Edición 2505: Jueves, 14 de Septiembre de 2017

Historia de un desperdicio

Escribe: Rafo León | En el turismo en Tacna se necesita planificación, palabra que los neoliberales convirtieron en lisura”.

Lima, 10 de sePtiembre de 2017

Datos del Consulado del Perú en Arica indican que el año pasado ingresaron a Tacna por Santa Rosa/Chacalluta, seis millones de chilenos. No todos pueden ser considerados turistas. Según la Organización Mundial de Turismo, turista es aquella persona que sale de su residencia habitual y se traslada a otro lugar donde pernocta al menos una noche. Según ese criterio, tenemos que un millón setecientos mil ciudadanos chilenos –cuatro mil al día en promedio– se convierten en turistas en el Perú, al año, contra menos de doscientos mil visitantes nacionales. Los fines de semana el paso por el puesto fronterizo puede demorar tres horas, problema que pronto quedará resuelto cuando se implemente el control integrado, una sola ventanilla.

¿Por qué pasan seis millones de chilenos a Tacna en un año? Para comer: la gastronomía peruana –incluido el pisco– los enloquece, la sazón, las recetas del Perú se llevan de encuentro a la insípida culinaria chilena. Otro motivo fuerte son los servicios médicos privados. Oculistas, dentistas, cirujanos plásticos, clínicas integrales. Para chequearse y tratarse pasan al Perú chilenos que vienen ya no solo de Arica sino hasta de Santiago. Finalmente está el rubro de las compras. Muchos pasan a Tacna por lo que se ofrece en los mercadillos, en los que un visitante puede hacerse de un equipo completo de computación, de calzones y sostenes llegados desde Gamarra (el algodón peruano tiene excelente prensa), de artefactos eléctricos pequeños, fetos de llama para mesas de curanderismo, películas y música sin límite, orégano de primera, aceitunas, violines, frutas, verduras, aceite, detergente, arroz, la vida completa.

Si hacemos números, Chile con esas cifras se convierte en el primer emisor de turismo al Perú (bordea el 50%), y el puesto fronterizo Santa Rosa/Chacalluta en la segunda puerta de ingreso, luego del Jorge Chávez. Pero hay que decir que ese boom turístico se viene dando de manera silvestre, con una mínima intervención del Estado. Del gobierno central no se ve ni la uña. El regional impulsó el año pasado la creación de una marca turística (“Tacna, de brazos abiertos”), en un proceso impecable que por desidia de las propias autoridades no se ha desarrollado.

La falta de conocimiento y planificación de lo que es turismo atenta contra las infinitas posibilidades que tiene Tacna para desarrollarse en este rubro. Algunos puntos: no hay un bulevar de restaurantes, estos están dispersos y nadie supervisa su calidad. En ninguno se ofrece actividades de valor agregado, como clases de cocina para los comensales o buenos espectáculos musicales. El servicio se limita a poner un plato delante del chileno y luego cobrarle. De otro lado, los servicios médicos no hacen una promoción conjunta que les dé un diferencial. Se ha investigado el motivo por el cual tanto chileno viene a atenderse por médicos peruanos, teniendo ellos una seguridad social de excelente nivel. La respuesta es simple y compleja a la vez: lo hacen porque valoran por sobre todo el trato cordial, cariñoso y sin apuro que les dan nuestros especialistas, un intangible que nunca se debería perder, pero que tendría que estar promocionado.

El asunto de las compras es complicadísimo. Para comenzar, es de suponer que la mayoría de los chilenos que ingresan con bolsas y canastas no son turistas sino que pasan solo por un día. Visto así, no puede hablarse de un turismo de compras. El tema entró en severo conflicto cuando hace algunos meses el gobierno de PPK intentó alentar la inversión en dos malls cerca de la frontera. Ardió Troya: una parte de la heroica Tacna saltó en defensa de los cincuenta kilómetros de terreno contados desde el límite en los que está prohibido el capital extranjero. Aparte del nacionalismo herido, hay que decir que la impresionante movilización que llevó a PPK a anular el proyecto se debió más a una presión de los mercadilleros, la mayoría migrantes de Puno pero tacneños por derecho propio.

Un sancochado tan lleno de ingredientes –algunos muy buenos, otros dudosos– como el que caracteriza el turismo en Tacna, nos hace ver que en este rubro también se hace necesaria la planificación, esa palabra que los neoliberales convirtieron en lisura. Es simple, es palmario, el sector privado tacneño aún es inmaduro, no está consolidado. El gobierno tiene una deuda con las fronteras en general. Debido a la ausencia del Estado, los seis millones de chilenos que entran al año a Tacna se diluyen como chorrillos de agua que se van al mar.

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