Edición 2559: Viernes, 5 de Octubre de 2018

El Angel de Acongante

Este relato de Edgardo Rivera Martínez fue el primer cuento en ganar el Concurso del Cuento de las 1,000 Palabras que lanzó CARETAS en 1982. 

En el momento de su publicación se escribió como introducción: "Edgardo Rivera Martínez, cuya trascendente calidad lo convierte en una delicada y peruanísima obra de arte. Su autor, profesor y literato, tiene en su haber otras obras meritorias, escritas con un estilo en el que se mezcla lo mágico y lo realista". 

Quien soy, sino apagada sombra, en el atrio de una capilla en ruinas, en medio de una puna inmensa. Por instantes silba el viento, pero después regresa todo a su quietud. Hora incierta, gris, al pie de ese agrietado imafronte. En ella es mas denso y febril mi soliloquio. Y cuán extraña mi figura —ave, ave negra, que inmóvil reflexio­na. Esclavina de paño y seda sobre los hombros, tan gastada, y, sin embargo, espléndida. Som­brero de abolido plumaje, y jubón, camisa de lienzo y blondas. Exornado tahalí. Todo en hara­pos, y tan absurdo. ¿Cómo no habían de asom­brarse los que por primera vez me vieron? ¿Có­mo no iban a pensar en un danzante que atujaba extraviado por la meseta? Decían, en la J0^tia de sus ayllus: “¿Quién será? ¿De qué baile sera el ropaje? ¿Dónde habrá danzado?” Y los que se topa­ban conmigo me preguntaban: “¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu pueblo?” Y como yo callaba, y ad­vertían el raro fulgor de mis pupilas, y mi abstrai- miento, mi melancolía, acabaron por considerar que había perdido el juicio y la memoria, quizás por el frenesí de la danza misma en que había participado. Y comentaban: “No

recuerda ya a su padre ni su madre, ni la tierra donde vino al mun­do. Y nadie, tal vez, lo busca...” Se santiaguaban

las ancianas al verme, y las muchachas se lamenta­ban: “Joven y hermoso es, y tan triste...” Y así, por obra de esa supuesta insania, y de mi gravedad, mi apariencia, se acrecentó la sensación de ex- trañeza que mi presencia provocaba. Una sensación tan acusada, que por fuerza excluyó toda posibili­dad de burla. Hubo incluso pastores que, movidos por un temor mágico, ponían a mi alcance bolsitas de coca, en calidad de ofrenda. Y como nadie me oyó hablar nunca, ni articular siquiera un monosí­labo, se concluyó que había perdido también el uso de la palabra. Era comprensible, este pensamiento, pues sólo a mí mismo me dirijo, en una fluencia razor.adu que no se traduce en el más leve movi­miento de mis labios. Sólo a mí, en una continui­dad silenciosa, ya que una inflexible resistencia interna me impide toda forma de comunicación y todo intento de diálogo. Y es así mejor, sin duda. Sea como fuere, esa imagen de forastero enajenado y mudo, que se difundió con gran rapidez, redundó en beneficio de mi libertad de desplazamiento, porque no ha habido gobernador ni varayos que me detuvieran por deambular como lo hago. Compar­tían, más bien, esa mezcla de sorpresa, temor y compasión, que experimentaban frente a mí sus paisanos. Sobre unos y otros pesaban, además, creencias ancestrales, por cuya  virtud mi “locura” adquiría una dignidad casi trascendente. ¡Mi de­mencia! No me incomodó, en ningún momento, la certeza que al respecto se afirmó, pero de cuando en cuando me asediaba la duda. ¿Y si a pesar de todo era verdad mi insania? ¿Si real­mente fui danzante y lo olvidé todo? ¿Si alguna vez tuve un nombre, una casa, una familia? Inquie­to, me acercaba a los manantiales, y me observaba. Tan cetrino, mi rostro, y velado siempre por un halo fúnebre. Idéntico siempre a sí mismo, en su adustez, en su hermetismo. Me contemplaba, y tenía la seguridad de que jamás había desvariado, y de que jamás tampoco fui bailante. Certeza pura­mente intuitiva, pero no por ello menos poderosa. Mas entonces, si nunca se extravió mi espíritu, ¿cómo entender la taciturne corriente que me absorbe? ¿Cómo explicar mi atavío, y la obstina­ción con que a él me aferró?  ¿Por qué esa vaga desazón ante el lago? No, no podía responder a esas preguntas, e igualmente vano encontrar una justificación para estas manos tan blancas y un discurso que no es de misti ni de campesino. Y más 

inútil aún tratar de contestar a la interrogación fundamental: ¿quién soy, entonces? Era como si, en un punto indeterminable del pasado, hubiese surgido de la nada, vestido ya como estoy, y ha­blándome, angustiándome. Errante ya, e ignorando juventud, amor, infancia. Encerrado en mí mismo y sin acordarme de un comienzo ni avizorar un fin. Iba, pues, por los caminos y los páramos, sin dor­mir nunca ni hacer alto por más de un día. Absorto en mi monólogo, aunque ayudase a un viaiero bajo la lluvia, a una mujer con sus hijos, a un pongo moribundo. Concurrí a los pueblos en fiesta, y escuché con temerosa esperanza la música de las uenas y los sicuris, y miré una tras otra las cuadri­llas, sobre todo las que venían de muy lejos —de Compacabaa, de Oruro, de Zepita, de Combapata. Me conmovían sus interpretaciones, mas no reco­nocí jamás una cadencia, ni hallé un atuendo que se asemejara al mío. Transcurrieron así los meses y los años, y todo habría continuado de esa manera, si el azar —¿el azar, realmente?— no me hubieru conducido al tambo de Raurac. No había nadie sino un hombre viejo, que me observó atentamen­te. Dijo, de pronto: “Eres el danzante sin memoria. Eres él, y hace tanto tiempo que caminas y no sabes. Anda, caballero, a la capilla de la pampa de Ocongate. ¡Anda y mira!” Tomé nota de su insis­tencia, y a la mañana siguiente me puse en marcha.

Y              así, al cabo de tres jornadas llegué a este santua­rio abandonado, del que apenas quedan la fachada y los pilares. Vine al atrio y mis ojos se posaron en el friso aquel, entre los arcos. Allí, en la losa quebrada por el rayo, hay cuatro figuras en relie­ve. Cuatro figuras de danzantes. Visten esclavina, jubón, sombrero de plumas, tahali, botas. Y no representan hombres ni santos, sino ángeles, como los de los cuadros antiguos de Pomata y del Cuzco. Son cuatro, mas el último fue alcanzado por la centella, y sólo restan el contorno de su cuerpo y las líneas de las alas. Cuatro ángeles, al pie de esa floración de hojas, arabescos, frutos. ¿Que baile es el que danzan? ¿Qué música la que siguen? ¿Es un acto de celebración y de alegría? Los contemplo, en el silencio glacial y terrible de este sitio, y me detengo en la silueta vacía del ausente. Cierro después los ojos. Sí, sombra soy, apagadu sombra. Y ave, ave negra que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio. 

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