Edición 2466: Miércoles, 7 de Diciembre de 2016

Retazos de Una Buena Historia (2)

“Hay criterio, sentido común, confianza. Los valores que no figuran en el escudo peruano”.

¿Quién es y qué es lo que tiene Amílcar del Castillo, hoy a sus cuarenta años enteramente entregados a expandir con gran gusto personal su creatividad en favor de Maras, su pueblo por adopción? No hay una respuesta clara, pero sí buenas aproximaciones desde el negativo del retrato. Amílcar –nacido en la helada Canas– no piensa con la magia sino con la razón, jamás entraría en un fenómeno de histeria colectiva producido por el rumor acerca de la presencia de traficantes de órganos en su entorno, no se casa con ninguna idea política a priori, no prejuzga, no se aprovecha de los conflictos y divisiones que surgen en Maras a raíz de los cambios que él lidera, no quiere ser autoridad formalmente elegida. No separa el placer de vivir, simplemente ese placer, de un compromiso con Maras, sus aciertos y sus errores, sus riesgos y oportunidades.

Si los turistas quieren ir a las salinas de frente, sin pasar por el pueblo, pues Amílcar les ofrece hacer el tramo de media hora pero montados en burros y seguidos por una banda de músicos del pueblo. Kusturika es una zapatilla china al lado de lo que da esta experiencia. Y varios vecinos se ganan  su plata y la pasan tan bien como los turistas. Si algún visitante olvidó llevar protección para la cabeza –el sol en el valle sagrado ya es asesino– Amílcar le resolverá el problema llevándolo donde el nonagenario maestro Argandoña, especialista en encolar los sombreros de las señoras mareñas pero que también puede facilitar un fresco sombrero de paja toquilla. Y de paso entran en contacto personas de dos mundos, que habrán de interesarse una con la otra.

La sed del turista se calma con un buen vaso de chicha, limpio, confiable, servido por alguna vecina, y mientras el gringo lo bebe puede ir apreciando el arte de Yuri, joven pintor local, que tiene una casa maravillosa desde cuyo balcón se ve la gran pampa del santuario de Ttio, con su templo barroco que solo se abre una vez por año, y los nevados de la cordillera del Urubamba brillando al hondo. Muy bien, el turista llega a las salinas, recibe las explicaciones por parte de los extractores de sal, quienes no engañan ni edulcoran: hablan claro sobre los bajos precios que les pagan los acopiadores,  y los conflictos derivados de la falta de titulación de las pozas. National Geographic acaba de acuñar una frase feliz: “El mundo necesita más aventureros y menos turistas”. El aventurero arriesga su mente lanzándose a conocer la verdad y no solo la media verdad de los brochures turísticos.

Si los turistas aceptan pasar una noche en Maras, Amílcar abrirá su casa, del siglo XVII, preñada de objetos interesantes y hermosos que hablan de la historia del pueblo. Y por la noche –helada– en el patio empedrado se reunirá el grupo de teatro que él ha formado con jóvenes, para escenificar la historia del origen de la iglesia de San Francisco, en quechua y con traducción simultánea, para luego dar paso a un monólogo estremecedor sobre la pérdida de las raíces andinas, actuado por una muchacha que le sacó harto provecho al taller que Amílcar organizó con los capos de Yuyachkani.

Omar Vargas y Gladys Conde son amigos de Amílcar, y míos. Él es guitarrista clásico graduado en el Conservatorio Nacional, ella es cantante también de formación académica. En una de esas noches el turista podrá escuchar, a la luz de cientos de velas titilantes, a esta pareja que asombra por su calidad y que bien puede interpretar una composición de Gladys basada en íkaros amazónicos, como un impecable “Adiós Nonino”, de Astor Piazzolla.

Doña Carmen, la madre de Amílcar, cocina muy bien y alimenta a los turistas que, galgos de hambre, tendrían que aguantar hasta llegar a algún restaurante en caso no se detuvieran en la acogedora cocina de la señora. Donde una crema de choclo y un pan casero nos dan qué comer y qué pensar. Acá no hay magia alguna, hay criterio, sentido común, confianza. Los valores que no figuran en el escudo peruano. (Rafo León)

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