Edición 2467: Jueves, 15 de Diciembre de 2016

Arañitas Contra la Pobreza

“Ese aeropuerto parte en dos a las familias, acaba con tierras de una fertilidad única...”

Desde que el proyecto de Nilda comenzó, hace cosa de quince años, son seiscientas las mujeres que se han retirado de los programas sociales del Estado: “ya no están acorralando a los alcaldes para recibir en vaso de leche o el comedor popular”. Nilda ríe con una risa que connota triunfo más que sorna porque refiere una forma de lucha contra la pobreza que no se presenta con esa denominación un tanto despectiva y bastante burocrática. Lo que lidera Nilda Callañaupa es la concreción de una visión, asegurar una generación de tejedores, que trabajen con la calidad que siempre tuvo la textilería tradicional de Cusco.

Nilda nació comunera de Chinchero y hoy, a sus 56 años, lo sigue siendo. Hizo la primaria en su pueblo y alternaba como todas las niñas el aula con el pastoreo de la tarde. Hoy recuerda esas largas estadías en medio del silencio de las pampas como el origen de todo y de cuando en cuando las reedita, escapándose de faenas que le demandan manejarse en tres lenguas (quechua, castellano, inglés), tratar con viajeros especialistas en tejidos, con eventuales importadores, con posibles nuevos socios, en persona o a través de teleconferencias, conduciendo talleres ya sea de teñido como de hilado o discutiendo nuevos diseños con las señoras de alguna de las bases que tiene el Centro de Tejidos Tradicionales de Cusco.

El caso de Nilda prueba muchas cosas, una de ellas es la función de la educación en la tarea de salir al mundo y sacar adelante un proyecto ambicioso, sano, integrador. La madre de Nilda no era de Chinchero, sino de origen arequipeño y aun cuando se hizo comunera, orientó a sus hijas hacia un horizonte distinto al que esperaba al resto de muchachas de la comunidad. Así, Nilda fue la única mujer que hizo secundaria en su tiempo, y luego la primera en obtener un título universitario. Estudió turismo, se graduó, viajó, vivió en diversas ciudades de los Estados Unidos, comenzó a diseñar una idea que se volvió una obsesión.

Con el auge del turismo, en los años setenta, las ferias de Chinchero se habían convertido en lugares muy visitados por viajeros que esperaban ver la sobrevivencia del trueque, escuchar transacciones en quechua y hacerse de alguna pieza de artesanía. La masificación que fue comportando ese turismo produjo que las tejedoras comenzaran a renunciar a todo aquello que daba valor al buen tejido, y comenzaron a trabajar con fibras y tintes sintéticos y a dejar de lado el lenguaje ancestral de sus pallais para acomodarse a los diseños que los gringos pedían.

Nilda era una jovencita cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando y fue entonces que se propuso recuperar  lo que se estaba perdiendo de manera acelerada. Comenzó a conversar con sus amigas, sus primas, la abuela, las señoras de la comunidad para animarlas a volver a tejer con la calidad que siempre había distinguido al pueblo de Chinchero. Pero claro, había que buscar una alternativa económica que terminara de convencer a las arañitas tejedoras de dejar el mercado fácil y retomar un patrimonio invalorable.

La historia es demasiado compleja y rica como para resumirla en una pobre página. Vale recalcar que hoy el CTTC trabaja con once comunidades de los valles del Urubamba y del Mapacho, absorbe como socias a las mujeres (y hombres en el caso de ciertas comunidades) y ha desarrollado diversos circuitos de comercialización. Uno de ellos es una espléndida tienda situada en la avenida Sol de Cusco, a la que se ha anexado un breve pero completo museo que da cuenta de todo el proceso del tejido tradicional que seiscientas mujeres urden y traman en diversos tipos de telar.

Nilda hoy tiene otras preocupaciones. El paso del tiempo, la sensación de que siempre puede hacer más pero que le faltan manos. Y el proyectado aeropuerto de Chinchero, situado a un palmo del poblado, del sitio arqueológico, del bien patrimonializado. “Ese aeropuerto parte en dos la pampa, por tanto, a las familias. Rompe la continuidad cultural de Chinchero, acaba con tierras de una fertilidad única y, sobre todo, trae el riesgo de volver a quitarle valor a lo que distingue a mi pueblo, con las masas enormes de turistas que vendrán”.