Edición 2480: Jueves, 23 de Marzo de 2017

La Cato

“Ese no academicismo, no rigidez intelectual y sí a la autonomía y el riesgo son mis cien años de la Cato”.

Lima, 15 de marzo de 2017

Más que los cursos nos formaba la atmósfera que vibraba en los diálogos, en las discusiones sobre el gobierno del momento, en las carcajadas que nos dábamos luego de sarcasmos y puyazos inteligentes. En las lecturas fuera de currículo de Theilher de Chardin, de Mounier y con inmenso placer, de Camus. A los dieciséis años yo ya había aprendido gracias a Simone de Beauvoir, que el éxito es siempre sospechoso de algo y ahí fue que me quité para siempre la idea de alcanzar la gloria en vida. Ese Patio de Letras de la Plaza Francia, anexo al vetusto Asilo de Mujeres Vergonzantes me hizo ver que existía algo distinto de los once años de asco en los que tuve que cumplir, el desayuno en reflujo, con un infecto colegio de curas maristas en Miraflores.

Las muchachas debían ir con falda a la rodilla y mejor si ocultaban sus pantorrillas con medias Mary Poppins. Los patas íbamos de terno, al menos las primeras semanas hasta que empezaban a desaparecer la corbata y el saco. Pero jamás nadie se ponía blue jean. Fue años más tarde, en 1969, que una hermosa cachimba se presentó un día con su Levi’s pata de elefante, a la cadera, y se rompió el tabú. Nadie le llamó la atención, habíamos vivido en un encanto como el de El ángel exterminador, que yo vi por lo menos seis veces en el local del cine club que funcionaba en un cochambroso cuarto de la Facultad de Periodismo y que lo manejaban Juan Bullita, Aldo Gatti, Margarita Guerra. Ahí aprendí que juzgar de “americanada” una mala película americana era transgredir el rigor cineclubista, empeñado en mantener la objetividad y el criterio sin calificativos.

Los cursos del primer año de Letras no estaban articulados en una idea o visión de las cosas. Entre Historia del Perú que declamaba José Antonio del Busto y Lengua, en manos interinas de Enrique Carrión pues Luis Jaime Cisneros hacía una pasantía en Europa, se abría un abismo en cuanto a método y hermenéutica. Con Carrión aprendía las fricativas cóncavas que luego desaprendía con las desopilantes anécdotas que contaba del Busto sobre todo cuando tocaba los viajes de Pizarro.

Teníamos una malla curricular perfecta que como todo lo perfecto en los hechos era exactamente su contrario. Sin embargo sus vacíos me permitían ir abnegadamente todos los martes por la noche al piso ocho del Ministerio de Trabajo para ver las películas del Free Cinema, a Cacoyanis, a Visconti. No importaba, cambiar una clase, un curso entero, por el buen cine era parte de la formación aunque así no figurara en los papeles. Lo que valía era la libertad, más aún en una universidad fundada cincuenta años atrás por curas y laicos conservadores y sin embargo nadie protestaba porque a la estatua del padre Dintillac emplazada en un jardín de la Plaza Francia, alguien todas las mañanas le pegara un cigarrillo entre los dedos.

En segundo de Letras me topé con algo grande: el curso de Teología dictado por Gustavo Gutiérrez sobre la base de Nazarin, de Buñuel. Los rivagüerinos seguramente enrojecían ante el espejo al imaginar a Gutiérrez relativizando los sacramentos en el contraste con la pobreza del mundo. Nunca, sin embargo, hubo censura alguna, y eso es lo que más recuerdo y valoro de mi paso por la PUC. La libertad, la tolerancia como condición para el despliegue de la libertad. Tanto que años más tarde, luego de un sonado claustro pleno en el que a la sombra de París Mayo 68 se cuestionó todo en ese patio y en esas aulas, entraron los cursos de Materialismo Histórico y Materialismo Dialéctico a instaurar un espinazo que comenzó a dar sentido al resto de ideas, de materias, de intereses y utopías. En las antípodas del canon del alma mater original, la izquierda –interpretación de la realidad, inserción en la vida, la locomotora de los cambios en una generación entera– se instaló en Letras más como una fiesta del intelecto que como la antesala de la toma del poder.

La Católica cumple cien años de creada y me parece increíble que hoy se la conozca como la Cato. En todo caso, expongo una reverencia por la institución que esta nunca me exigió. Insisto, se fundó en un salón virreinal, pontificio y quizás retrógrada pero con las manos abiertas a las ideas que con propulsión a chorro (así se decía) habían entrado al ambiente joven. Ese no curso, no academicismo, no rigidez intelectual y sí a la autonomía y el riesgo son mis cien años de la Cato. (Rafo León)

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