Edición 2507: Jueves, 28 de Septiembre de 2017

No Importa Señor tu Ira

Escribe: Rafo León | “En las zonas maltratadas, los desastres naturales son en realidad desastres sociales”,

Lima, 24 de sePtiembre de 2017

Están entre las cosas que menos me gustan. Los sismos. Mi madre enloquecía al menor temblor, se le soltaban todos los cabos y cuando alguien alguna vez quiso hacerle ver que así solo contribuía a aumentar el pánico, ella respondió con una sentencia proto feminista: “los temblores son la única oportunidad que tengo de hacer lo que me da la gana”.

Hasta el terremoto de Ica, yo siempre vi la prevención tal como percibo las instrucciones para emergencias que te dan en los vuelos. Cuando comienzan las lecciones sobre qué hacer ante la inminencia de la caída de la nave, me desconecto porque estoy absolutamente convencido de que de una de esas no sales vivo. Estás desafiando a la naturaleza al haberte trepado once mil metros en un aparato que debe pesar centenares de toneladas, no pidas que encima te puedas salvar de una explosión en el aire colocándote un chaleco inflable de plástico que llevas bajo el asiento.

El 15 de agosto de 2007, al finalizar el día, yo hacía abdominales sobre una colchoneta tirada en el piso. El gimnasio Milenium reventaba de gente. Los salones de máquinas parecían fábricas de carne firme, los ambientes  para spinning y para aeróbicos sudaban exhibiendo la euforia que produce echar los bofes después de una jornada de trabajo. En la segunda planta  la cámara a vapor del sauna de caballeros reunía a una decena de usuarios sentados en pelota sobre tablas danesas. Milenium es un gimnasio que forma parte del hotel El Pardo y comparte con este el edificio. Temporada turística alta, el hospedaje mostraba hacia afuera todas las habitaciones iluminadas.

En los gimnasios hay mucho ruido, entre la música hiperactiva y las guapeadas de los entrenadores no te queda mucho margen para escuchar nada más, de modo que no sentí ese quebradero que vértebras que anuncia a un sismo. Ese tronar sordo que viene de lo más hondo y lejano de la Tierra con un mensaje de heraldo negro, indetenible, fatal. Recién las cien personas o más nos dimos cuenta de lo que ocurría cuando los enormes ventanales del local comenzaron a ondularse como gelatinas desmoldadas y el piso se transformó en un muestrario de rompemuelles en movimiento. La cosa comenzó a pintar muy mal por su intensidad y duración.

Esa misma mañana todo el personal del complejo El Pardo había participado de un simulacro de sismo. Secretarias, conserjes, mozos de restaurante, entrenadores y asistentes del gimnasio, gerentes y limpiadores ya sabían cómo actuar en una situación que comprometía a mucha gente que además se encontraba doblemente expuesta, por llevar ropa de deporte o estar desnuda en un camarín o en el sauna, aparte de los turistas, quienes desconocen la sensación del temblor y suelen caer en el pánico extremo al primer indicio.

Inaugurado el terremoto, distintas reacciones se empezaron a ver dentro del gimnasio. Algunas de verdadero espanto, otras de desconcierto, la mayoría de angustia. Varios señores salieron disparados del sauna apenas con una toalla enrollada en la cintura, dispuestos a no detenerse hasta ganar la calle. La situación prometía tragedia. Sin embargo una mano invisible tomó las riendas. Los entrenadores, las secretarias, los asistentes, los encargados de la limpieza sin siquiera levantar la voz pusieron orden para evitar un apelotonamiento en la puerta o una escapada hacia la pista que podría haber tenido consecuencias fatales. Con firmeza pero transmitiendo confianza, a los ocupantes del gimnasio nos separaron por grupos en las zonas de seguridad mientras que el personal del hotel hacía lo propio con huéspedes que presentían el fin del mundo.  Solo quedaba esperar con un mínimo de serenidad.

El fin del mundo nunca llegó para nosotros. Finalizado el eterno remezón que había hecho bambolear el edificio, la gente tranquilamente fue a buscar sus cosas para retirarse a sus casas. No hubo escándalos ni oraciones de rodillas, se aceptó que lo sucedido fue lo que fue y que era necesario ponerle la cara a las réplicas. Una enseñanza en verdad ejemplar.

Desde aquella vez creo en la utilidad de los simulacros, pues la viví. Pero también me doy cuenta de que estos funcionan en espacios físicos y sociales, donde es posible imponer el orden en medio del caos porque las construcciones son asísmicas, se respetan los aforos y existe una confianza en que el final nunca llega del todo. No es el caso de las zonas pobres y maltratadas de un país, donde se ve con descaro cómo los desastres naturales son en realidad desastres sociales.

Loading...