Edición 2568: Jueves, 6 de Diciembre de 2018

Bosque Florido

Además de un generoso mecenas  cultural, Alberto Benavides Ganoza (Lima, 1949) es un talentoso poeta, narrador y filósofo, conforme puede constatarse en la imprescindible antología de sus escritos tejida por César Panduro Astorga: Bosque de palabras (Lima, Amotape).

Tanto su prosa depurada y sustanciosa como sus poemas de versos armoniosos y sugerentes, enlazan la emoción estética con la sabiduría en busca de la plenitud vital en comunión con la madre naturaleza. Acertadamente, apunta Panduro en el prólogo, remitiendo al heterónimo Caeiro (guardador de rebaños en un santuario rural, como es la Samaca que cultiva Benavides en Ica) de Pessoa: “un poeta, que se metió a filósofo, para entender que no hay nada que entender, sino entregarse. Entregarse a la experiencia de la vida y, sobre todo, a la naturaleza, confundirse con los árboles, ser sus hermanos. (…) Aprender que todo es prestado, la casa en que vivimos, el aire que respiramos, el cuerpo que vestimos” (p. 7).

Un bosque de iluminaciones ricamente nutrido por grandiosas vertientes de la sabiduría unida a la belleza: el panteísmo y el animismo de nuestras raíces indígenas; Platón; el budismo, el taoísmo, la mística sufí y los místicos carmelitas; los poetas de la época Tang; el zen y el haiku; el estoicismo de Quevedo; los románticos alemanes y los simbolistas franceses; Whitman y Nietzsche; González Prada, Eguren, Valdelomar y Martín Adán…

En la contratapa Marco Martos subraya que Benavides es fundamentalmente un poeta “como lo fue Baudelaire, alguien que ora escribe sentidos versos, ora ajustadas páginas en prosa que tienen la virtud de la mejor lírica: decir más con menos palabras”. Nosotros recordemos que, según Baudelaire, “la naturaleza es un bosque de símbolos”. Benavides comparte esa óptica visionaria y, a la vez, como Pessoa, se entrega totalmente a lo que uno de sus libros denomina La ruta natural (2015), y otro sacraliza: El campo es santo (2004).

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