Ojeda (Guayaquil, 1988) escribe sobre lo femenino, lo monstruoso, el miedo, la perversidad y el incesto.
Ojeda (Guayaquil, 1988) escribe sobre lo femenino, lo monstruoso, el miedo, la perversidad y el incesto.
Edición 2595: Jueves, 20 de Junio de 2019

Quejido y Quijada

Por: Gabriel Ruiz Ortega | Cuarta edición de Mandíbula (Candaya, 2018), de Mónica Ojeda.

Ojeda (Guayaquil, 1988) escribe sobre lo femenino, lo monstruoso, el miedo, la perversidad y el incesto.
Ojeda (Guayaquil, 1988) escribe sobre lo femenino, lo monstruoso, el miedo, la perversidad y el incesto.

A la fecha, la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda está considerada como una de las voces narrativas de mayor proyección en el imaginario literario hispanoamericano. Sus novelas, Nefando (2016) y Mandíbula (2018), publicadas por el sello español Candaya, han recibido contundentes saludos críticos y el cada vez más creciente favor de los lectores. En esta ocasión, Ojeda conversa en exclusiva con CARETAS sobre Mandíbula, novela de violencia emocional y furia psicológica que la viene rompiendo en la temporada editorial española. Y ya se encuentra en librerías locales.

–Hay un lazo en común entre Nefando y su última novela Mandíbula: el horror psicológico y emocional. Esto le permite perfilar personajes perturbados. ¿A qué cree que se deba este apego?
–Posiblemente a que encuentro misteriosas las razones por las que tememos aquello a lo que tememos. Allí en donde están nuestros mayores miedos está también nuestro amor y nuestra vulnerabilidad y nuestra capacidad de hacerle daño a otros. Es decir, todo aquello por lo que escribo.

–Tras la lectura de Mandíbula, tenemos una idea más clara de su influencia mayor, que no es la preferencia por un “tema”, sino la recurrencia a una fuente, digamos escondida, que vigoriza tu estilo: la poesía.
–Siento que aunque escribo novelas en realidad mi forma de entender la escritura es poética. La poesía es la razón por la que escribo, lo que me motiva a enfangarme o lanzarme hasta el fondo en busca de algo que quizás me lastime o emocione. Escribo porque espero una revelación en el lenguaje, una palabra imaginada que me produzca algo en el cuerpo, una especie de conjuro.

–Como si la escritura fuera un fin, no un medio.
–Si la escritura no mueve mi carne, entonces ha fracasado. Y esto va más allá de contar una simple historia: tiene que ver con la música, con los sentidos, con las imágenes, con una sintaxis sensual.

–Mandíbula, por momentos, da la impresión de ser una historia de venganza, pero no contra alguien o algo, sino sobre los miedos de la narradora protagonista. Aquí se expande la especulación, porque los miedos de la narradora pueden ser también los de los lectores.
–Es una historia sobre todo lo que habita en el miedo, y allí está la venganza, claro, pero también el amor y el deseo y la desidentificación y el hambre y las ganas de destruir y la belleza. La historia de Mandíbula es la que es, pero lo que evoca, de lo que en el fondo habla, es mucho más vasto. Yo diría incluso que es inabarcable y que apenas he podido rozar el tema.

–La novela confirma su buen momento y también ha permitido visibilizar el trabajo literario de otros colegas suyos de Ecuador. ¿Cómo asume haber sido elegida para la última edición de Bogotá 39, que reunió a los mejores autores hispanoamericanos menores de 40 años?
–Estoy muy contenta de poder haber sido parte de ello, más que nada porque he podido conocer la literatura de mis compañeros y los he conocido y son gente fascinante. Lo asumo como una oportunidad más para conectarme con lo que otros escriben. Para sentirme acompañada.

–El pasado mes de marzo, escribió Aquí hay luz, un artículo tremendamente valiente y que fue muy comentado, para El País Semanal de España. Ofreció un testimonio de maltrato.
–Creo que cuando se tiene una plataforma y una cierta visibilidad se debe utilizar para las causas que consideramos importantes y justas. Me siento comprometida con el feminismo decolonial y eso implica un ser parte de los movimientos y de las declaraciones que colaboran a que repensemos estructuras añejas.

–Y también firmó la polémica carta abierta en contra de la desigualdad de género en la última Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.
–Ya es hora de que nos deje de parecer normal que un jurado tenga mayoría de hombres: sabemos bien que el juicio literario está atravesado por subjetividades y que la visión literaria masculina no es la visión neutral. Hay que trabajar para que esto cambie. Las escritoras que conozco y admiro y que son mis amigas se entienden a sí mismas como escritoras y militantes feministas. Somos las dos cosas a la vez.