Falleció la noche del jueves 4 de octubre en su casa de Miraflores, a los 85 años de edad.
Falleció la noche del jueves 4 de octubre en su casa de Miraflores, a los 85 años de edad.
Edición 2560: Jueves, 11 de Octubre de 2018

Andino y Universal

El legado literario de Edgardo Rivera Martínez, uno de los mayores narradores peruanos del siglo XX.

Falleció la noche del jueves 4 de octubre en su casa de Miraflores, a los 85 años de edad.
Falleció la noche del jueves 4 de octubre en su casa de Miraflores, a los 85 años de edad.

Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933 – Lima, 2018), recientemente fallecido, se consagró como uno de los más admirables cuentistas peruanos cuando, con Ángel de Ocongate, ganó el primer concurso El cuento de las 1,000 palabras de CARETAS en 1982.

Leer el cuento El Ángel de Acongate

En ese soliloquio de un ángel andinizado alcanzó una cima artística del virtuosismo verbal, hondamente poético y simbólico (rico en vibraciones míticas y oníricas), con que el artífice jaujino fusionaba el legado andino con la cultura occidental, desde su primer libro de cuentos (El unicornio, 1963) y que ya desplegó tal maestría Amaru, que me impulsó a calificarlo en 1976 de “gran escritor”, celebrando su publicación en la revista Creación & Crítica.

Pocos cuentistas peruanos poseen tantas narraciones magistrales como las que Rivera Martínez reunió en Cuentos del ande y la neblina (2008), título que resalta el contraste (actuante en la cosmovisión andina desde el manuscrito de Huarochirí, con los zorros de arriba y de abajo) entre Jauja (cielo luminoso, naturaleza fecunda, valores comunitarios) y Lima (sus habitantes parecen estar muertos, ya que no proyectan sombra al caminar en su atmósfera gris, deambulando solitarios).

En ambos casos, campea un presente de desolación y muerte, aunque en la sierra aflora la memoria mítica y el poder de la danza-música; mientras que en la urbe costeña se ciernen “visitantes” que purgan una condena misteriosa. Una muestra singular, única, de registro realista sobre los privilegios de la clase alta, es Historia de Cifar y de Camilo, hermoso amor de un niño pobre hacia un fino gato de nombre caballeresco; estupenda compañía de El caballero Carmelo de Valdelomar.

Jurado de lujo: MVLl, Blanca Varela, Antonio Cornejo Polar y Ribeyro.
Jurado de lujo: MVLl, Blanca Varela, Antonio Cornejo Polar y Ribeyro.

El dominio soberano de la novela llegó con la expresión más optimista de un Perú armoniosamente mestizo, andino y universal: País de Jauja (1993), elegida en una encuesta de la revista Debate como la mejor novela peruana de los años 90. Tejió otra gran novela, Libro del amor y de las profecías (1999), menos elogiada pero tan excepcional como la anterior: en ella subraya la herencia anticolonial y antiimperialista (vertiente de Guamán Poma y la “utopía andina”), rebosando humor y sensualidad (frente a la censura cristiana, crea un bulisterio, una especie de bulín-monasterio).

Dichos logros lo convirtieron en uno de los mayores narradores peruanos de la segunda mitad del siglo XX, al lado de Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique y Miguel Gutiérrez, con la singularidad de ser el que mejor cultivó simultáneamente el cuento y la novela (en ello supera, también, a los mayores autores de la primera mitad de la centuria señalada: Alegría y Arguedas). Valoración que formulé en artículos dedicados a sus libros, acogiendo la apreciación del propio Rivera Martínez según la cual el espacio extenso de la novela lo liberaba del encierro agobiante del cuento, y lo llenaba de luz y esperanza utópica: proceso anunciado en sus novelas cortas (en especial, la bellísima Ciudad de fuego) y espléndidamente plasmado –escribiendo en los años más oscuros del terrorismo y la guerra sucia– en País de Jauja, con el complemento desalienante y carnavalizador del Libro del amor y las profecías.

Nos obsequió, además, estampas autobiográficas (A la hora de la tarde y de los juegos, 1996), cuentos para niños, poemas, antologías regionales, estudios sobre viajeros y artículos periodísticos (usó el seudónimo Juan de Salinas).

Gozó del reconocimiento nacional (Premio Nacional de Cultura 2013, en julio de este año la Casa de la Literatura Peruana lo homenajeó por los 25 años de País de Jauja, etc.), pero queda pendiente su consagración internacional.    

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