Edición 2501: Jueves, 17 de Agosto de 2017

¿De qué Violencia Hablamos Cuando Hablamos de Violencia?

Escribe: Rafo León | “Será indispensable añadir al debate de las esterilizaciones una antropología de la salud pública”.

Lima, 13 de agosto de 2017

Dos fotos. Una, julio de 1990, la ciudad de Ayacucho a las tres de la tarde está absolutamente desierta, la gente se guarda en sus casas de piedra y lodo, como en los filmes del Oeste bolas de ramas son arrastradas por el viento en las calles. Llego con una colega y un fotógrafo al local donde la monja Covadonga atiende a mujeres cuyos esposos, padres y/o hermanos han sido asesinados y ellas quedaron en la absoluta miseria. Sentadas en el suelo de un local triste y celeste, muchas con los bebés colgados de la teta, esperan en silencio. Covadonga es el brazo derecho del obispo Cipriani y se ha hecho fama de santa.

Ya murió la monja, pero yo no le vi la santidad cuando se dirigió a esas mujeres famélicas y alunadas por el horror para decirles en tono autoritario que ella les daría bolsas con alimentos solo a las que no usen “métodos anticonceptivos artificiales”.

Dos, hace dos años en el pueblo de Sarhua, también en Ayacucho. Llega una avanzada del Ministerio de Salud con dos objetivos: detección de embarazo mediante tacto a las pobladoras, y reparto de la mensualidad del programa Juntos. Las mujeres, muchas solo quechuahablantes, todas muy pobres, hacen una cola en el local municipal y van ingresando. De pronto, cuando ya están dentro, una funcionaria de Salud cierra la puerta de acero con llave. “Señor, para que no se escapen”, explica.

La verdad de una mentira se llama la investigación que acaba de publicar María Cecilia Villegas, en la que pone en cuestión el que más de 250 mil mujeres hayan sido esterilizadas a la fuerza durante el decenio de Fujimori. En efecto, si nos quedamos con que “a la fuerza” es una medida que implica secuestro, violencia, amenaza armada, como señala la autora, ha habido casos, sí, pero muy pocos. La mayoría de ligadura de trompas a mujeres campesinas fue consentida, según Villegas.
La autora y todos a quienes ella representa continúan ciegos frente a lo que son los abismos sociales y culturales en el Perú, desde que se intentó fundar una República hasta ahorita. En las dos fotos reseñadas –y observadas directamente por mí–, existe una violencia poderosa que se cimenta en el dominio del blanco sobre el indígena, en el poder de la institución (Iglesia, Estado) sobre el pobre diablo, en la autoridad tácita de quien da a cambio de la sumisión total, en la aplicación compulsiva de medidas que afectan ferozmente, por ejemplo, el pudor de las mujeres andinas, sin derecho a oposición.

También lo he visto cuando he trabajado en campañas de comunicación para promover las inmunizaciones. En alguna comunidad de Andahuaylas, o de Carhuaz, o de Putina, va la madre con el hijo en brazos para que le pongan la primera dosis de varias vacunas. La recibe una enfermera o un sanitario, y como que le hace un bien, luego de la aplicación le dice: “Si la próxima vez vienes así de cochina y llena de piojos, no te atiendo”. La campesina, no hay que ser adivinos, no vuelve, y el programa de vacunas de su hijo queda inconcluso.

Durante el fujimorato en el Ministerio de Salud se trabajaba por metas, eso ya está admitido oficialmente y la propia Villegas lo acepta. ¿Cómo logra una meta la enfermera que verá aumentar su magro salario con un incentivo, a la hora de sumar a mujeres esterilizadas? No es necesario que a estas las encierren, les pongan un cuchillo en la garganta o las extorsionen con que le van a matar a sus hijos si es que no se dejan operar. Basta elevar el tono de voz, que la enfermera deje bien en claro quién tiene el poder y, por supuesto, la mensualidad de Juntos o la bolsa con frijoles.

Muy confundidos andamos los peruanos a la hora de reconocer qué cosa es la violencia. Tanto, que cada vez hay más hombres capaces de sostener que en la violación sexual no hay violencia si es que la mujer andaba en minifalda. Trasladada esta lógica al tema de las esterilizaciones, será indispensable añadir al debate una suerte de antropología de la salud pública que explique los mecanismos de coerción con que trabaja el Estado en los sectores más pobres y apartados, esos que no tienen camino.

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