Victor Ch. Vargas
Edición 2558: Jueves, 27 de Septiembre de 2018

Zaña: La Sabrosa Maldición

Escribe: Rafo León | La cultura afroperuana tiene en Zaña un espacio de rescate de música y danza por cuenta de una población que se niega a folclorizarse, a victimizarse y a encerrarse en sí misma. Un viaje a Zaña nos cambia el dial del estres urbano y las malas artes políticas.

Victor Ch. Vargas

Zaña, la cuna de A lundero le da, es un polo de la diáspora africana donde la identidad afro está en ebullición y ofrece al visitante el privilegio de pasar unos días con una población empeñada en rescatar expresiones culturales ancestrales. Los zañeros aportarán el rescatado Baile Tierra al Bicentenario de nuestra independencia.

Pertenece al distrito de Zaña el lugar llamado Sipán, donde Walter Alva y su equipo hicieron el gran descubrimiento moche, y en el cerro Corbacho se han encontrado evidencias Chavín, Chivateros, Moche e Inca. No es sin embargo el pasado precolombino lo que siluetea a Zaña tanto como su historia virreinal. Zaña es un punto fuerte de cultura afropreruana que se enmarca en la llamada “diáspora africana”.

Doña Carmen Cossio con las ruinas de La Merced de fondo. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
Doña Carmen Cossio con las ruinas de La Merced de fondo. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)

El centro urbano de Zaña fue fundado por disposición del virrey Conde de Nieva el 29 de noviembre de 1563 con el nombre de Villa Santiago de Miraflores y el emplazamiento se eligió por su ubicación a medio camino entre la sierra y el mar y por la existencia de un sistema hidráulico preinca. Establecidos se hallaban 41 españoles, agricultores, mineros, comerciantes. La ignorancia de los peninsulares sobre lo que hoy conocemos como El Niño determinó que la ciudad se levantara a nivel del río Zaña, manso en tiempo seco, feroz cuando se carga. Así, al poco tiempo  la ciudad se tuvo que trasladar a una parte más elevada, dejando en la llanura a la plaza mayor y siete templos de excelente factura: todas las congregaciones (salvo los jesuitas) tuvieron presencia y tierras en Zaña.

El puente colgante sobre el río Zaña, el que arrasó la ciudad en 1790.(Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
El puente colgante sobre el río Zaña, el que arrasó la ciudad en 1790.(Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)

La caña, la mina, la producción de jabón  y la vida doméstica de los potentados españoles exigieron disponer de esclavos. En aquel entonces, el tráfico hacia América era un negocio sin parangón. Se calcula que a lo largo de cuatro siglos se trajeron a América alrededor de cuarenta millones de africanos, originarios de Guinea, Santo Tomé, Canarias, Senegal, Camerún, Angola; parte de esa cifra eran los 360 que en 1784 trabajaban en Zaña para 79 familias españolas.

Luis Rocca, Rosa Colchado y el joven genio, Juan Miguel Barandiarán, investigan la percusión afroperuana.(Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
Luis Rocca, Rosa Colchado y el joven genio, Juan Miguel Barandiarán, investigan la percusión afroperuana.(Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
En 1686, el pirata Edward Davis acoderó en el puerto de Chérrepe, invadió la opulenta ciudad y arrasó con buena parte de sus  riquezas. En 1790  una inundación nunca vista acabó con lo comenzado por el pirata. El agua que caía del cielo y desbordaba el río se trajo abajo todo en minutos. Los peninsulares partieron, hacia Lambayeque, Trujillo, Piura, llevándose lo que les quedaba. Permanecieron los esclavos entre los cascotes de las iglesias y allí forjaron una nueva etapa en su identidad étnica. La superchería de curas y señores por su parte encontró a los culpables de tanta desgracia: los negros y las negras que al terminar la jornada, se reunían para rememorar sensuales cantos y bailes de sus ancestros.  La maldición era sinónimo de piel oscura.

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Recomendamos al viajero instalarse en Zaña y seguir las actividades que la población ha creado para la visita. Lo primero, las ruinas de los templos que se levantan en el campo, rodeadas de palmeras datileras y viejos algarrobos. Los templos para visitar son San Francisco, la Iglesia Matriz, La Merced, San Juan de Dios, Capilla de Santo Toribio de Mogrovejo, Santa Lucía y el imponente conjunto de iglesia y convento de San Agustín. Todos se distinguen por la imponencia de sus construcciones tanto como por el abandono en el que se encuentran por parte de las autoridades de cultura.

Martínez de Compañón registra instrumentos afroperuanos en el siglo XVIII  que hoy se encuentran en el museo.
Martínez de Compañón registra instrumentos afroperuanos en el siglo XVIII  que hoy se encuentran en el museo.
Cobra el ingreso a San Agustín doña Antonia Samamé, invidente y poseedora de una voz corpulenta. Ella es una de las decimistas más reputadas del lugar, y canta una versión de A lundero le da que suena a himno ritual.

Toribio de Mogrovejo murió en Zaña en 1606 adonde había llegado en una visita de evangelización. Sus restos se mantuvieron en esta ciudad hasta su traslado a la Catedral de Lima. Queda en la Iglesia matriz un cenotafio que rememora al santo, muy apreciado porque intercedió para terminar con la práctica de marcar a los esclavos con hierro candente.

La visita a las ruinas debe combinarse con la corta caminata hacia un viejo puente colgante tendido sobre el río Zaña, y a la ruinosa casa hacienda La Otra Ribera que formara parte de la propiedad de la familia Aspíllaga,  dueña de la vecina Cayaltí hasta la reforma agraria.

Tambores de Fuego es algo que hay que ver. Se trata de un sistema muy antiguo para ahuecar troncos y transformarlos en tambores. Marlon Lisboa (Memín), con petróleo, una escalera y una barreta consigue horadar la madera más dura, antes de cubrir el agujero con un pellejo, de cabra o de res.

Más de 70 instrumentos propios de la diáspora africana se han recolectado en Zaña. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
Más de 70 instrumentos propios de la diáspora africana se han recolectado en Zaña. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)

En el Museo Afroperuano nos reciben y guían las señoras voluntarias, Rosa, Celia o Carmen, quienes nos hablan de sus propias vidas en el recorrido. El museo se funda en el 2005 como resultado de tres décadas de investigación y recolección de piezas. Se trata de una institución comunitaria, sin ninguna relación con el Estado, y además, un espacio para asambleas en las que se debaten temas no solo de cultura sino también de gestión.

Las bóvedas de San Agustín resisten al abandono por parte del Estado, nadie se ocupa de este patrimonio único.(Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
Las bóvedas de San Agustín resisten al abandono por parte del Estado, nadie se ocupa de este patrimonio único.(Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)

El recorrido empieza con el despliegue formidable de Instrumentos musicales, donde la estrella es el checo, una calabaza con agujero, que fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación en el 2011 por gestiones del museo. La angara, los tambores (de trono largo y corto, de botija), los tamborcillos. Las carrascas y la marimba doble, dibujadas por los asistentes del obispo Martínez de Compañón en 1794. El cajón, la quijada de burro, el chéquerre, las cajas. Se cuenta también con un valioso archivo de grabaciones de canciones norteñas de distintas épocas.

Los tambores de tronco. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
Los tambores de tronco. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
La visita al museo puede durar lo que el viajero desee, pero no menos de dos horas. Fotografías y grabados ilustran la historia de  la población negra en el Perú. Piezas de arte venidas de África, Brasil, Haití, Bolivia, México, globalizan el fenómeno. Impactan los instrumentos de castigo que se usaban contra los esclavos: cepo, cadenas, marcadores, grilletes, barras.

Previa coordinación es imperdible presenciar una demostración del Baile Tierra, así como la posibilidad de escuchar a algunos de los integrantes del grupo Alma Zañera/Sambamalató, cultores de excelencia de música que lleve percusión. Se recomienda mantenerse en contacto con el museo a través de su web para conocer la fecha del siguiente taller de Baile Tierra, donde bailan los expertos pero también los espontáneos y los grupos venidos en Monsefú, de Capote, de Lambayeque. En estos talleres se puede escuchar a don Hildebrando Briones, el decimista vivo más importante del norte peruano.

A comer. La dulcería local se basa en las frutas, la leche y el azúcar, todo propio. De influencia mora, africana y española, salen de manos de la familia Adonayre, entre otras, las naranjas rellenas, los dátiles confitados, el higo en conserva, el manjar, la carne de membrillo. La gastronomía local  por su parte tiene como desayuno clásico una chanfainita que lleva migas, hígado y pulmón de cerdo. El garbanzo con patita es una exquisitez, lo mismo que el frito. El espesado, tan norteño,  el arroz con chancho plato emblema zañero. 

La técnica ancestral para la fabricación de estos tambores de tronco, con fuego y barreta, se usa hasta la actualidad. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
La técnica ancestral para la fabricación de estos tambores de tronco, con fuego y barreta, se usa hasta la actualidad. (Foto: VÍCTOR Ch. VARGAS)
 

Que salga el viajero a las calles de Zaña a conversar con los amigos. Ellos apellidan Cossio, Colchado, Andonayre, Urbina, Licera, Briones, Reaño, Vásquez. A estas personas, simpáticas y francas, hay que preguntarles por el origen de A lundero le da. Ese es el detonante de una erudición que impide un acuerdo para la respuesta. Queda en el visitante la tarea de pasarla bien con un grupo humano privilegiado, instalado en el territorio de una sabrosa maldición.

Ver Datos Útiles para viajar a Zaña

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