Edición 2482: Jueves, 6 de Abril de 2017

Maqueta Del Perú Rural (1)

Escribe: Rafo León | “Hoy el proyecto Llachón ofrece ciento cincuenta casas hospedaje y exporta quinua”.

Lima, 1 de abril de 2017

Novecientos y  algo participantes parecían componer una maqueta del campo peruano. Las monteras de Capachica dialogaban con los chuccos de Amantaní, los sombreros planos de Ollantaytambo, los bombines aymara, las piernas de los hombres descansaban con sus pantalones de bayeta, aparecían los Ese’ejas de Tambopata con su ropa como la mía, o surgían en grupo las pequeñitas señoras de Laraos, en el norte serrano de Lima, vestidas de oscuro o los llamatrekkeros de Olleros, en Áncash, tan chaposos. Esta vez los delegados de Lambayeque, varios de Cajamarca y otros tantos de Amazonas no llegaron. No hubo plenaria o petición de la palabra que no fuera precedida de “un saludo solidario a los compañeros del norte”. Interesante, era la sexta vez en diez años que yo estaba presente en el Encuentro Nacional de Turismo Rural Comunitario y la primera en la que se manifestó un puente de unión entre el norte costero y el sur cordillerano del Perú. Antes, recordaba, un extremo y el otro eran percibidos como dos países sin contacto.

Quinientos mil turistas de los tres millones que recibe el Perú al año, en el 2016, han pasado al menos unas horas en alguno de los emprendimientos iniciados por campesinos para recibir visitantes. Ello ha dejado ingresos por diecisiete millones de soles, entre setenta proyectos diseminados por todo el país. El 58% de los gestores son mujeres y los emprendimientos más exitosos son aquellos que por cuenta propia o en alianza con empresarios privados, además de la experiencia vivencial, ofrecen al turista alguna actividad que puede ser un trekking, una navegación, un kayak, escalada de roca, observación de aves, cabalgatas, fuera de compartir tareas cotidianas como la faena agrícola, el tejido o la cocina. Cada vez más el viajero que viene a una comunidad busca lo menos folclorizado, la lejanía del pastiche, de lo ‘típico’ y quiere vivencias reales. No por gusto ha dejado su ciudad –Amsterdam, Lyon, Firenze, Londres, California, Sao Paulo, Auckland– porque estaba estragado de miedo y de vacío ante la posibilidad de perderlo todo por el terrorismo, la crisis económica, por los migrantes, por la competencia en el trabajo, por una ansiedad difusa que demanda la certeza de que en una parte del planeta hay gente que se guía por pautas y valores distintos a los que dominan en Seattle: sencillez, ruralidad, contacto directo con la naturaleza, confianza, amabilidad porque sí, vigilancia orgánica de los cultivos y, en la alimentación, nada de productos envasados. No importa que la ducha por paneles solares falle. Nadie se ha muerto por no bañarse tres días. Aunque es importantísimo reconocer que el emprendimiento de Paramis, veintiocho familias en la espléndida península de Capacicha, en el Puno quechua, han descubierto que poner una lamparita en el velador puede significar recibir más ‘turismos’ que la casa vecina. Los gringos leen en la noche.

El programa Turismo Rural Comunitario (TRC) comenzó durante el segundo gobierno aprista porque la entonces ministra de Comercio Exterior y Turismo, Mercedes Aráoz, le descubrió la punta económica y cultural. Codo a codo con una mujer excepcional que lamentablemente murió hace cosa de cuatro años, Cecilia Raffo, hicieron un mapeo de emprendimientos que en el país siguieron la pauta del iniciado en Taquile cuarenta años atrás. Así, llegaron a inventariar unas veinte iniciativas que, luego de una evaluación, pasaban a formar parte del programa creado dentro del Vice Ministerio de Turismo. La primera reunión nacional se realizó en el Valle Sagrado y en ella se trataba de explorar la identidad del programa, de conocer la demanda para diseñar la oferta, de limar la desconfianza frecuente en las comunidades andinas frente al Estado. También de fortalecer el esquema comunitario, tanto en el perfil de los proyectos como en la distribución de los ingresos.

El programa fue evolucionando. Se dejó lo comunitario para la atmósfera de la experiencia porque pasó a adoptarse la forma empresarial. Había que formalizarse y, además, quebrar la distribución equitativa de las utilidades. Que cada casa ofrezca lo mejor y cobre lo correspondiente. Eso sí, quedó claro, y para siempre, que ninguna comunidad debía dejar la agricultura, la ganadería o la artesanía para dedicarse solo al turismo. Eso garantizaría el fracaso del modelo. Hoy el proyecto de Llachón ofrece ciento cincuenta casas hospedaje y al mismo tiempo exporta quinua. La semana próxima seguiremos con Namibia, Tailandia, Los maoríes de Nueva Zelanda y China. Ah, y las herramientas que ofrece Google para la gestión, la capacitación y la promoción de este tipo de turismo. ¿Y la politiquería limeña? Se quedó en Lima, bien vivencial.  

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