Edición 2478: Jueves, 9 de Marzo de 2017

Pero la Medida es Correcta

Escribe: Rafo León |“En toda ciudad grande del mundo las personas caminan o cletean para ir a sus trabajos”.

Lima, 26 de febrero de 2017

Uno de mis antiguos amigos de Miraflores es Gastón, nombre cambiado, mozo de del emblemático Haití desde hace varias décadas. Me hace un comentario sensato, carente por completo de jeremiada victimizadora: “Mire, nuestro cliente sobre todo el de la mañana, viene por un rato nomás y consume poco. Con la cancelación de los parqueos que siempre tuvo acá en la puerta, ahora tendría que irse hasta los sótanos nuevos y pagar siete soles veinte la hora, además de 0.12 por minuto adicional. El café acá le cuesta menos que eso; está dejando de venir”.

La eliminación de los parqueos públicos a los que siempre hemos estado acostumbrados es quizás una de las medidas municipales más necesarias como de difícil digestión para ciertos vecinos de Miraflores y San Isidro. En ambos distritos prácticamente todas las calles y avenidas lucen hoy señales de bloqueo para estacionamiento, desde las clásicas líneas amarillas hasta unos frondosos corredores como el de Diagonal, hechos con dos hileras de macetones, una de plantas chicas y la otra de palmeras. Al centro de estas, una ciclovía y bancas para sentarse. El aspecto de este recurso no es el mejor, se nota improvisado y hace temer que en algún momento, a falta de presupuesto o de ganas, se deje de mantener las plantas y todo eso se convierta en un cementerio de promesas mustias. Y sin embargo, la medida es correcta.

En toda ciudad grande del mundo que se pretende civilizada hace mucho tiempo que se ha eliminado esa apropiación del espacio público que significaba el que cualquier automovilista  parqueara donde se le viniera en gana, por un sol la hora para el Municipio y otro sol para el informal, “bien cuidadito caballero”. De esta manera se propiciaba que los que tienen automóvil, que son los menos, gozaran de un inmenso privilegio en la ciudad en detrimento del ciudadano de a pie, que tenía que sufrir una emisión fuera de cuentas de CO2, ruido ensordecedor y, sobre todo, la limitación de su zona de desplazamiento. En toda ciudad grande del mundo las personas caminan o cletean para ir a sus trabajos, de compras o a tomar su café. Lo motorizados lo hacen desde los parqueaderos formalmente establecidos hasta sus destinos, y pagan por dejar sus autos sumas que no son para pobres. Tener un auto indica mayor riqueza y, por tanto, mayor compromiso con la ciudad.

Pero hemos estado tan acostumbrados a considerar que los bordes de las veredas son de los automovilistas que ahora la gente, sobre todo en redes sociales, protesta airadamente por lo que sienten un derecho vulnerado. Toca, sin duda, a las dos municipalidades emprender una campaña de explicación y convencimiento a los vecinos de una medida que no es precisamente popular entre quienes tienen más plata.

El problema, sin embargo, tiene un rostro menos transparente constituido por la selección de Los Portales como concesionaria de los nuevos parqueos y las tarifas que esta ha fijado. Si uno pasea por Lima con el ojo abierto verá que la omnipresencia de Los Portales en el negocio de los estacionamientos tiene un cariz similar al del monopolio. Y si se anima a probar alguna de las playas de la empresa, se dará cuenta de que recibe un pésimo servicio por una tarifa bastante alta. Acá hay otra falta de los dos municipios: el sinceramiento del proceso de concesión tanto como el develamiento de la estructura de la tarifa. No hacerlo, en estos momentos de alta crispación frente a la corrupción, es el mejor camino para embarrarse de ella.

Y a pesar de todo subsiste incólume el principio que da la razón a las medidas tomadas en los espacios de Miraflores y San Isidro. Según información del primer municipio, los 573 espacios para estacionar en los cuatro subterráneos de la nueva flamante obra implican una reducción considerable del consumo de combustible. Y otra, en la emisión de CO2: 969 kg menos por día. Ya hay vecinos evangelizados que dicen sentir cómo el aire de Diagonal se ha purificado desde que hay menos tráfico.

No tendría por qué ser una muestra de Síndrome de Estocolmo. El impacto de la medida se nota de inmediato. Se propone colateralmente que las personas caminen más o que usen las ciclovías para cumplir con sus rutinas en dos ruedas. Pero otro pequeño problema se trae abajo tan buena intención. Como no hay un ordenamiento del tránsito que acompañe al cambio de los parqueos, el ciclista está a merced de las combis asesinas cuyos choferes no saben mucho sobre cómo se vive en una ciudad grande del mundo que se pretende civilizada.

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