Edición 2512: Jueves, 2 de Noviembre de 2017

Pisar Caca

Escribe: Rafo León | “¿Hasta cuándo vamos a tener semejante pezuña en el poder del Estado donde se crean las leyes?”.

Lima, 29 de octubre de 2017

Si no tiene secundaria completa –pero la compró– ni suscribe un ideario político, ni ha formado parte de una organización de cualquier perfil para agenciar alimentos, salud o poder para un grupo de pobladores de distrito deprivado. Si no ha sido al menos catequista de parroquia de cono, pastor o pastora de ovejas rebeldes, cuestionadoras, militantes de los derechos humanos. Si le bastó con ser fuerza de choque en alguna azucarera conflictiva como un nudo de víboras. O pastora en iglesia evangélica de diezmo y represión de la alegría. Si su familia es propietaria de una estación de radio en cualquier punto del país donde no haya problema alguno en chantajear a autoridades y comerciantes para canjearles avisaje por silencio, y así sale borracha a dar entrevistas. Si favorece a una línea aérea al exonerar de impuestos la compra de naves voladoras y repuestos.

Si su ortografía es laxa como su lengua, su fealdad exterior expresa con fidelidad la interior, se vale de su discapacidad para generar empatía con la población, se empeña en frenar todo avance respecto de las ideas modernas sobre género. Si para servir a su secta religiosa suscribe una norma para que violadores y abusadores mantengan beneficios penitenciarios, si su utopía consiste en despenalizar a los que lavan oro en los ríos de la selva y matan la vida tanto como prostituyen a adolescentes, si para evitar ser asociado con la caviarada guarda silencio en siete idiomas frente al caso de una empadronadora violada por una bestia con casa propia; si ante la crítica sardónica sale a exigir censura para la prensa y amenaza al periodista con lenguaje de monrero. Si todo eso, o parte, se da, estamos frente al identikit del promedio fujimorista en el Congreso.

Y si al identikit le añadimos una retórica huachafa y fascistoide, apta para defender a un indefendible de doscientos kilos de peso y un stock generoso de ejecutados sumariamente en una isla al frente de Lima, pues estamos frente al boceto de un congresista del APRA. Con los anteriores, sapos del mismo pozo.

Si no reúne ninguna condición de las que el sentido común nos hace pensar que laten debajo de alguien que se mete en política, ¿Qué queda? Quedan la agenda propia, la voz de algún grupo de poder mafioso, marginal pero rico, ilegal; la oportunidad que se abre para detectar bisnesitos, cutritas, coimas peseteras, viajes inmerecidos, escolaridad, panetones, ya tú sabes. Junta entonces lo pedestre de un pago al director del colegio para que emita certificado falso de secundaria con el horizonte electrónico de una iglesia pentecostal y te salen el micro y el macro de la representación peruana en el Legislativo.

Al verlos en la televisión declarar con un mensaje en la mirada y su opuesto en la boca (la disociación perfecta de Laura Bozzo y Fujimori), el ciudadano no puede dejar de preguntarse, ¿de dónde salen, cómo los reclutan, por qué están allí, quién los eligió, son peores que los del último Congreso, hasta cuándo vamos a tener semejante pezuña en el poder del Estado donde se supone que se crean las leyes que regirán la vida de un país de treinta millones de habitantes?

Responder a preguntas razonables como las anteriores no es difícil: los sumideros y los desagües emiten miasmas, es ley natural. No tan sencillo es contestar en cambio a otras preguntas, aplicadas al periodismo, el cuarto poder, el sector más crítico, cultivado y objetivo en sus juicios dentro de una sociedad. ¿Cómo es que terminas lavándole la cara al fujiaprismo, qué ganas con ello, por qué renuncias a la decencia (si es que alguna vez la conociste de vista), qué razón te  empuja a compensar tu mediocridad con la mermelada baratona que se prepara en las curules y que tú, colega, conviertes en mierda químicamente pura? Colega que reporteas y redactas sin haberte ganado el derecho a que firmes tus notas, colegas propietarios o directores de medios de taco alto, prosapia y solera.

País de mierda, escribió una colega vecina, sensata y coherente. Le quisieron tirar encima al gremio entero. No se pudo. País de mierda escribimos quienes vayamos a caer en el intento de judicialización por haber perturbado un orden pegado con babas chuscas. Un país es una mierda cuando la mayoría pisa caca dentro de sus zapatos y así sale a la calle y va a su bancada o a su sala de redacción. Pisar caca, pues, da buena suerte. 

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