Edición 2473: Jueves, 2 de Febrero de 2017

Cómo se Muere en La Victoria

Escribe: Rafo León | “Una respuesta silvestre a la alta tasa de mortalidad infantil de Piura, la mayor del Perú”.

Lima, 27 de enero de 2017

El distrito es antiguo, se llama La Arena. Porque cuando se fundó en 1920 en el territorio no había otra cosa que eso, arena, arena reseca, como hasta hoy, solo que primero se levantaron viviendas de barro y pajarobobo, las que ahora han sido casi todas reemplazadas por construcciones de un cemento que se siente venido del mismo infierno. En estos momentos en La Arena, distrito del Bajo Piura, la temperatura no debe haber bajado de 35º desde que salió el sol. Se llama La Victoria una suerte de caserío que ni en los papeles figura como Centro Poblado, ni rural ni urbano. Sin embargo, existe y es parte de La Arena.

La Arena es el punto central de la celebración de Los Angelitos, el 1 de noviembre. He escrito muchas veces sobre este encuentro de madres que han perdido a sus hijos, con madres que los tienen vivos a edades similares. Y cuando se produce el contacto, la mujer dolida consuela su alma por unos minutos al darle al niño vivo un poco de miel en los labios y unos dulces llamados “angelitos”. Se trata de una tradición que surge como respuesta silvestre a la alta tasa de mortalidad infantil que aún muestra Piura, la mayor de todo el Perú, al igual que la tasa de natalidad. El ritual de la miel pareciera recoger una creencia precolombina según la cual cuando fallece un niño, se convierte en colibrí para así poder seguir lactando, solo que de las flores.

Todo lleva a pensar que este año la señora Éricka Lalupú vestida de satén negro, vaya a estar en la plaza de La Arena el 1 de noviembre buscando a tres angelitos. Uno de dos años, otro de seis y otro de ocho. Por la niña de doce, se supone, alguna madre también saldrá a buscar el reemplazo. Es que la noche del pasado 22 de enero, la señora Éricka y su esposo William Raymundo Sernaqué salieron a una reunión social, al menos así llaman a las fiestas los periodistas. Dejaron a sus tres niños al cuidado de una jovencita, una vecina, de doce años. No sería la primera vez, en La Victoria todo el mundo se conoce porque el caserío es chiquito, y es seguro. En cambio en La Arena ya por las noches corre bala entre las bandas, la droga.

A las dos de la mañana un cortocircuito inició el fuego en la vivienda de Sernaqué Lulupú. La mala hora, nadie se dio cuenta cuando aún hubiera sido posible rescatar al menos a uno de los niños. Los tres pequeños murieron asfixiados y carbonizados, la jovencita de doce años, también. Al amanecer llegaron los bomberos de Catacaos y claro: no había nada que hacer y tampoco había agua. En el distrito solo se dispone de agua una hora en la mañana y a veces, otra por la tarde. La gente la junta en baldes, en bateas, en tinas plásticas.

Los velorios en el Bajo Piura son prolongados. Se inician con los ataúdes colocados en el ambiente más grande de la casa. Por el calor el entierro se lleva a cabo al día siguiente. Sin embargo la capilla ardiente con sus telones y sus candelabros eléctricos y sus arreglos florales que huelen a muerto se mantiene tal cual por una semana. Una tela negra con impresos en color ceniza, colocada sobre la puerta de la vivienda es la señal de que allí es. En dos hogares de La Victoria se debe haber dado esta ceremonia de adiós, en medio de un calor torturador y de llantos quedos y desesperados. Hasta que en noviembre se abra la oportunidad de la solidaridad, del consuelo gratuito cuando Los Angelitos.

¿Mientras tanto? Vecinos que culparán a William y a Éricka eternamente, como si no fuera corriente eso de dejar a los churres al cuidado de una vecinita. Tampoco habrá agua más de dos horas al día para lavarse la cara, las axilas, los pies y mediante el decoro hacer menos visible el dolor. Tres hermanitos y una amiga, los cuatro se asfixiaron y sus cuerpos quedaron como el carbón del algarrobo. Así es, pues, el Perú es grande, lleno de distancias, de obstáculos, de quebradas, de ríos sin puente. Por eso salvo unos cuartitos de página en algunos diarios, nadie supo de las muertes de La Victoria.