Edición 2497: Jueves, 20 de Julio de 2017

Los Tejedores Del Mal

Escribe: Rafo León | “¿Tan difícil es no sintonizar cuando Montesinos narra los supuestos trajines sexuales de Nadine?”.

Lima, 16 de julio de 2017

No es moco de pavo que a un expresidente y a su esposa los encarcelen mientras se prepara el juicio que determinará su situación. Y no lo es teniendo en tracalada a un Morales Bermúdez sentenciado en Roma a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad, a un Fujimori simulando su agonía en un departamento un tanto lujoso en una dependencia militar, a un Alejandro Toledo bebiendo de su propia soberbia mientras que en el Perú no se ha armado el expediente de extradición que todo el mundo cree que sí. Y a Alan García, y a la Fujimori, los potajes más deseados y, por ello mismo, los más difíciles de conseguir.

No es broma, y la seriedad del tema llama a pensar, pues si no lo hacemos nos quedaremos con la anécdota de un país que solo produce delincuentes para ocupar los cargos de autoridades locales, regionales y nacionales. La secuencia del delito en el poder podría llevarnos a una generalización tanática –“todos son iguales”– y a su invariable conclusión: “La democracia es una mariconada, necesitamos mano férrea, no importa que con una trabaje y con la otra robe. Soy Chino”.

Uno pensaría que la circunstancia de una pareja que en tiempos recientes gobernaba y que de pronto cayó presa, debiera permitir que las mentes más lúcidas y ponderadas aparecieran en los medios para impulsar y ayudar a reflexionar sobre el porqué de nuestras propias elecciones. Académicos, buenos periodistas, buenos políticos en retiro, hasta curas podría aguantar, a condición de que no fueran Cipriani. Jóvenes limpios, informados e inteligentes; artistas intachables.

Pero no. Dos personajes que no figuran en la enumeración anterior son los que han marcado el paso durante los días dramáticos del proceso y detención de Humala/Heredia. Vladimiro Montesinos e Isaac Humala. El primero a través de una conversación chuponeada que el periodista Beto Ortiz emitió en dos partes en un programa de señal abierta. Por su parte, Isaac Humala, padre del expresidente, muy afecto a declarar públicamente, pidió tribuna al mismo tiempo que se la pedían a él, un envenenado abogado ayacuchano que no tiene pierde.

Montesinos, en un estilo cínico, hasta en sus silencios hace gala de saberlo todo y en la ruta destroza la dignidad de Nadine Heredia con calificativos burdeleros emitidos en un tono que eriza los pelos. El tono de un asesino omnipotente y paramilitar. La entonación de alguien que está desesperado por hacer notar que, esté donde esté, él seguirá tirando de las riendas del poder mediante el chantaje, la extorsión y, sobre todo, la demolición de identidades.

Discutía hace unos días con alguien acerca de quién representa mejor (o peor) al peruano promedio, si Edgar Alarcón o Isaac Humala. El perdedor quedó chocando palo. Isaac Humala, fascista, homofóbico, cruel y vulgar, estuvo una semana completa en la televisión despachándose contra el periodismo “imbécil” e instando a su hijo Ollanta a darse un balazo en la sien, mientras que el aludido posaba ante las cámaras del INPE con una expresión de patético desconcierto.

Montesinos y Humala padre son los hacedores de los peores sentimientos en un momento como este. Uno alimenta la fantasía de que nadie se salva de tener un precio que fija él mismo, más allá de la ley y la moral. El otro llamando a la muerte, a la muerte del hijo, como castigo por no haber sido lo suficientemente cruel.

Los dos personajes existen y tienen el derecho a ser lo mierdosos que deseen ser. El problema no son ellos, somos nosotros. El vehículo –el periodista, los noticieros– es el recogedor de basura que acierta cuando nos la echan encima y así gana plata. No tiene importancia. El problema somos nosotros. ¿Tan difícil es no sintonizar cuando Montesinos narra los supuestos trajines sexuales por los que pasaba Nadine Heredia, en mucho azuzados por él mismo? ¿Cuesta tanto poner en su sitio a ese fanfarrón cobarde, y pasar a Netflix, o a un libro o a una caminata de media hora, confundido en el gris limeño del medio año?

En cuanto a Isaac Humala –el prototipo del macho trajinado que no admite dudas ni murmuraciones y reparte entre sus hijos desprecio y admiración, con las respectivas condenas a la muerte o a la gloria–, ¿tan importante resulta, que se le sigue de un canal a otro a la caza de una nueva demostración de lo que debería ser el ejercicio del poder en el Perú?

En realidad ambos, Humala y Montesinos, son síntomas. La enfermedad, letal, la llevamos nosotros, los tejedores de rating. 

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