparición de Los Petroglifos

Escribe: Rafo León | “Nada ni nadie puede quitarnos el derecho a la duda, al análisis caso por caso, a la relativización”.

Lima, 5 de noviembre de 2017

Si vas un día a un sitio de piedras labradas por primera vez, es probable que de entrada no veas nada. Te dijeron que había miles de petroglifos pero no percibes ninguno. Hasta que de pronto sobre la superficie de una roca surgen dos danzantes en pleno movimiento. Y cuando te das cuenta estás rodeado de innumerables figuras de astros, cazadores de camélidos, sacrificios, geometrías indescifrables.

Me decía mi amiga Cecilia, una muchacha de mi edad, que ella recién está reparando en la cantidad de veces que a lo largo de su vida ha sido tocada por hombres sin ella haberlo permitido. Tocamientos que fueron desde una excesiva confianza en el apretón del hombro hasta el intento inequívoco de ser violada en una fiesta. “El punto es, me dice Cecilia, ser tocada sin haberlo autorizado, no importa el grado de confianza que tengas con el hombre. Eso que antes era normalazo, hoy sustenta una denuncia penal”.

Muchas feministas que lideran este tema sostienen que es necesario ser absolutamente radicales a la hora de juzgar y denunciar un acto de violencia como los señalados, incluso recusan la posibilidad de que se relativice el concepto mismo de agresión en cualquier situación que la mujer pueda considerar delictiva.

En principio no soy afecto a ninguna prohibición de relativizar nada, la esencia del pensamiento moderno es precisamente la duda, el prisma, los matices, los pliegues más que el juicio masivo. Recuerdo que en el año 90, cuando fui a hacer una pasantía al Center for Health Communication de la Universidad Johns Hopkins, el primer día me pasearon por las oficinas y conocí a una secretaria piurana que llevaba años viviendo en Maryland. De puro provinciano le comenté en voz alta que era linda como toda norteña. La cara de ogro que me puso antecedió a un comentario en privado: “no vuelvas a decir una cosa así acá, porque te puedo denunciar por sexual harassment.

Un sabio sacerdote Maryknoll luego de jubilarse decidió quedarse en Lima a pesar de que tiene a su familia en Nueva York: “No puedo ir a vivir a un lugar donde si después de la misa del domingo con la mano le revuelvo los pelos a un niño amigo, puedo terminar condenado a prisión”.

Entiendo que es un momento en el que la barrera falocrática, al verse descubierta, incremente sus defensas; nunca como hoy parece haberse dado tal casuística de feminicidios y violaciones a mujeres. Esta arremetida brutal responde a que el modelo patriarcal de sociedad se siente amenazado al haberse volteado el paradigma de lo que es la relación del hombre con respecto al cuerpo de la mujer. De esta crisis solo puede salir algo bueno, y bueno, habrá de ser que se establezca el sistema de género por sobre los sexos tradicionales, se desafuere a las religiones de la vida civil, se imponga el respeto al esquema corporal de los otros y las autoridades policiales y judiciales adopten el punto de vista de la mujer.

Todo cambio sísmico como este trae nuevas normas de comportamiento muchas veces difíciles de adoptar. Hay que adoptarlas si combaten a las que son ofensivas para la mujer. Sin embargo, nada ni nadie puede quitarnos el derecho a la duda, al análisis caso por caso, a la relativización. Cuando en los ochenta se desata la secuela de denuncias de casos de pederastia eclesiástica, surgieron también estudios de abogados que se hicieron multimillonarios al conseguir, mediante lobby, que se reconociera al “recuerdo falso” como una evidencia de abuso punible. En unos años la iglesia católica gringa tuvo que pagar más de diez mil millones de dólares en reparaciones a víctimas. Nadie niega que la mayoría seguramente fueron justas y sustentadas, pero nadie sabrá tampoco cómo un falso recuerdo pudo ser, o la tapadera de un trauma real, o un lucrativo invento gestado en un bufete de abogados neoyorquino.

Sé que lo que escribo no tiene la menor simpatía. Tampoco es simpático mi rechazo al delito de negación del Holocausto, que solo ha metido preso a un historiador mediocre y no ha sido capaz de impedir la emergencia de movimientos neonazis salvajes como pocos. El límite entre lo permitido y lo prohibido en temas como los mencionados nos llevan, sí, al imperio de la ley en primer lugar. Pero no muy lejos, al terreno del necesario cuestionamiento, la investigación, la incertidumbre y el resbaloso sendero de la moral.

Ya soy un apestado en mi ciudad por hechos que todo el mundo conoce. Con esta columna añado un necesario mal olor al que ya llevo encima. 

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