El documental 'Yo No Me Llamo Rubén Blades' se podrá volver a ver este sábado 11 a las 9:30 p.m. en el CCPUCP.
El documental 'Yo No Me Llamo Rubén Blades' se podrá volver a ver este sábado 11 a las 9:30 p.m. en el CCPUCP.
Edición 2551: Jueves, 9 de Agosto de 2018

Vida Maestra

Documental Yo No Me Llamo Rubén Blades celebra 50 años del artista panameño. Se ve en el Festival de Cine de Lima.

El documental 'Yo No Me Llamo Rubén Blades' se podrá volver a ver este sábado 11 a las 9:30 p.m. en el CCPUCP.
El documental 'Yo No Me Llamo Rubén Blades' se podrá volver a ver este sábado 11 a las 9:30 p.m. en el CCPUCP.

Que la cinta Yo No Me Llamo Rubén Blades haya sido escogida como muestra para inaugurar el 22 Festival de Cine de Lima de la PUCP no es un tema intrascendente. Y es que el documental del panameño Abner Benaim tiene su encanto. En él se acompaña a uno de los músicos más importantes de Latinoamérica en un recorrido de medio siglo. 

Y es que Rubén Blades es un  cronista sonoro. Aquello quedó demostrado desde su ópera popular Maestra vida. O cuando en 1978 grabó junto a Willie Colón la producción Siembra, donde jamás imaginó que ese disco sería el nuevo evangelio de la rumba y que uno de los temas, Pedro Navaja, junto al Caín bíblico, se convertía en un personaje propio de las sagradas escrituras. 

Blades lo ha dicho siempre cuando le preguntan si la música sirve para cambiar algo. Él contesta que no; que en todo caso sólo sirve para que nos sintamos menos solos, para sobrevivir a los miedos, a las dudas. Así, puedo asegurar que Blades sería autor de esta frase: “Se narra lo que se ve, se canta lo que se vive”.

Blades es autor, cantor y político. Como dijera Carlos Monsiváis respecto a Salsa, sabor y control, texto del sociólogo y musicólogo puertorriqueño Ángel G. Quintero Rivera, el son, la salsa y, en general, la música afroantillana son a su manera, factores de liberación, pero no por eso menos gozosos y cachondos. 

Su obra se inscribe en esa gramática –lengua y labios, bigotes y vellos púbicos– del ‘barrunto’. Y es el ingrediente más excitante del catastro erótico, Blades la conoce, de ahí que sus composiciones constituyen un universo poético que, con independencia del tema que traten, sintetizan en un mismo texto la rabia, la ternura, el orgullo y la esperanza, mediatizados por un peculiar sentido del humor y la alegría debajo de la cintura del baile. 

Blades inventa la lírica en el son –ojo, es hijo de cubana– y la salsa suele estar salpicada de palabras extrañas para la lógica lingüística del español. Ella es el corpus de la esquina, de la calle, por lo que se hace necesario dilucidar algunos aspectos de este lenguaje para entender mejor la fuerza de su expresión y, en suma, para gozar plenamente dicha música. 

Por ello recuerdo una entrevista en la que Blades contaba que en cierta ocasión Carlos Fuentes le dijo que admiraba su capacidad de síntesis, porque en un tiempo estrecho de siete minutos él podía desarrollar una historia que al escritor mexicano le hubiera llevado sus buenos años y miles de cuartillas. Y agregaba el panameño: “Si tú analizas mi trabajo y lo comparas álbum por álbum, vas a ver la pintura de una realidad urbana, y eso es un trabajo en proceso, pero las partes que están más o menos completas las he ido cortando para armar.

No es casual que Rubén Blades haya ganado hace unos años el premio Grammy con Mundo en la categoría de World Music y ya no sea sólo aquel maestro de la salsa de esquina —no olvidar que en 1987 graba Agua de Luna con letras de Gabriel García Márquez—. Es el romancero de nuestro siglo. Un gran músico popular que aprovechó los diferentes estilos, géneros y aires de las sinfonías de todas las esquinas de los barrios del mundo que en el fundamentalismo del sabor, saben que su cielo está entre la vereda y el corazón. (Eloy Jáuregui)

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