Edición 2474: Jueves, 9 de Febrero de 2017

Frontera es Muro

Gracias a Trump hoy se ha vuelto canónica para la mitad de la humanidad la noción de muro como una categoría social más que como una construcción física. Es la barrera que excluye, que anula al otro, que corta todo vínculo y que propicia el encierro defensivo tal como ocurría con las murallas de los castillos medievales que tenían como único nexo con el exterior el puente levadizo. Muro, frontera, son nociones que han adquirido un significado que eleva a la demografía a un nivel existencial, que pone en primer plano los enormes sufrimientos de quienes tienen que huir de su tierra tanto como de quien debería recibir al refugiado.

Hay, sin embargo, otra definición de límite mucho más cotidiana y prosaica: la que alude a los pasos fronterizos entre dos países. Se trata de una línea de división creada por la arbitrariedad de la historia, de guerras, intereses comerciales, tratados, acuerdos. Es la frontera que a diario pasan de Arica a Tacna más de cuatro mil ciudadanos chilenos, para en nuestro territorio comer rico, atenderse con el dentista y el oculista y comprar ciertas cosas, como polos de algodón. Es la barrera que la Interoceánica Sur nos develó en el punto de confluencia entre Iñapari y Asís, Perú y Brasil, respectivamente. Santa Rosa es una isla del Amazonas donde un patético puesto fronterizo iza nuestra bandera, mientras que Tabatinga y Leticia son dos ciudades importantes, de Brasil y de Colombia. Y con Ecuador tenemos varios puestos, bastante transitados, siendo los más conocidos el costero de Huaquillas/Aguas Verdes, y el serrano de La Tina/Macará.

Hablemos en prosa. Supongamos que usted ha juntado su plata para hacer en familia un viaje soñado, en su propio vehículo, a algún país que colinda con el Perú. Como no hay ninguna –ninguna, pero ninguna– fuente de información acerca de los requisitos para pasar de un lado a otro, usted decide que todos lleven por si acaso su DNI y su pasaporte. Perfecto. Arranca el viaje y también la felicidad de transitar por tierra con el pasmo de un perro al que sacan a pasear en auto y deja la cabeza afuera de la ventanilla para sentir la libertad.

Supongamos que el viaje es al Ecuador, un país pequeño, con excelentes carreteras y lugares atractivos, interesantes, diversos por conocer. Muy bien, llega a la frontera y sin más lo mandan primero a un lugar llamado Chacras, diez kilómetros más adelante, para que haga el trámite de paso del vehículo, para luego realizar el de migraciones. Se acerca a una ventanilla, muestra tarjeta de propiedad (que está a nombre de su esposa), su licencia y su SOAT. Ahí cae la mosca a la leche. No puede entrar, pues la tarjeta de propiedad debe estar a nombre del chofer. Y de pronto usted recuerda que algo similar le había ocurrido años atrás en Copacabana, Bolivia, cuando intentó pasar ya advertido del requisito, y se había preocupado de llevar una carta poder legitimada en notaría pública, en la que se indicaba que cualquiera de los que iban en el vehículo podía ser considerado hábil para cruzar.

Nada. El notario tendría que haber puesto un nombre –uno solo– con DNI correspondiente en lugar de ese documento abierto: “vaya señor a Puno y que un notario le haga otra carta”.

Acabo de pasar por ese trance en Huaquillas/Aguas Verdes. Íbamos en el vehículo de la marca que auspicia nuestro programa de televisión precisamente a mostrar qué ocurre en nuestras fronteras, cómo son los encuentros y las diferencias en la gente de a pie de los dos países. Teníamos el mejor de los ánimos porque yo le tengo al Ecuador un aprecio muy grande, debido sobre todo a la cordialidad de su gente. Pero cuando nos dimos con que no podíamos pasar el vehículo porque la carta notarial, etc., etc., buena parte del mundo se nos cayó a los pies. Hicimos consciencia de que no hay manera de que una frontera sea un lugar amable y acogedor de bienvenida y amistad. La frontera per se pareciera ser castrense y burocrática.

Me tocó ver hace un tiempo en el punto de Iñapari a un convoy de seis autos de lujo de brasileños ricos que querían conocer Machu Picchu aprovechando la facilidad que la Interoceánica les ofrecía. Pero los vehículos estaban en régimen de leasing, a nombre de un banco. Las seis familias tuvieron que regresarse hasta Sao Paulo mascando fierro y jurando seguramente que jamás volverían a esta republiqueta gastronómica. Pero ni modo: frontera es muro. (Rafo León)