Edición 2508: Viernes, 6 de Octubre de 2017

La Santa no Cede

Escribe: Rafo León |“Aunque seguramente hay otra esencia encima de Cipriani: el poder del dinero”.

Lima, 1 de octubre de 2017

La ambivalencia, la verdad nunca dicha del todo, el cajón que queda un poco abierto, la apariencia y la sospecha de la esencia. Soportes que podrían explicar cómo es que la iglesia católica es la institución más antigua del mundo en vigencia actual, dos mil y tantos años de ejercicio de poder material y espiritual hoy sobre 280 millones de personas, el 17 por ciento de la población mundial.
La apariencia: el papa Francisco viene al Perú en enero de 2018 y para todo el cristianismo peruano se trata de un hecho invalorable que renovará su fe y quizás traerá la paz y la concordia a este país de jirones. La sospecha de la esencia: no todos están contentos y el más descontento es sin duda el cardenal Cipriani quien desde el anuncio de la visita no ha hecho sino ensuciar la noticia con una serie de dimes y diretes, sobre todo con el escandalete de la indefinición sobre el lugar en el que se habrá de realizar una misa para por lo menos un millón y medio de personas en cuerpo presente.

La apariencia: la iglesia como un solo puño organiza la visita y los conflictos en torno a esta se deben a desencuentros con el poder civil, al que Cipriani ha acusado de agorero de calamidades, o algo peor.

La verdad de la apariencia: la vieja distancia entre los jesuitas y el Opus Dei está en su punto con el asunto de la visita. El papa y Cipriani no se pueden ver ni en obleas. Según me explicó hace unos años uno de los más altos directivos de la Sociedad de Minería, la piedra de toque de esta bronca radica en las respectivas posiciones frente a la extracción minera. Según mi fuente, los jesuitas se oponen a esta en defensa de los recursos naturales y sobre todo, de los derechos de las comunidades locales.

En cambio el Opus Dei, integrado por representantes de la derecha dura, pugnan por liberar todos los candados que frenan al extractivismo salvaje. Un túnel sin luz de salida al frente.

Cipriani ha demostrado su total incontinencia verbal desde que comenzó a aferrarse al poder político que adquirió con Fujimori, cuando era obispo de Ayacucho. Él sabe que clientela confesional no tiene, pero sí un relativo caudal político, y lo quiere aprovechar metiendo ruido -en apariencia- acerca de la conflictiva sede de la tal misa, aunque en realidad lo que está consiguiendo es teñir de materialidad un hecho que, también en apariencia, va más bien por la ruta de la espiritualidad.

El asunto no tendría mayores bemoles si se tratara de un conflicto privado entre dos opciones religiosas cualesquiera, pero no es el caso. Acá no estaríamos escribiendo lo mismo si los actores fueran musulmanes, judíos, ortodoxos o evangélicos. Se trata del cristianismo, la religión a la que PPK se consagró a través del Corazón de Jesús en un acto francamente vergonzoso, tanto como el arrodillarse en el oratorio de Cipriani al costado de la señora Fujimori. ¿Y cómo le paga el cardenal? Descalificándolo como presidente de la República.

En julio de este año el Vaticano oficializó a la Costa Verde como sede de la misa multitudinaria. El vice ministro del Interior, Ricardo Valdés, experto en temas de seguridad y defensa civil, opinó que se trataba de un desatino por el riesgo que supondría reunir a tantísima gente en un espacio que no ofrece ninguna garantía ante un desastre, ya sea un sismo, un tsunami o una estampida humana. La reacción de Cipriani no se hizo esperar: descalificó a Valdez con grosería y poco menos que se comprometió a que durante la misa en la Costa Verde no iría a ocurrir ninguna desgracia. ¿Celular directo con dios, superchería medieval, manipulación pura? Y no contento con eso, pocos días después el purpurado declara a viva voz que PPK no es quien decide adónde el Papa hace sus misas. Nadie le retrucó: ¿quién gobierna entonces el Perú? Es que nadie parece tenerlo por seguro, hay ambivalencia, hay apariencia, hay sospecha de esencia.

Como Laura Bozzo, como Peluchín, como Lady Gaga, el cardenal Cipriani no puede soportar que le apaguen las luces de la marquesina, algunas ya quiñadas con lo que perdió en la Católica. A medida que se reduce su poder espiritual, quiere extender el material a cualquier precio. No importa si en el intento se lleva la fe de millones de peruanos que quieren estar cerca de su sumo pontífice. Al final, quien parece decidir sobre todo es Cipriani, aunque seguramente hay otra esencia encima de él: el poder del dinero. 

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