Edición 2465: Miércoles, 30 de Noviembre de 2016

Retazos de Una Buena Historia (I)

“Pasar de largo por un pueblo valiosísimo simplemente para satisfacer la urgencia de un selfie”.

Lima, 25 de noviembre de 2016

Quizás ya llegó el momento de soltar en público todo lo que el viaje ha producido en uno, ¡tantos años tratando de no mentirle a la gente ni de edulcorar lo vivido y a la vez, de satisfacer la necesidad de fantasía e ilusión, sin las cuales el viaje se convierte en una etnografía de bachiller! El joven filósofo Michel Onfray, autor de Teoría del Viaje, describe la relación evaporada entre quien viaja y el mundo: “El yo no se diluye en el mundo, lo colorea, le da sus formas. En principio, lo real no existe en uno mismo, sino que es percibido”.

El pueblo de Maras es hoy un must para decenas de miles de turistas que vienen al Cusco y hacen la famosa “combinada”: Cusco ciudad, Valle Sagrado y Machu Picchu. Una maratón que no se la deseo a nadie pero bueno, hay para todos –menos para los daltónicos– en el policromado universo del turismo. La gente va a Maras como parte de un circuito que incluye los andenes circulares de Moray, y ahora las opciones se han diversificado de manera que es posible hacer este recorrido a pie, a caballo o en bicicleta. Maras recibe muchísimos turistas por sus famosas salinas. Son aproximadamente tres mil pozas de un promedio de 5m cada una, dispuestas como andenerías, de las que desde tiempos incalculables se extrae sal. La propiedad de las pozas es comunal y el manejo del recurso también. Pero el visitante no indaga mucho sobre estos aburridos aspectos de la realidad sino que se deja llevar por el brillo en desniveles que pone el sol contra las superficies blanquecinas de las pozas. Foto, selfie, grabación y Maras ya fue. El problema está en que Maras es un pueblo, con gente que tiene necesidades y aspiraciones, y este turismo que va a las salinas no le deja nada.

Todavía subsiste la idea en muchísima gente de que el turismo es solo felicidad, la expresión “industria sin chimeneas” ha calado tanto o más que otra falsedad como la atribuida a Raimondi: “el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”. La chafalonía ideológico/empresarial en torno al viaje programado ha terminado creando un espacio de dicha autárquico en el que lo más molesto puede ser que el trago morado con luz de Bengala que te acercaron a la piscina del resort de Punta Cana no tuviera suficiente ron. Por lo demás, todo es dicha y evasión. Bajo ese enorme cliché los lugares que pagan los platos rotos son aquellos como el Perú, que contienen testimonios valiosos del pasado –arqueológicos, históricos– porciones de naturaleza que deben estar protegidas, expresiones culturales propias de comunidades que han continuado viviendo al ritmo de un tic tac distinto del reloj oficial occidental. Estos elementos, al ser transformados “de recurso en producto”, ponen en riesgo terminal la sostenibilidad de la historia, de la arqueología, de lo ecológico y las culturas vivas. Folclorizan, vuelven pastiche lo que tocan, emputecen, banalizan. Pero eso sí, dejan divisas.

El pueblo de Maras se funda en la Colonia temprana como alternativa de residencia para los nobles que habitaron Cusco y tuvieron que dejar sus palacios para que fueran ocupados por los españoles. Fue Pedro Ortiz de Orué el fundador de este espacio urbano que nació con solera. Dan fe de ellos los muchos dinteles de piedra tallados con escudos nobiliarios y religiosos que decoran las portadas de las casas. Durante la gestión de Leonor Cisneros como directora del entonces INC (gobierno de Toledo), se hizo un invalorable inventario de estos dinteles, que se siguen produciendo hasta el presente como hito identitario de los mareños.

Los dinteles tienen lo suyo, los templos de San Francisco, Tiobamba y Candelaria, ni qué decir. Las chicherías, los artistas propios del pueblo, los artesanos, componen una suerte de traje de lujo  para el miriñaque de las salinas. Y esto ha sido siempre así. Desperdicio, ignorancia, pasar de largo por un pueblo valiosísimo simplemente para satisfacer la urgencia de un selfie. Hasta que un día apareció Amílcar del Castillo, decidido a cambiarlo todo, para que todo cambie. Vamos a continuar con esta historia, que nos deja muchas inquietudes dando vueltas por la cabeza. (Rafo León)