Edición 2499: Jueves, 3 de Agosto de 2017

Del campo a la ciudad

Escribe: Rafo León | “¿Qué hay en el plan de Pablo de la Flor para frenar la migración del campo a la ciudad?”.

Pachacamac, 29 de julio de 2017

Las primeras declaraciones de Pablo de la Flor al asumir el liderazgo de la reconstrucción de las zonas afectadas por El Niño Costero mostraron un rostro distinto al que habitualmente se exhibe en situaciones semejantes. De la Flor puso énfasis en que no se reconstruiría buscando restaurar tal cual eran antes del desastre las casas, escuelas, hospitales, edificios públicos, sino aprovechar la circunstancia para diseñar arquitecturas públicas y domésticas acordes con lo que las poblaciones afectadas necesitan, según las nuevas demandas demográficas, sociales y culturales.

De casualidad conozco un caso que bien puede ser emblemático. Un joven originario del Bajo Piura y radicado en Lima, se ve obligado a traer de su tierra a su padre y a su hermana, más los dos hijos pequeños de esta, pues la chacra de la que vivían se afectó severamente con las lluvias e inundaciones. Esperar a que esos campos recuperaran sus condiciones de productividad habría significado para la familia años de ayuda de la emergencia y de servicios asistenciales del Estado que nunca son suficientes, años eternos de mayor miseria que la habitual.

Los familiares del muchacho al que me refiero ahora están acomodados en un cuarto arrendado en San Juan de Miraflores, una habitación de madera con piso de tierra, sin baño, adentro se cocina, se duerme, se mira televisión, se vive. El único ingreso económico es el que provee la joven madre, ahora auxiliar en una oficina municipal donde recibe un sueldo de mil doscientos soles al mes. El alquiler del cuarto se come la tercera parte, cuatrocientos y tantos soles.

Vuelvo a Pablo de la Flor, un cuadro muy bien elegido para tremenda responsabilidad. Y vuelvo a él con una pregunta: ¿qué hay en su plan para frenar la migración compulsiva del campo a la ciudad, como consecuencia de la pérdida de fuentes de ingreso económico? Se entiende que una estrategia de reconstrucción seria no se limita a reponer la infraestructura perdida, debe tocar con prioridad aspectos intangibles, realidades desaparecidas como la que enfrenta la familia del muchacho cuya historia conocí. Las inundaciones acabaron con su chacra, acá no hay pared, techo ni camino que remediar, se terminaron las opciones de sobrevivencia, hay que irse.

La monstruosa Lima tiene once millones de habitantes, la tercera parte de la población de un territorio que supera el millón de kilómetros cuadrados de superficie. Consolémonos, tontamente. En España el ochenta por ciento de la población ocupa el veinte por ciento del espacio del país: las ciudades. Galicia, Extremadura, Cataluña, tal como ocurre en Portugal, ven despoblarse el campo de manera acelerada. Se sabe que Hernán Casciari, opulento editor argentino que se hizo rico con publicaciones culturales, estuvo a punto de comprar un pueblo entero en el campo gallego por seis millones de euros, un problema de salud se lo impidió.

El crecimiento caótico de Lima está produciendo que la capital ya no tenga límites. Hoy la ciudad se extiende por el norte hasta Paramonga, lo que ha exigido que la Panamericana tenga semáforos y rompemuelles de protección para las poblaciones urbanas afincadas a ambos lados de la vía. Por el sur la situación no es muy distinta, aunque quizás la diferencia la hayan impuesto los territorios privatizados de las playas de Asia. La invasión sigue siendo el mecanismo más frecuente para obtener la propiedad de un terreno, y ahora se sabe sin culpas sociales que esta manera de agenciarse un lugar para vivir no es sino el boyante negocio de mafias entramadas con otras mafias y así, hasta diseñar al Perú entero.

La migración del campo a las urbes peruanas se explica de múltiples formas, simultáneas. Existe el impulso por dejar lo rural en busca de mejores oportunidades laborales (incluidas las fantasías de la falsa modernidad), y si a ello se suma un impacto como el causado por El Niño Costero –o en su momento por el conflicto desatado por el terrorismo–, la suerte está echada, solo queda la partida. ¿Hay en el plan de Pablo de la Flor alguna estrategia para detener este fenómeno, allá en la chacra? ¿Qué se ofrecerá al migrante una vez que, abandonada la chacra, se afinque en Piura, en Chiclayo, en Trujillo o en Lima? Desde que el neoliberalismo se instaló entre nosotros para quedarse, la palabra “planificación” se convirtió en un sacrilegio. ¿No será momento de sacarla del baúl del estatismo y ponerla al día para encarar con realismo y sostenibilidad el fenómeno del desplazamiento poblacional a la ciudad? Una ciudad que nos traga y se chupa nuestros huesitos.

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