M. González Prada fue uno de los exponentes  más celebres del realismo peruano.
M. González Prada fue uno de los exponentes más celebres del realismo peruano.
Edición 2553: Jueves, 23 de Agosto de 2018

100 Años: González Prada Redivivo

Congreso y Biblioteca Nacional conmemoran el centenario de la muerte de Manuel González Prada.

M. González Prada fue uno de los exponentes  más celebres del realismo peruano.
M. González Prada fue uno de los exponentes más celebres del realismo peruano.

A 100 años del fallecimiento de Manuel González Prada (1844 – 1918), otrora director de la Biblioteca Nacional del Perú y uno de los ensayistas más brillantes de la historia nacional, se conmemoró al escritor de una prosa enérgica y salpicada de ironía. El ilustre peruano fue difusor del anarquismo y un partícipe activo de la resistencia patriota frente a las huestes chilenas en la Guerra del Pacífico. “Los viejos a la tumba y los jóvenes a la obra”, sentenció en su discurso del Teatro Politeama en 1888.

Nacido para escribir poesía, cultivar el latín y su propiedad de Mala, Manuel González Prada fue transformado por la guerra con Chile. Combatió como capitán de reserva en el Cerro el Pino después de entrenarse en la pampa de Amancaes, donde «se consumía más tabaco que municiones». Al terminar la guerra, fue el primero en denunciar «la deserción de gente decente» y el más severo crítico de los actores políticos de la posguerra: Piérola, Cáceres y el civilismo. En 1888 pronunció en el teatro Politeama uno de los discursos más citados de nuestra historia. Alentó la rebelión de los jóvenes, la condena del oscurantismo, la emancipación de las mujeres y los derechos de los indios. En 1891 partió a París, donde conoció de cerca el escándalo del canal de Panamá, la excomunión de su admirado Renan y el magnicidio de Antonio Canovas del Castillo. Cuando regresó en 1898 arremetió contra «el pacto infame de hablar a media voz» y combatió la corrupción de políticos, empresarios, jueces, periodistas y curas. Rompió con Ricardo Palma, amigo de su juventud y no dudó en reemplazarlo como Director de la Biblioteca Nacional.

 En la Biblioteca recibió en 1917 al joven Haya de la Torre, días después de su llegada de Trujillo, con olor a «lana de provincia». Haya lo recordó durante su primer exilio en 1925: «¡Cuántas veces en mis amargos días de soledad y de privación surgía el recuerdo de aquel viejo amigo, el único que yo tuve, sin que él supiera quizá, en la época en que alumbró en mí la fe de una nueva vida!... ¡Cuántas veces!».
Sara Beatriz Guardia, Osmán González, Fernando Carvallo y Hugo García Salvatecci destacaron diversas facetas del autor de Pájinas Libres (Paul Dupont, 1984) y hablaron ante la mirada atenta de la ministra de cultura, Patricia Balbuena y los miembros de la Comisión de Conmemoración del Bicentenario el jueves 19 de julio en la Biblioteca Pública de Lima. No sabemos si las autoridades apreciaron el diálogo satírico entre Voltaire y San Pedro, inspirado por el autor griego Luciano. Sin embargo, el texto que pertenece al libro Prosa Menuda (Imán, 1941) fue aplaudido por los jóvenes con fervor.

Izamiento de la bandera chilena en Arica el 7 de junio de 1880.
Izamiento de la bandera chilena en Arica el 7 de junio de 1880.

VOLTAIRE Y SAN PEDRO
–Voltaire. ¿Se puede?
–San Pedro. ¿Cómo? ¿Tú en el cielo?
–Voltaire. Desde que te has colado tú, no veo razón para no escurrirme yo.
–San Pedro. Estoy canonizado.
–Voltaire. Porque, hablando inter nos, más tuviste de Sancho que de apóstol. Tu vida y tus milagros se reducen a un cúmulo de patrañas, desde la crucifixión en Roma (donde no estuviste nunca) hasta…
–San Pedro. Dejemos esas cosas, y responde ¿a qué vienes?
–Voltaire. A ver al Dios único.
–San Pedro. Trino, querrás decir.
–Voltaire. Pues bien, deseo ver a la Trinidad.
–San Pedro. Imposible.
–Voltaire. ¿Por qué?
–San Pedro. Por razones de pudor.
–Voltaire. No entiendo: en vida me figuré que el pudor era una de las muchas necedades humanas, algo así como hacer a hurtadillas y en las sombras lo que todos los animales cumplen a la claridad del sol y públicamente.
–San Pedro. Dios está dándose a luz.
–Voltaire. Serviré de comadrón.
–San Pedro. El Padre Eterno está pariendo al Hijo, el Hijo al Espíritu Santo y el Espíritu Santo al Padre Eterno.
–Voltaire. Así que el Padre Eterno es padre del Hijo y abuelo del Espíritu Santo, el Hijo es padre del Espíritu Santo y abuelo del Padre Eterno, El Espíritu Santo es padre del Padre Eterno y abuelo del Hijo. Si esto se ve por aquí, me voy al paraíso de Mahoma donde hallaré un Dios menos complicado.
–San Pedro. Y mujeres muy hermosas.
–Voltaire. ¿Quieres seguirme?
–San Pedro. De buena gana, pues, aunque viejo, no he perdido la afición; pero mi mala suerte me ha condenado a la casta felicidad del cielo.   

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