Edición 2459: Jueves, 20 de Octubre de 2016

La Nueva Nada

Lima, 12 de octubre de 2016

Todo empezó cuando me di cuenta de que cada vez tenía más dificultades para prender el televisor nuevo en los distintos hoteles a los que llegaba por mi trabajo. Tomaba el control remoto y presionaba el botón de encendido pero el monitor no respondía. Debía entonces levantarme de la cama y usar el sistema manual tradicional, igual que cuatro décadas atrás. La tecnología estaba cambiando mi vida cotidiana pero algo andaba mal. Hoy que por un tema de salud debo estar en mi casa, intento retomar alguna de las maravillosas series que ofrece Netflix. Me amarga y me deprime, sin embargo, darme cuenta de que llevo ya más de veinte minutos esperando que Netflix cargue. Una ruedita giratoria se instala en el centro de la pantalla del televisor mientras va corriendo la cuenta del porcentaje de carga. Generalmente se atasca en 25% y no hay quien la haga avanzar. Luego te manda un pantallazo en el que te indica que hay problemas en la conexión. Ni modo, los relatos espléndidos de Wihitechapel o The Fall pierden continuidad y sentido, y la inmensa virtud de la literatura audiovisual termina transformada en una frustración más.

Tengo un Iphone de última generación, sobre calificado para un usuario como yo a quien solo le interesan el teléfono y el e mail. Sin embargo las recomendaciones de amigos me han llevado más de una vez a intentar bajar aplicaciones, de música, de orientación vial, de navegación. Imposible. Llego a un punto en el que se me pide insertar una identificación y ahí tiro la toalla. Si cumpliera con tener contraseñas para teléfono, computadora, cable, aplicaciones, antivirus, cuentas bancarias, compañía de seguros, debería llevar un directorio dedicado únicamente a esos códigos de legitimidad. Me aburro, me pierdo seguramente maravillas pero no me da la dignidad como para estar jugando a los numeritos frente a la pantalla de un teléfono.

El internet que tenemos en casa es muy sensible a la congestión del servicio y a la humedad miraflorina. Con demasiada frecuencia se interrumpe y comienza la condena de Sísifo, pues no hay manera de resolver el problema por ti mismo. Debes llamar a un número que si te llega a conectar con el anexo respectivo y en este te arreglan el impasse, ya puedes decir que vives en un país moderno. Pero es que por la mañana del mismo día tuviste que ir al cajero automático por un retiro de urgencia y este estaba fuera de servicio, gracias a lo cual debiste hacer tu cola en el banco, como en los años cincuenta, y encima pagar una tasa por sacar dinero por ventanilla.

No hay cosa más detestable que una impresora casera. Jamás responde como debería. O simplemente se niega a andar, o te manda decir que los cargadores de tinta no están lo suficientemente llenos. Son dos los cargadores, uno negro y el otro a color, que jamás se usa. Pero cada vez que ocurre el episodio –un cuarenta por ciento de las tentativas– debes cambiar ambos cartuchos, que cuestan un montón de dinero. Además, ya estoy advertido, esa impresora que no me sirve pronto se declarará inservible gracias a que está programada para caducar antes de tiempo. Una perversa regla de juego que vale para la mayoría de artefactos electrodomésticos pero a nadie parece importarle.

Seguramente ninguna de estas estúpidas situaciones ocurre en la NASA ni en la clínica Mayo de Rochester. Pero sí en millones de ámbitos reducidos y medio miserables como el mío, hogares, oficinas de tres escritorios, pequeñas empresas. La tecnología domina el funcionamiento del mundo, qué duda cabe, pero su promedio de falla para un usuario común y corriente es demasiado elevado como para mantenerte en ese mundo. Si hay un nuevo malestar en la cultura, ese ya no está dado por los desgarramientos existenciales a los que nos expusieron la modernidad y la secularización de la vida. La incomodidad actual, tenaz, permanente, sarcástica, se origina en una droga de muy baja calidad: la tecnología doméstica, esa que nos chupa el tiempo y las energías; que nos incomunica con las personas más cercanas y que al final de cuentas nos priva de mucho a cambio de nada. La nada. (Rafo León)
Loading...