Edición 2463: Miércoles, 16 de Noviembre de 2016

Mis Conocidos de Nebraska

Arica, 11 de noviembre de 2016

Ni el glamour neoyorquino, ni el cool culto a los sentidos de California, ni la elegante formalidad de Washington DC (donde según mi amiga Susy, “hasta las putas usan maletín”). Aquella vez estuve una semana en Nebraska, era otoño y los bosques inmensos ya empezaban a cubrirse de hojas secas. Los lugares donde se expresaba la mayor cantidad de vida eran los tenebrosos interiores de Wallmart, donde me compré de emergencia unos calzoncillos bóxer tan feos que nunca más los volví a usar.

Recorrí algunos poblados de Nebraska, el centro de los Estados Unidos, era el año 2012. Encontré villorrios de una sola calle en cuyos lados se distribuían cafeterías de intenso olor a trapo mojado –el queso fundido barato–, locales de las instituciones estatales, el correo, la casa comunal que ningún poblador visitaba, salvo cuando se daba allí dentro algún festejo regado de cerveza y pan con carne. Alguna estación de servicio y eso sí, infaltable, un college de estirpe inglesa con sus edificios cubiertos de hiedra y sus vacías bibliotecas diseñadas para sociedades lectoras. Ni un gato.

Mecánicos de autos, pequeños granjeros, vendedores de casa por casa. Ningún hombre tenía la dentadura completa. Tampoco las mujeres. Muchos de ellos, a las nueve de la mañana en la cafetería más popular del pueblo, ya bebían su segunda, su tercera cerveza. Los ojos les brillaban con astucia y hostilidad ante el foráneo –yo–, y en el mejor estilo del peruano habitante de los Andes que te quiere obligar a chupar con él a riesgo de quitarte su confianza, te extendía la lata de cerveza como probando tu sumisión al requisito de una relación de amistad. De negarte, se le iban reuniendo otro patas y familiares y empezaba un bullying intolerable. No te quedaba otra que salir por donde habías entrado.

Las mujeres parecían fumar mucho más que sus maridos, y exhibían ese estilo campechano y prosaico de la gringa maltratada y pobre a la que solo le quedan el cinismo y los hijos para poder continuar, porque los sentimientos religiosos que antes traían consuelo ya se habían ido para no volver. Y sin embargo, en la primera charla,  estas mujeres y sus hombres, desdentados, sucios, alcoholizados, víctimas de sí mismos y en estándares de pobreza de Tercer Mundo, salían en cerrada defensa de su América, su familia, su territorio, sus vidas llenas de concreción.

Los he recordado a muchos de ellos, el verdadero corazón de los Estados Unidos, desde el día en que se oficializó el triunfo de Donald Trump sobre Hillary Clinton. La candidata demócrata se me presentó entonces como la expresión de la corrección política, el cosmopolitismo y la educación de las ciudades de las dos costas, los valores que algún eufórico periodista nuestro metería dentro del costalillo de “la caviarada”. Los cuadrantes de la democracia, radicalmente distantes del ácido pragmatismo de mis conocidos de Nebraska.

Mis conocidos de Nebraska no tienen la menor idea de dónde queda el Perú. Para ellos Latinoamérica es ese territorio desértico habitado por mexicanos que solo desean migrar a “nuestra América” con sus vicios y sus taras, para quitarle trabajo a los auténticos americanos, para sangrarlos con sus demandas de salud y educación, para afear el paisaje con sus diminutas estaturas, sus pieles oscuras y sus decires en lenguas desconocidas. Mis contactos de Nebraska no han tramitado jamás un pasaporte, ni les interesa. Se realizan a sí mismos en el alarde de su condición de gente sin lugar en la mesa, más o menos como los participantes en los programas de Laura Bozzo.

Desde que se conoció el triunfo de Trump no he dejado de pensar en Laura Bozzo, en el Brexit, en los fujimoristas, en el pragmatismo sarcástico y vulgar de quien tiene poco que perder y se juega la nada en una opción política de la que espera consuelo ideológico y alguna clase de regalo a cambio de su voto. En uno de esos pueblos de Nebraska fui a una discoteca donde muchachos y chicas bailaban en dos hileras separadas, como si de una cuadrilla se tratara, cuando de pronto se interrumpió la diversión, se encendió la luz de sala y la discoteca cerró: habían intentado entrar dos jóvenes negros. Se acabó la diversión. (Rafo León)

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