Edición 2500: Jueves, 10 de Agosto de 2017

La Magia Negra Del Mercado

Escribe: Rafo León | “La competencia no ha mejorado en absoluto la calidad del servicio de las telecomunicaciones”.

Lima, 5 de agosto de 2017

Me paseo entre las góndolas del supermercado, aspirando como cuando era niño el olor a detergente que impregna al resto de aromas, miles de olores asfixiados por un monopolio jabonoso. Sé lo que voy a comprar, un par de quesos, tostadas pequeñas, maní con pasas. El vino espera ya en la casa. Cuando tomo el molde que queso paria, recuerdo el diálogo entre periodistas que escuché en la mañana por la radio. Indecopi insta a los usuarios de supermercados a verificar que los precios que le consignen en la caja por cada uno de los productos que lleven, coincidan con los que aparecen en las góndolas. Se han dado casos de recargos tramposos que el cliente suele no percibir, por el apuro o debido a la confianza en la honradez de la empresa.

Es decir, encima de que cancelamos precios bastante elevados por lo que compramos –el Perú está muy caro y Lima, impagable– ahora debemos llevar encendida la calculadora del celular para ir contabilizando el monto de cada mercancía que cargamos a fin de que en la caja no nos hagan las cuentas del gran capitán. Tarea adicional para un consumidor que siempre tiene las presiones de su lado.

Cuando en los años noventa se impone en la subregión la economía abierta, el mensaje conceptual que surge del propio sistema es que desde ese momento es legítimo hablar de consumidores allí donde antes se aludía a ciudadanos, en el entendido de que el mercado, a través de sus leyes ágrafas, dota al individuo de todos sus derechos sin margen de engaño, puesto que la oferta y la demanda construyen un paramento ético que asegura por igual al vendedor y al comprador la obtención del beneficio que les corresponde desde que el vínculo se establece.

En reciente entrevista, el sociólogo Francisco Durand, autor con John Crabtree de Perú: élites del poder y captura política, apunta a que estamos viviendo una “república empresarial”, un sistema de poder que poco o nada tiene que ver con los gobiernos en curso, un poder fáctico, el de verdad, que se mantiene frente a cualquier cambio establecido por las urnas, pues está compuesto por las grandes corporaciones globales y sus acodos en cada país, con el mensaje de garantizar que el comportamiento completo de una sociedad ha de privilegiar las ganancias de los grupos que dominan los mercados. Así, según Durand, la empresa privada viene a cumplir el rol que antes le tocó al Ejército y a la Iglesia en la gestión de la política económica que, todos suponemos, está regida por el gobierno que hemos elegido.

Las privatizaciones y concesiones emprendidas por Fujimori generaron la creación de organismos supervisores y reguladores que vigilaran el cumplimiento de los contratos entre el privado y el Estado, en función del bienestar del consumidor. OSIPTEL, OSINERG, OSITRAN, INDECOPI y otras siglas de tartamudo comenzaron a sonar como los defensores de un consumidor en manos de unos privados que solo quieren esquilmarlo y un Estado que solo busca protegerlo. El diseño en papeles y en spots era muy correcto. En los hechos, hasta el momento los reguladores vienen operando como los abogados de los empresarios, tratando de que los intereses de estos se mantengan y sus utilidades crezcan.

La competencia no ha mejorado en absoluto la calidad del servicio de las empresas dedicadas a las telecomunicaciones. Se diría que las nuevas se han rasado con las originales en sus bajos estándares, sus abusos y sus tarifas, las más altas de la subregión. Los consumidores gritamos a un sordo cielo, “¡estos días perdidos no me los consignarán en el recibo!”, cuando llevamos 24, 32 o 48 horas sin línea celular, sin cable, sin Netflix, sin nada qué hacer. Sin embargo, sabemos tácitamente que nuestro clamor solo será un Do de pecho frente a las normas de la república empresarial. Tramitar un reclamo ante el regulador correspondiente significa enfrentar una burocracia de color gris y muy malos modales, que por lo general termina por hacernos tirar la toalla a la mitad del proceso. Consumidores, actuemos entonces como ciudadanos y recurramos al boicot. Compremos el queso y los snacks para los amigos en el mercado, no en el supermercado. No termines metiendo tu propio dedo en tu boca, no te hagas cargo de los delitos ajenos.  

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