Edición 2471: Jueves, 19 de Enero de 2017

La Icónica Basura

Lima, 14 de enero de 2017

Entre Ancón y Paramonga se puede decir que ya no hay espacios rurales cerca de la Panamericana Norte: un continuo de viviendas precarias, pequeños negocios, escuelas, estaciones de servicio, define un perfil periurbano tan denso que las autoridades se han visto obligadas a colocar rompe muelles y semáforos en la autopista, un auténtico contrasentido que solo se explica por la seguridad que exigen los pobladores de estas barriadas que en mucho se nutren del tránsito por la vía.

Un respiro verde se siente entre Paramonga y Casma, hasta que el desborde en una versión apocalíptica se reanuda en Chimbote, cuando a esos pueblos que no figuran en el mapa se añaden los inmensos basurales que se levantan a ambos lados de la carretera y que serán continuos hasta la frontera con el Ecuador, por Huaquillas/Aguas Verdes. Cerros de basura en zonas de cultivo y luego en lo que fueran los valiosos bosques secos del norte. Como izadas en ramas de algarrobo quemadas flamean las bolsas plásticas azules, negras, transparentes, marcando hitos de acumulación de desechos. Los gallinazos sobrevuelan y se lanzan sobre lo orgánico podrido que recién fue botado ayer, y hacia los dos horizontes podemos ver lo que el viento clasifica. En grupo, los pañales y toallas higiénicas usados. Las botellas plásticas por miles se apoyan en alguna duna mientras que los envases más pesados, de líquido de frenos, de aceite, quedan donde pueden. Los papeles higiénicos descartados, los restos de comida, los desperdicios de los mataderos de pollos son presa favorita de gallinazos y roedores. Desde Chimbote hasta Piura.

En el año 2002 tuve la oportunidad de conversar con Yehude Simon, entonces presidente regional de Lambayeque. El tema era el desarrollo turístico de la región. Yo bruscamente le presenté lo que a mi criterio era y sigue siendo el principal límite para que el turismo crezca en el norte: la acumulación de basura, tan visible para quienes recorren por tierra los predios mochica y chimú. Simon me respondió que en ese entonces no se recogía ni el cinco por ciento de la basura que producía Lambayeque y que una mafia de  recolectores y “recicladores” impedía cualquier acción en beneficio de la salubridad pública.

Hoy, quince años más tarde, la situación sigue siendo la misma con el agravante de una mayor acumulación de desechos. Diversos informes periodísticos dan cuenta de que las zonas con más cordilleras de basura en Lambayeque son el puente Reque y Úcupe, y enseguida el distrito de Leonardo Ortiz y el caótico y contaminado mercado de Moshoqueque. La basura en estos botaderos es quemada por los vecinos pero se ha establecido que en Reque ya son seiscientas mil las personas afectadas por los humos tóxicos, muchas de ellas niños pequeños. El mismo informe calcula que el botadero es el comedero de cerca de dos millones de ratas. Por su parte la OEFA ha identificado veinte botaderos críticos en el Perú, y el de Reque figura entre los más peligrosos. La Cooperación Suiza, involucrada en programas de atención sanitaria en la región, hizo a finales de 2015 el anuncio de que en el año siguiente Reque contaría con un relleno sanitario. Y nada, lo que allí se aprecia es el nauseabundo espectáculo de los residuos, su olor repugnante, su simbología.

Porque en este mundo no hay casualidades. Sostiene el abogado José Ugaz que un elemento que distingue la corrupción peruana de la de los otros países de la región radica en que entre nosotros hay la gran corrupción (léase, hoy Odebrecht), pero que el fenómeno se va reproduciendo de manera que reduce sus montos, hasta caer en el policía de la esquina. Lo que ocurre con la basura en la costa norte peruana es un fenómeno complejo en el que juegan la corrupción de las autoridades, la inercia de las poblaciones y el síntoma, el símbolo. Pues difícilmente un país cuyos últimos gobiernos han sido en esencia corruptos de lo grande a lo mínimo, no podría mostrar un rostro limpio, sin pañales cagados ni mimosas malolientes, sin gallinazos ni ratas. (Rafo León)